Psicosis

Bueno gente, he estado mucho tiempo sin escribir, pero el relato que os traigo hoy merece la pena. Si recordáis, en uno de mis anteriores posts, CONCRETAMENTE EL 9 DE FEBRERO, dije que se cumplía el 50 aniversario de la película de Alfred Hitchcock, Psicosis, basada en el libro de Robert Bloch. Pues bien: los colegas de radio nacional han hecho una ficción sonora de la misma, y a continuación paso a dejarla a vuestra disposición. Cuenta este relato sonoro con los actores Nancho Novo y Lluvia rojo, así que, la calidad está asegurada. Que la disfrutéis, y sobre todo, que lo paséis de miedo, con miedo. Dulces pesadillas.

‘Psicosis’
en RNE (Abierto hasta las 2)

Publicada el: en Febrero 22, 2010 a las 2:42 am Comentarios (0)

La mancha

Estimados lectores: me he tomado un tiempo para publicar el siguiente relato, porque quería sorprenderos y no ser reiterativo con los escritores de siempre. Creo que, cuantos más relatos llevo publicados en este blog, más me apetece currarme, por decirlo de alguna forma, la siguiente entrada. Y bien, creo que os traigo algo diferente. Algo escrito por el que ha sido mi descubridor de muchos de los relatos que componen este blog recopilatorio y recapitulario, además de provocarme mucho miedo con novelas como “El juego de los niños”, o “Los misterios del castillo”, entre otras. Estoy refiriéndome al asturiano Juan José plans. El relato que os paso a continuación es todo un ejercicio de terror, con algo muy temible, pero poco explotado, y además, con algunas dosis de humor negro, muy negro. No creo que os deje indiferentes. A mí, desde luego, no. Que tengáis espantosas pesadillas… Y un saludo al maestro, por si me lee alguna vez. Quién sabe.
LA MANCHA

Juan José Plans

* * *

- Un poco más y me hubiera sentado en las escaleras. Estoy desfallecida.
- Parecemos caracoles. Llevamos la casa encima en cuanto salimos de vacaciones. No sé para qué complicarnos la vida de esta forma.
Elena frota sus manos doloridas y profiere un gemido.
- ¡Oh, una ampolla!
César se limpia el sudor de la frente con un pañuelo, después de dejar las maletas casi al lado de la puerta.
- A ver… No es nada, mujer.
- Achaques de la vejez.
- Cuando seas realmente una anciana, no lo dirás…
- Aquí hace demasiado calor; abriré la ventana. ¡Y huele a pintura!
- Ya no recordaba que antes de irnos habíamos pintado las habitaciones. No han quedado mal, ¿verdad?
- No, no…
- Ya que estás dispuesto a trabajar, abre también la del dormitorio.
- Como ordene la señora. ¡Con tal de mandar!
- No seas exagerado. Si vieras a otras cómo se portan. Por ejemplo, ¿sabes lo que…
- Prefiero no enterarme.
César entra en el dormitorio. Elena, mientras tanto, se sienta cómodamente en un butacón y enciende un cigarrillo. Habla como para sí misma:
- Adiós al sol y al mar… ¡Lástima que todo haya finalizado!
El regresa a la sala y se sienta al lado de ella.
- ¿Decías algo?
- Nada de particular. Estoy tan cansada que acabaré durmiéndome aquí mismo.
Elena se quita los zapatos ayudándose con los pies.
- ¡Quién pudiera contemplar el mar desde el hotelito!
- Vale más olvidar; le entra a uno el mal humor. Mañana, a las nueve en punto, a la oficina. Lo que más odio es tener que fichar. Es como si a uno le convirtieran
en autómata.
- Y yo tendré que limpiar todo esto. ¡Vaya trabajo! El próximo año, ¿volveremos?
- ¡Pero si aún apenas hemos regresado!
- Bueno, no te excites.
Los dos se quedan en silencio.

Un agudo silbido, que les obliga a taparse los oídos, les despierta.
- ¿Qué ha sido? - pregunta Elena.
- ¿También tú lo has escuchado? Creí, creí… que se trataba de una pesadilla. Vaya, nos hemos quedado dormidos…
- ¿Y el silbido?
- No tengo ni la menor idea.
- ¿Algún choque?
- No es ruido de accidente.
César se levanta y se asoma a la ventana.
- ¿Ves algo?
- Lo de siempre. Es como si el tiempo se hubiera detenido mientras estuvimos fuera.
- ¿Y en el cielo?
- Miles de estrellas.
- Pero esa especie de silbido ha venido de alguna parte…
- Desde luego. Sería, no sé, algún escape de… ¡Cualquier cosa! ¿Y si desalojamos las maletas?
- ¡Por favor! Mañana; hoy no, te lo ruego.
- Los trajes se arrugarán demasiado.
- Yo los plancharé; por eso no te preocupes. El que llevas puesto te sirve para ir a la oficina. Un día es un día.
- ¡Si no queda otro remedio!
César la toma por una mano y la levanta. Ambos entran en el dormitorio. El enciende la luz.
- Veo montañas de trabajo por todas partes - dice Elena.
César se fija en algo que hay en la pared.
- ¡Estos pintores! ¡Mira lo que han dejado!
- Una mancha… Pues no me había dado cuenta al marchar.
- Por culpa de las prisas. Mañana les avisaremos, por muy amigos que sean. A la hora de cobrar fueron bien exigentes.
- ¿No habrá salido a causa de tener cerrada la habitación?
- Supongo que no.
- ¿Y por humedad?
- ¿En este tiempo? Además, aquí no padecemos de ese mal.
César pasa la mano por la pequeña mancha. La retira alarmado.
- ¿Qué ocurre?
- Ha sido una extraña sensación…
- ¡Estás pálido!
- No esperaba esa viscosidad.
- Déjame a mí…
- ¡No la toques!
- Pero si yo…
- Es demasiado desagradable.
- Siempre has sido muy aprensivo.
- No se trata de una mancha corriente.
- Pues no parece otra cosa.
- Hace un mes que hemos salido de vacaciones. Tenía que estar seca, como el resto de la pintura.
- Anda, descansa.
- Además, ¿no se mueve?
- ¡Qué tontería!
César estudia detenidamente la mancha mientras se desviste.
- Llamaré al pintor - dice - por pura curiosidad.
- Ya es bastante tarde…
- Las once. Estará despierto.
- Si así dejas de contemplar la mancha como un papamoscas, llama.

- ¿Diga?
- Oye, soy César…
- Se acabaron las vacaciones, ¿eh?
- Sí, ya sabes…
- ¡Qué suerte tienen los que van sin los días contados! ¿Para qué me llamas, a todo esto? ¿No te ha gustado la pintura?
- ¡Oh sí, por supuesto! Pero, atiende, me he encontrado en el dormitorio con una mancha en la pared. Una mancha no muy grande y de un color… de un color
como el de la sangre…
- La habitación está pintada de verde…
- Es raro, ¿no? Y no se encuentra seca.
- Entonces, amigo, eso no es una mancha.
- ¿Qué opinas?
- Yo sólo entiendo de pintura. Si lo deseas, puedo pasar mañana.
- Muchas gracias, será lo mejor. Adiós.
César cuelga el auricular con gesto pensativo. La voz de Elena le hace volver a la realidad.
- ¿Has acabado?
- Voy, voy ahora mismo.
Elena, cuando César entra en el dormitorio, ya está acostada.
- Quiero dormir…
- Joaquín me ha dicho que pasará mañana.
- Muy bien.
El mira nuevamente la mancha. Frunce las cejas.
- ¡Juraría que ha crecido de tamaño!
- Apagaré la luz.
César se acomoda en el lecho.

Las cortinas de la ventana son mecidas por el viento. Algunos anuncios luminosos, intermitentes, destacan por encima de los tejados. Los débiles rayos
de la luna penetran en la habitación, recortando los objetos.
En la cama, Elena duerme profundamente abrazada a la almohada. A su lado, César apoya la cabeza en las manos. Está despierto y fuma un cigarrillo. Procurando
no molestar a Elena, se levanta. Ante la mancha, susurra:
- Palpita, palpita…
Duda si tocarla nuevamente. Lo hace y siente la misma sensación que la vez anterior. Sale con cuidado de la habitación. Y marca una cifra en el teléfono.

- ¿Esteban?
- ¿A quién diablos se le ocurre…?
- Soy César. Ya sé que son las dos de la madrugada…
- Algo es algo…
- Déjame explicarte antes de que me cuelgues: en mi dormitorio hay una mancha que… vive.
- ¿Una mancha que vive? Has tomado el sol, ¿no tendrás fiebre?
- ¡Me encuentro perfectamente, no te burles!
- Te escucho, te escucho…
- La mancha… ¡Crece!
- No comprendo absolutamente nada.
- Ni yo. ¿Has visto en tu vida algo semejante?
- Claro que no. ¿Y por qué me llamas a mí?
- Como eres biólogo he pensado que…
- Los biólogos y las manchas de la pared, como comprenderás, tenemos muy poco en común.
- ¡Si se mueve!
- Mañana tengo que levantarme temprano. Así que te ruego…
- Está bien. Perdona si te he molestado…
- Tal vez te visite… ¡Uf!
César oye cómo Esteban cuelga con brusquedad. Da unos cuantos pasos, sin saber hacia dónde ir.
- Tal vez yo reaccionara de la misma manera…

- Primero, un agudo y extraño silbido; después, la mancha… ¿Puede haber algo de común entre ambos fenómenos?
Sus ojos contemplan las estrellas.
- Una noche demasiado… silenciosa. ¿Dónde podría encontrar la respuesta?
Del portal de la casa sale un hombre encorvado. César lo llama.
- ¡Doctor!
El hombre mira distraídamente hacia otras partes.
- ¡Señor Canal, aquí arriba!
- ¡Caramba! Buenas noches, vecino. Apenas le he oído.
- Es que, si grito más, despertaría a Elena.
- ¿Y cómo a estas horas despierto?
- No acabo de conciliar el sueño.
- Tome una de esas pastillas que le he recomendado; le irán bien.
- ¿Qué pastillas?
- Entonces, ¿no ha sido a usted? ¡Siempre tan distraído!
- Doctor, ¿podría subir un momento?
- ¿Se encuentra mal su mujer?
- Todo lo contrario. Es que…
- ¿Diga?
- Hay una cosa rara en la pared, como una mancha… Pero no es una mancha.
- Hijo, acaban de llamarme urgentemente para ir a un parto. El niño no se presenta en buena posición… César, ¿qué puedo hacer?
- Es que esa cosa… ¡palpita!
- Interesante. ¿Le parece bien que entre cuando regrese?
- Se lo agradecería. Crece. Ya ha aumentado de tamaño varias veces.
El doctor consulta su reloj.
- ¡Se está haciendo tarde!
- Hasta luego… ¡Y no se olvide!
- Haré todo lo posible… Ya sabe que mi memoria…
El doctor desaparece por una esquina. César se acerca a la mancha, que ya le falta poco para ocupar casi toda la pared. César mira angustiado a Elena.
Después de un momento de duda toma un candelabro entre sus manos. Lo levanta y da a la mancha con él. El candelabro, rebota. La mancha ha quedado intacta.
En cambio el candelabro, ante el asombro de César, se ha roto.
- Es imposible…
Elena se remueve. Pregunta entre sueños:
- ¿Qué haces?
- iOh… he… he tropezado! No acabo de poder dormir y fumo.
- Bien…
César espera a que la respiración de Elena le indique que duerme de nuevo. Deja el candelabro y pasa a la sala de estar. Su frente está bañada en sudor,
así como las palmas de las manos.
Ninguno de los libros de la biblioteca le puede informar. Lanza el último de los consultados, con rabia. Se sienta.
- ¿Y si no es nada? Parece una pesadilla, una cruel pesadilla. En cambio, estoy seguro de que algo ocurre. ¿Por qué esta noche tan silenciosa? Suposiciones
mías. Esa mancha vive… ¿Qué es? ¿Cómo ha llegado hasta aquí? Tal vez el silbido fuera….
La mano de Elena en su hombro, le sorprende. Ella parece un tanto nerviosa.
- César… he visto esa mancha. Ocupa la pared… ¿Le has dado algún golpe?
- ¿Por qué lo dices?
- El candelabro…
- Sí, le he dado un golpe. Pero se quedó impertérrita. Ni un gemido, ni un movimiento… El candelabro, roto…
- Me parece que no te has fijado muy bien.
- ¿Mas sucesos?
- El candelabro… se funde.
- ¿Eh?
César corre precipitadamente hacia el dormitorio.
Encima de la mesa, el candelabro se deshace entre una nube azulada. César se acerca a la mancha.
- ¡Monstruo! ¡Di, qué ser se esconde en esas palpitaciones! ¡Quién eres! ¡Qué deseas de nosotros! ¡Habla! ¡Contesta!, ¡Criatura de los infiernos!
Elena le toma por el brazo.
- Salgamos de aquí…
César se deja llevar. Elena cierra con llave la puerta del dormitorio.
- ¿Te enciendo un cigarrillo? - le pregunta.
- Sí… sí… Pero, ¿qué es?
- Tampoco yo lo sé. Algo sucede en nuestra casa. Tenías razón, esa mancha no es corriente. Es…
- ¡Un ser vivo!
- No habla, no escucha, no le importa nuestra presencia.
- ¡Se ha instalado en la habitación y somos incapaces de destruirlo! El candelabro… ¿Cómo puede hacer eso, qué poder tiene?
- Llama a la Policía.
- ¿A la Policía? ¿Lo creerán?
- Al menos se acercarán hasta aquí.

- Buenas noches. Servicio Nocturno.
- Algo grave está ocurriendo en mi hogar…
- ¿Sí?
- Es… difícil de explicar. Se trata de algo que se ha adherido a la pared y que crece… Era como una mancha de pequeñas dimensiones. Y ahora, gigantesca…

- ¿Ha robado? - se oye con cierto deje de ironía.
- ¡No! ¡Se limita a crecer! ¿Es que le parece poco?
- Una mancha viva…
- Exacto, exacto…
- Atendiendo a lo que me acaba de decir, yo le recomendaría llamar a los Bomberos. Si no ha cometido ningún delito y se trata tan sólo de una mancha, que
crece y palpita, nada podemos hacer nosotros.
- ¡Estoy seguro de que es un ser, una amenaza!
- No se excite…
- ¡Todos igual!
César cuelga malhumorado el teléfono. Elena, que ha seguido la conversación, lo abraza.
- ¿Vendrán?
- Me dice que llamemos a los Bomberos.
- ¿No piensan ayudarnos?
- No es de incumbencia de ellos. Me han preguntado, si molesta, si roba… ¡Ridículo! Ridículo mundo. Nadie piensa en nadie. En cuanto le cuentas a uno
un problema, lo único que desea es que acabes pronto para poderse ir. Tal vez el doctor venga pronto; he hablado con él desde la ventana. Tenía que asistir
a un parto… Pero, tan solo, «tal vez» como el pintor y mi amigo el biólogo…
- ¡Llama a los Bomberos! ¡Llama a todas las partes! Alguien… alguien nos atenderá.
- ¿Tú crees?
Elena no contesta.
- Bien, probaremos.
- ¿Dónde está el fuego?
- Calma, se trata de…
- ¿No hay fuego? ¿Es una broma?
- Fuego, fuego… ¡Algo peor!
- Un derrumbamiento… ¿Peor que el fuego? No es posible.
- Han de venir urgentemente para acabar con una mancha que hay en la pared. ¡Espere, no es una mancha!
- Le advierto que si piensa divertirse a costa nuestra le costará caro.
- Hablo en serio, señor, demasiado en serio. ¡Y estoy cansado de que nadie me haga caso!
- O sea, que ya se ha dirigido a otros organismos.
- Sí.
- Y le han tomado por un loco…
- Pues… exactamente…
- ¡Lo está!
- Se lo ruego, un momento. Yo…
Pero el bombero ya ha colgado. Mira desesperado a Elena.
- Me ha dicho… que estoy loco.
- Tampoco ellos. Y ahora, ¿a quién?
- ¿Y si estamos locos? ¿Será todo producto de alucinaciones nuestras?
- ¡Eso no es cierto! Lo que han visto nuestros ojos existe.
- Nadie nos comprende.
- Lo mejor será irnos. A un hotel.
- Tengo clavada aquí esa criatura - señala la cabeza -. No me iré sin saber qué es.
Elena, al oír la llamada, abre la puerta. Aparece ante ella el doctor, que busca aparatosamente las gafas por sus bolsillos.
- ¡Ajá! Ha sido un buen parto… un buen parto. Me siento feliz. Un nuevo ser siempre hace feliz a un doctor. Y hasta es guapo. Eso sí, un chico guapo.
Ehhh… ¿preocupados?
- ¿No se acuerda? - le pregunta César.
- La verdad es que me he dado cuenta, de pura casualidad de que había quedado en pasar por aquí. Pero ¡qué distraído soy!… en estos momentos…
- Una mancha que crece, que crece, ¡que crece!
- ¡Ah, ya! Veamos de qué se trata.

La mancha se extiende ya por el suelo y por el techo.
- ¿La ve? ¡Es monstruosa! Y ahí, en su centro, palpita.
- Me pondré las gafas… Ando bastante mal de la vista. El doctor se acerca a la mancha y la va a tocar.
- ¡No lo haga! - exclama César.
- Joven, usted tiene la virtud de asustarme.
El doctor toca la mancha. Retira la mano con un gesto de asco.
- ¡Viscosa!
- Ya le advertí…
- Parece viva…
- ¿Qué podemos hacer?
- Un animal…
- ¡Qué cosas, doctor! Un animal…
- Elena, rocíe un trapo con gasolina.
Ella se va. César le susurra:
- Doctor, estoy asustado.
- ¡No sea ingenuo! Esto ha de tener una explicación sencilla, lógica, natural… ¿O cree en fantasmas?
- Al menos los fantasmas son incorpóreos.
- Debe ser resistente.
- ¡Y tanto!
- Vamos, vamos…, tenga paciencia.
- Me trata usted como a un enfermo.
- En el fondo, todos estamos enfermos de algo…
Elena entra con el trapo. El doctor lo prende y lo arroja al centro de la mancha.
- ¿Y qué consigue así? - le pregunta César.
- Esto acabará con la mancha.
Pero el fuego se apaga y la mancha prosigue palpitando.
- ¡Qué terca es la Naturaleza algunas veces! - exclama el doctor -. curioso, curioso. Si se tratara de un ser vivo hubiera tenido que dar muestras ante
el fuego…
- ¿La Naturaleza? Esto es antinatural… Algo nuevo, distinto, diferente…
La mancha llega a los pies del doctor.
- ¡Cuidado! - grita Elena, dando un empujón al hombre.
El doctor retrocede y se la caen las gafas.
- ¡Qué contrariedad! Están rotas… Sin gafas soy incapaz de hacer nada, absolutamente nada.
- Dígame a mí…
- Mañana, mañana será todo más lúcido. ¡Qué pena de gafas!
- ¿Va a dejar esto así, conformándose con haberle lanzado un trapo ardiendo?
- No hay peligro… ¿O quiere que le tome el pulso?
- ¡Es usted médico!
- Miren, lo más prudente es que descansen.
- ¿Con esa criatura?
- Dejen la puerta cerrada. En cuanto amanezca compraré unas gafas. Y ya veremos qué se puede hacer.
- Mañana, Mañana… Mañana se reunirán aquí un puñado de gente… ¡Pero mañana puede ser tarde!
- ¡No sea melodramático!
César cierra la puerta tras el doctor con evidente enojo.
- Despertarás a los vecinos - le dice Elena.
- ¡No importa!
- Puede ser que el doctor tenga razón, que lo que necesitamos es descansar. Así, nos agotaremos en vano. César, te lo repito, vámonos de aquí.
- ¿Por qué nos habrá caído a nosotros esta desgracia? ¡Acabaré con esa mancha, con esa bestia, con esa criaturas. Abre un mueble y saca un hacha.
- ¡No entres, es…!
- Una locura, no te lo calles.
César abre la puerta del dormitorio lentamente. Desaparece tras de ella. Elena se queda en la sala paralizada, presa de angustia. Y escucha los golpes.
Uno, otro…

Esteban llama repetidamente a la puerta. Por las escaleras, el doctor vacila en cada peldaño.
- Perdone, ¿usted sabe si están los señores Rodríguez?
- Me he dormido, me he dormido estúpidamente. ¿Eh, eh?
- Si sabe si están los señores Rodríguez?
- Pues… ¿Ha llamado?
- No contestan.
- Habrán salido. Son jóvenes como usted… La vida por delante. Por cierto… yo, ayer, por la noche… ¡Ah, sí! ¡Qué torpeza qué torpeza! Sí, estuve con
ellos…
- A mí me llamó César. Que si una mancha en la pared…
- ¡Recuerdo, recuerdo! Eso, una mancha en la pared. ¿Sabe? Es curioso, curioso. Si no están es que ha desaparecido…
Esteban llama otra vez.
- No contestan. Vaya con lo que me supuso encontrar un poco de tiempo en el laboratorio para acercarme aquí.
- ¿Se va?
- Sí, claro.
- Entonces ayúdeme a bajar las escaleras. Es que se me rompieron las gafas… ¿Dónde se me rompieron? Qué cabeza, qué cabeza…
- Le acompañaré con mucho gusto…
A los pocos meses, el mundo fue una mancha roja, que palpitaba.

Publicada el: en Febrero 18, 2010 a las 8:43 pm Comentarios (0)

La distorsión que vino del espacio

Sin duda, queridos lectores, es difícil intentar asustaros cada día con una nueva propuesta de terror. Cuantos más relatos voy publicando, veo que existen más lugares comunes entre ellos. Sin embargo, haré un esfuerzo. El relato de hoy narra la venida de algo, que llega desde el universo, procedente de un remoto lugar del espacio. Lo sé, a muchos os recordará al relato de Lovecraft que puse hace poco en este blog, pero creedme. Del espacio pueden surgir muchas cosas. Ignoradas, aterradoras, desconcertantes… Y no diré más. Leed por vosotros mismos, y pasadlo de miedo, con miedo. Dulces pesadillas.
La distorsión que vino del espacio.

por Francis Flagg

(”Weird Tales”, agosto de 1934)

El meteoro cayó aquella noche detrás de la Montaña del Oso. Jim Blake y yo lo vimos cruzar por el cielo. Era del tamaño de un pequeño globo y tenía una
cola incandescente. Supimos que había caído a una distancia de pocos kilómetros de nuestro campamento, y luego vimos el opaco resplandor de un incendio
que iluminaba el firmamento. En la ladera opuesta de la Montaña del Oso el bosque es ralo, y los pocos árboles que hay son achaparrados y crecen en manchones
separados por vastos claros de suelo árido y rocoso. El incendio no se extendió, y se consumió pronto. Sentados junto al fuego de nuestro campamento hablábamos
sobre los meteoritos, esos ocasionales visitantes del espacio exterior que por lo general son pequeños y se consumen por el calor al entrar en la atmósfera
de la Tierra. Jim habló de uno enorme que había caído en el norte de Arizona antes de la llegada del hombre blanco; y de otro más reciente que cayó en
Siberia.

-Por fortuna -dijo- los meteoritos causan escasos daños; pero si uno grande llegara a caer en un área densamente poblada, tiemblo al pensar en la destrucción
de vidas y bienes que provocaría. Catástrofes de ese tipo pueden haber destruido antiguas ciudades. No creo que éste que acabamos de ver caiga en alguna
parte próxima al rancho de Simpson.

-No -dijo-; cayó muy al norte. Si hubiera aterrizado en el valle no habríamos podido ver el reflejo del incendio que inició. Por suerte no cayó más próximo
a nosotros.

A la mañana siguiente, llenos de curiosidad, trepamos hasta la cumbre de la montaña, a una distancia de unos tres kilómetros. La Montaña del Oso es en realidad
una característica altiplanicie escarpada y de cierta altura, con picos montañosos más altos y más abruptos a su alrededor y más allá. No crecen árboles
en la cima, la cual, a excepción de algunas matas de hierba del oso y de yuca, es pedregosa y pelada. Al mirar hacia el lado opuesto desde la altura a
la que habíamos llegado, vimos que una parte de la ladera había volado, y todavía humeaba. Sin embargo, el meteorito había desaparecido al enterrarse bajo
tierra y piedras y había dejado un profundo cráter de algunos metros de diámetro.

A unos cinco kilómetros de distancia, en el pequeño valle situado más abajo, se encontraba el rancho de Henry Simpson, aparentemente indemne. Henry era
un guía autorizado, y cuando iba a las montañas en busca de ciervos, hacíamos de su puesto nuestro centro de operaciones. Mientras nos acercábamos, no
alcanzábamos a ver ni a Henry ni a su esposa, y apresuramos la marcha con cierta inquietud al observar que una parte del techo de la casa -que era de adobe
y de dos plantas, y tenía un techo levemente inclinado, hecho con vigas atravesadas cubiertas de chapas de hierro clavadas- se encontraba retorcida y arrancada.

- ¡Cielos! -dijo Jim-; espero que un fragmento de ese meteorito no haya causado allí ningún daño.

Dejando que los burros se las arreglaran solos, entramos precipitadamente en la casa. - ¡Eh Henry! -grité-. ¡Henry! ¡Henry!

Nunca olvidaré la visión de la cara de Henry Simpson cuando bajó tambaleándose por la ancha escalera. Aunque eran exactamente las ocho de la mañana, todavía
tenía puesto el pijama. Sus cabellos grises estaban despeinados, y sus ojos muy abiertos.

- ¿Estoy loco, estoy soñando? -gritó roncamente.

Era un hombre corpulento, de por lo menos un metro ochenta de estatura; no era un montañés corriente, y a pesar de que tenía más de sesenta años de edad,
disponía de gran fuerza física. Pero en aquel momento sus hombros estaban caídos, y temblaba como si tuviera parálisis.

Por Dios, ¿qué es lo que ocurre? -preguntó Jim-. ¿Dónde está tu mujer?

Henry Simpson se enderezó con esfuerzo. -Denme un trago.

Luego dijo de un extraña manera: -Estoy en mi sano juicio, claro que debo estar en mi sano juicio; pero, ¿cómo puede ser posible eso que está arriba?

-¿Qué cosa? ¿Qué quieres decir?

-No sé. Estaba profundamente dormido cuando la luz brillante me despertó. Eso fue anoche, hace muchas horas. Algo cayó dentro de la casa.

-Un fragmento del meteorito -dijo Jim, mirándome rápidamente.

-¿Meteorito?

-Cayó uno anoche en la Montaña del Oso. Lo vimos caer.

Henry Simpson alzó su rostro ceniciento. -Puede haber sido eso.

-¿Decías que te despertaste?

-Sí, dando un grito de terror. Pensé que en el lugar había caído un rayo. ¡Lydia!, grité pensando en mi mujer. Pero Lydia no me respondió. La luz brillante
me había enceguecido. Al principio no podía ver nada. Luego mi vista se aclaró. Sin embargo, no podía ver nada … a pesar de que la habitación no estaba
a oscuras.

- ¡Cómo!

-Nada, les digo. Ni la habitación, ni las paredes, ni los muebles; hacia cualquier dirección en que miraba, solo el vacío. En los primeros instantes después
de mi despertar había saltado de la cama, y no la pude volver a encontrar. Les digo que caminé y caminé, y corrí y corrí; pero la cama había desaparecido,
la habitación había desaparecido. Era como una pesadilla. Traté de despertarme. Estaba arrastrándome sobre mis manos y mis rodillas, cuando alguien gritó
mi nombre. Me arrastré hacia el sonido de esa voz, y de pronto estuve en el pasillo de arriba, fuera de la puerta de mi habitación. No me atreví a mirar
hacia atrás. Tenía miedo, les digo, miedo. Bajé los escalones.

Se detuvo, vacilante. Lo sostuvimos y depositamos su cuerpo sobre un sofá.

-Por el amor de Dios -murmuró-, vayan a buscar a mi mujer.

Jim dijo con tono consolador:-Tranquilo, tranquilo, que tu esposa está bien-. Me hizo señas imperativamente con la mano: -Ve a nuestra cabaña, Bill, y tráeme
mi bolso.

Hice lo que me ordenó. Jim era un médico en ejercicio, y nunca viajaba sin su caja de medicamentos. Disolvió una tableta de morfina, llenó una jeringa hipodérmica,
y vació su contenido en el brazo de Simpson. A los pocos minutos, éste exhaló un suspiro, se relajó y cayó en un profundo sopor.

-Mira -dijo Jim, señalando.

La planta de los pies de Simpson estaba magullada y sangrante, el pijama estaba hecho jirones en las rodillas, y las rodillas estaban lastimadas.

-No lo soñó -murmuró Jim por fin-. Ha estado caminando y arrastrándose, efectivamente.

Nos miramos uno al otro. -Pero, ¡por Dios! -exclamé.

-Lo sé -dijo Jim. Se enderezó-. Aquí hay algo extraño. Voy a ir arriba. ¿Vienes?

Subimos juntos a la planta alta. No sabía qué era lo que esperábamos encontrar. Recuerdo haberme preguntado si Simpson no habría matado a su mujer y estaría
fingiéndose demente. Entonces recordé que tanto Jim como yo habíamos observado el techo dañado. Algo había golpeado la casa. Tal vez esa cosa había matado
a la señora Simpson. Esta era una mujer enérgica, unos pocos años menor que su esposo, y no precisamente de las que estarían acostadas y tranquilas a esa
hora.

Llenos de dudas, llegamos al rellano del primer piso y miramos hacia el corredor. El corredor estaba bien iluminado por medio de una ancha ventana situada
al fondo del, mismo. Dos habitaciones daban al corredor, una a cada lado. Las puertas de ambas estaban entornadas.

La primera habitación a la que echamos un vistazo era una especie de escritorio y biblioteca. Ya he dicho que Simpson no era un montañés común y corriente.
Era en verdad un hombre que leía mucho y se mantenía al tanto de las mejores publicaciones de la literatura de actualidad.

La segunda habitación era el dormitorio. Su puerta ordinaria, hecha con tablones alisados, se abría hacia afuera.

Oscilaba en nuestra dirección, medio abierta, y en el estrecho corredor tuvimos que abrirla aún más para poder pasar. Entonces …

- ¡Dios mío! -dijo Jim.

Los dos miramos, clavados al piso. Nunca olvidaré el total asombro de ese momento. Porque más allá de la puerta, donde tendría que haber estado un dormitorio,
había …

- ¡Oh, es imposible! -murmuré.

Aparté la vista. Efectivamente, estaba en un estrecho corredor, en una casa. Entonces volví a mirar y tuve la sensación de contemplar el vacío del espacio
ilimitado. Mis dedos temblorosos aferraron el brazo de Jim. No me asusto fácilmente. La gente de mi profesión -la aviación- debe tener los nervios muy
templados. Sin embargo, había algo tan extraño, tan fantástico, en lo que estaba viendo, que confieso haber sentido una oleada de terror. El espacio se
extendía a la distancia en todas las direcciones más allá de aquella puerta, en la misma forma en que el espacio se extiende ante el que, acostado de espaldas
en un día despejado, contempla el cielo. Pero este espacio no estaba brillantemente iluminado por la luz del sol. Era un espacio tenebroso, gris, que infundía
miedo; un espacio en el que no se distinguían ni estrellas, ni la luna, ni el sol. Y era un espacio que tenía -aparte de su tenebrosidad- una propiedad
de oblicuidad …

-Jim -murmuré roncamente-. ¿También tú lo ves?

-Sí, Bill, sí.

-¿Qué es eso?

-No sé. Quizás una ilusión óptica. Algo ha trastornado la perspectiva de esa habitación.

-¿Trastornado?

-Estoy tratando de pensar.

Caviló durante un momento. Aunque ejerce la medicina, Jim se interesa por la física y las matemáticas superiores. Sus artículos sobre la teoría de la relatividad
han aparecido en muchas publicaciones científicas.

-El espacio -dijo- no tiene una existencia independiente de la materia. Eso lo sabes. Ni tampoco independiente del tiempo.

Hizo rápidos gestos: -Está la noción de Einstein que considera a la materia como una caprichosa torsión del espacio, y al universo como algo a la vez finito
e infinito. Es muy abstruso y difícil de entender -sacudió la cabeza-. Pero en el espacio exterior, mucho más allá del alcance de nuestros telescopios
más potentes, puede que las cosas no funcionen exactamente como en la Tierra. Las leyes pueden cambiar, y pueden existir fenómenos exactamente contrarios
a aquellos que nos son habituales. Dejó de hablar. Yo lo miré, fascinado.

- ¡Y ese meteorito venido de donde solo Dios sabe! -hizo una breve pausa-. Estoy convencido de que este fenómeno que presenciamos está relacionado con él.
En ese meteorito ha venido algo que se ha introducido en esta habitación, algo que posee extrañas propiedades, que tiene el poder de distorsionar, torcer
… -su voz se apagó.

Miré con temor por la puerta abierta. -Cielos -dije-, ¿qué puede ser? ¿Qué es lo que tendría el poder de producir semejante ilusión?

-Si es que realmente es una ilusión -murmuró Jim-. Quizá no sea una ilusión en mayor medida que el ambiente en el que trascurre nuestra existencia, y que
rara vez cuestionamos. No te olvides que Simpson anduvo perdido en él durante horas. Oh, parece fantástico, imposible, lo sé, y al principio creí que estaba
delirando; pero ahora … ahora … -Se enderezó bruscamente-. La señora Simpson se encuentra en alguna parte de esa habitación, de ese increíble espacio,
quizá vagando, perdida, asustada. Voy a entrar.

Le supliqué que , lo pensara bien. -Si tú vas, yo también iré -dije.

Se soltó de mi mano que lo aferraba. -No, tú debes permanecer junto a la puerta para guiarme con tu voz.

A pesar de mis nuevas protestas, atravesó el vano de la puerta. Al hacerlo, pareció como que iba a caer en k eternidad de la nada.

- ¡Jim! -llamé aterrorizado. Miró hacia atrás, pero no pude saber si había oído mi voz. Después dijo que no la había oído.

Era horripilante verlo caminar: una figura solitaria en medio del infinito. Les aseguro que era la visión más fantástica e increíble que jamás ¿a visto
un ojo humano. Debo estar dormido, soñando, pensé, esto no puede ser real Tuve que apartar la vista para asegurarme, dando una mirada al corredor, de que
estaba en verdad despierto. La habitación tenía como .máximo apenas nueve metros desde la puerta hasta la pared; sin embargo Jim seguía y seguía, descendiendo
por una eterna perspectiva de gris lejanía, hasta que su figura empezó a encogerse, a disminuir. Volví a gritar: - ¡Jim! ¡Jim! ¡Regresa, Jim!-. Pero en
el preciso instante en que grité, su figura fluctuó, desapareció, y en toda la vasta y solitaria extensión de aquel tenebroso vacío, en ninguna parte se
lo podía ver: ¡en ninguna parte! Me pregunto si alguien puede imaginar sólo una parte de tas emociones que me asaltaron en aquel momento. Me agaché junto
al vano de la puerta de aquella increíble habitación, presa de los más horribles temores y conjeturas. Inmediatamente grité: - ¡Jim! ¡Jim! -pero ninguna
voz respondió, ninguna figura familiar se asomó a mi vista. El sol estaba alto en el cielo cuando bajé lentamente la escalera y salí al exterior. Simpson
todavía estaba durmiendo en el sofá, con el sueño del agotamiento. Recordé que había dicho haber oído nuestras voces que lo llamaban mientras erraba por
el espacio gris, y esto me vino a la memoria de un modo ominoso y como un presagio de algo desastroso, ya que, aparentemente, mi voz no había llegado en
ningún momento a los oídos de Jim, y ningún sonido había llegado a mis propios oídos desde las fantásticas profundidades.

Tras largas horas de vigilancia en el estrecho corredor, con la vista clavada en el extraño espacio, bendije el día soleado con una inenarrable sensación
de alivio, de haber escapado de algo horrible y anormal. Los burros estaban quietos a la sombra de una encina, con las cabezas bajas. Muy metódicamente,
les retiré la carga; luego llené mi pipa y la encendí, haciendo todo lentamente, con cuidado, como si me hubiese dado cuenta de la necesidad de tranquilidad
y de calma. La cordura de un hombre depende a menudo de pequeñeces como ésas. Y durante todo el tiempo miraba la casa, la parte superior de la misma, donde
se encontraba la extraordinaria habitación. En sus paredes se veían algunas grietas y, sobre ellas, el techo se encontraba torcido y destrozado. Me pregunté
cómo podía aquello ser posible. ¿Cómo era posible que dentro de los estrechos límites de una sola habitación, pudiera existir el fenómeno del espacio infinito?
Einstein, Eddington, Jeans: yo había leído sus teorías, y Jim podía estar en lo cierto; pero ¡qué extraordinario era todo aquello, qué horrible! Tú estás
loco, Bill, -me dije-, loco, ¡loco! Pero estaban los burros, estaba la casa. Una tanagra escarlata pasó volando, un gavilán daba vueltas en lo alto, una
bandada de codornices de montaña, las del anillo en cuello, echó a correr por entre los matorrales enmarañados. No, yo no estaba loco, no podía estar soñando,
y Jim … ¡Jim estaba en alguna parte de aquella habitación maldita, de esa distorsión venida del espacio, perdido, vagando!

Fue lo más valeroso que hice en mi vida: volver a entrar en aquella casa, subir aquella escalera. Tuve que obligarme a hacerlo, ya que estaba desesperadamente
aterrorizado y arrastraba los pies. Pero el rancho de Simpson sé encontraba en un lugar solitario, con la ciudad o el vecino más cercanos a millas de distancia.
Ir a buscar socorro llevaría

varias horas, y ¿de qué serviría cuando llegase? Además, Jim necesitaba ayuda, ahora mismo, inmediatamente. Aunque todos los nervios y fibras de mi cuerpo
se rebelaban ante el pensamiento, até el extremo de una cuerda a un clavo fijo en el piso del corredor y atravesé el vano de la puerta. Inmediatamente
fui tragado por el interminable espacio. Fue una sensación espantosa. Hasta donde llegaba mi vista, mis pies se apoyaban en la nada. Una lejanía interminable
se encontraba tanto debajo como encima de mí. Enfermo y aturdido, me detuve y miré hacia atrás, pero el vano de la puerta había desaparecido. Tan solo
la cuerda arrollada en mis manos, y la pesada pistola que llevaba en la cintura, me libraban de caer en el pánico total.

Mientras avanzaba, iba aflojando lentamente la cuerda. Al principio, ésta se extendía por el infinito como una sinuosa serpiente. De pronto, repentinamente,
toda ella desapareció a excepción de unos pocos metros. Tiré con temor del extremo que tenía en mis manos. Resistió el tirón. La cuerda aún estaba allí,
aunque era invisible a mis ojos, totalmente desenrollada; a pesar de eso, yo no estaba más cerca de los límites de esa habitación. Allí quieto, rodeado
por el vacío por arriba, alrededor, y debajo de mí, supe el significado de la completa desolación, del miedo y la soledad. Anduve a tientas por uno y otro
lado, con el extremo de mi soga. Jim debía estar en alguna parte, buscando y tanteando él también. - ¡Jim! -grité; y lo milagroso fue que pareció como
si en mi propio oído la voz de Jim gritara: - ¡Bill! ¡Bill! ¿Eres tú, Bill?

-Sí -casi sollocé-. ¿Dónde estás, Jim?

-No sé. Este lugar me desconcierta. He estado vagando por él durante horas. Escucha, Bill: todo aquí está desenfocado, la materia se tuerce, la luz se curva.
¿Puedes oírme, Bill?

-Sí, sí. Yo también estoy aquí, aferrado al extremo de una cuerda que conduce a la puerta. Si pudieras seguir el sonido de mi voz …

-Estoy tratando de hacerlo. Debemos estar muy cerca uno del otro. Bill… -su voz se debilitó, lejana.

- ¡Aquí! -grité-. ¡Aquí!

A lo lejos oí su voz que llamaba, mientras se alejaba.

-Por Dios, Jim, ¡por aquí! ¡Por aquí!

Súbitamente el pavoroso espacio pareció moverse, arremolinarse -no puedo describir de otro modo lo que ocurrió- y durante un instante, en la remota lejanía
alcancé a ver la figura de Jim. Estaba trepando una interminable colina, muy lejos de mí; trepaba y trepaba; un punto negro contra la inmensidad de la
nada. De pronto el punto fluctuó, se extinguió, y desapareció. Enfermo de un horror de pesadilla, caí de rodillas, e incluso, mientras lo hacía, mi corazón
latió de tal modo que pareció que iba a salirse de mi pecho, al darme cuenta de otro desastre. ¡En mi excitación al tratar de llamar la atención de Jim,
había dejado caer la cuerda!

El pánico me asaltó, y trató de dominarme, pero logré rechazarlo. Mantén la calma, me dije; no te muevas, no pierdas la cabeza; la cuerda tiene que estar
a tus pies. Pero aunque busqué a tientas en todas las direcciones, no pude encontrarla. Traté de recordar si me había movido de mi posición originaria.
Probablemente me había apartado de ella un paso o dos; pero ¿en qué dirección? Imposible responder a eso. En esa infernal distorsión del espacio y de la
materia, no había nada con lo cual se pudiera determinar la dirección. Sin embargo no abandoné, no pude abandonar las esperanzas. La cuerda era lo único
que podía guiarme al mundo exterior, al mundo de la vida y de los fenómenos normales.

Busqué por todos lados, desatinada y frenéticamente, pero en vano. Por fin me obligué a permanecer enteramente quieto, con los ojos cerrados para no ver
el horripilante vacío. Mi cerebro funcionaba caóticamente. En una habitación de nueve metros estábamos perdidos Jim, una mujer, y yo, sin poder encontrarnos
uno al otro: era algo imposible, increíble. Con los dedos temblorosos extraje mi pipa, puse tabaco en la tabaquera ennegrecida y acerqué un fósforo. ¡Doy
gracias a Dios por la nicotina! Mis pensamientos fluyeron con mayor claridad. Por increíble que pareciera, estaba ahí, ni loco ni dormido. Algún capricho
de las circunstancias había permitido que Simpson saliera tambaleándose de la trampa de aquella ilusión, pero ese capricho había sido evidentemente uno
entre mil. Jim y yo podíamos seguir vagando en las extrañas profundidades hasta morir de hambre y agotamiento.

Abrí los ojos. La claridad grisácea del espacio -una claridad provista de una sutil oblicuidad- todavía me rodeaba. En alguna parte, a pocos metros de donde
me encontraba -tal como se calcula la distancia de un mundo tridimensional-, debía estar Jim parado o caminando. Pero este espacio no era tridimensional.
Era una fantástica dimensión procedente de más allá del sistema solar, y que la mente humana nunca podría tener la esperanza de conocer o entender. Y era
terrorífico pensar que dentro de sus profundidades Jim y yo podíamos estar separados por miles de kilómetros, estando sin embargo uno junto al otro.

Seguí caminando. No podía permanecer quieto para siempre. Dios mío, pensé, tiene que haber alguna forma de salir de este horrible lugar, ¡tiene que existir
una! Una y otra vez grité el nombre de Jim. Después de un rato eché un vistazo a mi reloj, pero había dejado de andar. Me empezaban a doler todos los músculos
del cuerpo, y la sed estaba agregando sus torturas a las de la mente. - ¡Jim! -grité roncamente, una y otra vez; pero el silencio me oprimió hasta tal
punto que sentí ganas de dar alaridos.

Traten de imaginarlo si pueden. Aunque caminaba sobre una materia lo suficientemente sólida como para soportar mis pies, el espacio se extendía aparentemente
tanto por debajo como por arriba. Por momentos tenía la impresión de estar al revés, de caminar cabeza para abajo. Experimentaba la fantástica sensación
de ser trasladado de un lugar a otro sin necesidad de que mediara ninguna acción. ¡Dios mío!, rogué para mis adentros, ¡Dios mío! Caí de rodillas, apretándome
los ojos con las manos. Pero, ¿de qué me servía eso? ¿De qué me servía cualquier cosa? Vacilé sobre mis pies, luchando contra el terror mortal que me corroía
el corazón, y me obligué a caminar lentamente, sin prisa, contando los pasos, uno, dos, tres,…

No sabría decir cuándo empecé a advertir la débil irradiación. Era como una irradiación de calor, solo que más sutil, como ondas de calor que salieran de
un horno abierto. Me froté los ojos y miré, tenso. Efectivamente, desde alguna fuente invisible se estaban propagando ondas de energía. Las vi vibrar a
lo lejos, en las ilimitadas profundidades del espacio; pero pronto advertí que estaba condenado -como un satélite fijo en su órbita- a viajar por un inmenso
círculo del cual ellas eran el centro.

¡Y tal vez en aquella dirección se encontraba la puerta!

Lleno de desesperación, volví a caer de, rodillas, y arrodillado pensé tristemente: Este es el fin, no hay forma de salir de aquí, y con más calma de la
que había tenido durante horas -existe una calma en la desesperación, un abandono fatalista de la lucha- alcé mi cabeza y miré apáticamente en torno.

Extraño, extraño; fantástico y extraño. ¿Podía esto ser real, lo era yo mismo? ¿Podía encontrarse la inmensidad de la nada en un radio de nueve metros,
podía haber sido causada por algo venido del espacio, algo traído por el meteoro, algo que podía distorsionar, torcer?

¡Distorsionar, torcer!

Al ver que comenzaba a comprender, proferí un juramento mientras me ponía de pie y contemplaba la trémula radiación. ¿Por qué no podía acercarme a ella?
¿Qué fuerza extraña e invisible lo impedía? ¿Se debía a que la fuente de ese increíble espacio se encontraba escondida allí? Ah, les aseguro que estaba
enloquecido, algo demente; pero, al mismo tiempo, conservaba cierta serenidad y claridad de pensamiento. Extraje la pesada pistola de su funda. Una frase
dicha por Jim resonaba continuamente en mi cabeza: Vibración, vibración, todas las cosas son modos variables de vibración. Sin embargo tuve un momento
de vacilación. Además de mí, en ese increíble espacio se encontraban perdidos otros dos, y ¿qué pasaría si llegaba a herir a alguno de ellos? Me dije que
eso era preferible a perecer sin luchar.

Levanté la pistola. La trémula radiación era algo mortífero, hostil; las ondas de energía que se difundían eran repugnantes tentáculos que se estiraban
para matar.

Murmuré una maldición, y apreté el gatillo.

De lo que siguió solo conservo un recuerdo caleidoscópico y caótico. El vacío grisáceo pareció contraerse y expandirse. Vi alternativamente el espacio y
la habitación, la habitación y el espacio; a través de los intersticios de este desconcertante cambio me miraba algo indescriptiblemente repugnante, algo
que acechaba desde el centro de un globo de cristal que mis tiros habían perforado. A través de los orificios dejados por las balas, de este cristal fluía
lentamente un vapor, y mientras fluía, la criatura que se encontraba adentro del globo se agitaba y se retorcía; y mientras se agitaba yo tenía la sensación
de ser levantado y bajado, levantado y bajado; de la habitación, al espacio vacío. Entonces, de repente, el globo de cristal se estremeció y se partió;
oí cómo se rompió con un tintineo de vidrios rotos; el vapor luminoso escapó en un remolino, el vacío grisáceo desapareció, y me encontré, enfermo y aturdido,
encerrado definitivamente entre las paredes de una habitación y a una distancia de un metro de la monstruosidad que se retorcía. Mientras yo permanecía
con los pies clavados en el piso, demasiado aturdido como para moverme, la monstruosidad se elevó. La pude ver entonces en todo su horror. Era una cosa
semejante a una araña, y sin embargo, no era una araña. Se elevó más y más, hasta una altura de dos metros en el aire, mirándome fijamente con sus ojos
saltones, extendiendo sus patas peludas. Loco de terror, fui envuelto por el abrazo de la repugnante criatura. Entonces sucedió lo que nunca podré olvidar
hasta el día de mi muerte, de tan extraño que fue, tan fantástico. La imaginación, ustedes dirán, las ideas fantásticas de una mente transitoriamente perturbada.
Tal vez, tal vez; pero repentinamente me pareció que sabía -que sabía sin lugar a dudas- que ese visitante semejante a una araña era un ser inteligente
y dotado de razón. Aquellos ojos parecían penetrar hasta los más recónditos lugares de mi cerebro; parecían establecer una especie de comunicación entre
el ser que se encontraba detrás de ellos y yo.

No era una inteligencia maligna -me di cuenta de eso-; pero comparándolo conmigo era algo lejano, que tenia algo de divino. Y sin embargo era una inteligencia
mortal. Mis balas habían destrozado su envoltura protectora, habían alcanzado su cuerpo vulnerable, y, en lo que a él mismo respecta, se encontraba en
la propia agonía de la muerte. Todo esto lo percibí, todo esto me lo dijo, no a través del habla, sino a través de algún sutil proceso de trasferencia
de imágenes, que no tengo esperanzas de poder explicar. Me pareció ver un lugar fantástico y gris donde se hacían girar delicados diseños geométricos,
y donde dibujos de plata rielaban y brillaban: la morada del extraño visitante del espacio exterior. Tal vez las células receptoras de mi cerebro no estaban
lo suficientemente desarrolladas como para recibir todas las impresiones que trataba de comunicar.

Nada era claro, preciso, nada era definido. Tuve la penosa conciencia de que gran parte se estaba escapando de mi cerebro, sin haber sido puesto en correlación
ni registrado. Pero un meteorito estaba volando por la oscuridad del espacio y lo vi caer a tierra. Vi cómo una parte se desprendía y daba vueltas, atravesaba
el techo de la casa de Simpson y se introducía en el dormitorio. Y vi cómo el extraño visitante de más allá de nuestro universo utilizaba el increíble
poder que poseía para distorsionar el espacio, alisar las porciones de materia que lo componían y disfrazar su persona con un velo de infinitud mientras
estudiaba el ambiente extraño para él donde había caído.

Y luego todas sus agonizantes emociones parecieron precipitarse de golpe sobré mí y capté -sentí- lo que estaba pensando. Había hecho un viaje desde un
sistema estelar a otro, había aterrizado a salvo en la Tierra, a un billón, a un billón de años luz de distancia; pero jamás podría retornar a su remoto
mundo para narrar su triunfo … nunca … ¡nunca jamás! Me pareció comprender todo eso, entenderlo, captar en algo así como una fracción de segundo, su
soledad y su dolor, su tremenda nostalgia; entonces sus peludas extremidades aflojaron el abrazo; el horrible cuerpo se dobló sobre sí mismo; y mientras
lo contemplaba tendido en el piso, cobré súbitamente conciencia de la señora Simpson, acurrucada, sana y salva, en un rincón de la habitación, y de Jim,
que se encontraba de pie junto a mí, y me aferraba el brazo.

-Bill -dijo roncamente-, ¿estás herido? Y luego con un susurro: -¿Qué es? ¿Qué es?

-No sé -respondí con voz ahogada-. No sé. Pero sea lo que fuere, ya ha muerto … la Distorsión que vino del Espacio.

Entonces, inexplicablemente, me cubrí el rostro con las manos y comencé a llorar.

Publicada el: en Febrero 16, 2010 a las 8:16 pm Comentarios (0)

Las ratas del cementerio

Hoy voy a ir a lo fácil. Estábamos tardando, queridos lectores, en visitar uno de los más tétricos lugares. Estoy hablando del cementerio. Uno de esos sitios, propicio para las mejores historias de terror. Plagado de cosas que, sin duda, pueden hacérnoslo pasar de miedo, con miedo. Sin más, ahí va el relato de hoy. Dulces pesadillas a todos.
Las ratas del cementerio
Henry Kuttner.
El viejo Masson, guardián de uno de los más antiguos y descuidados cementerios de Salem, sostenía una verdadera contienda con las ratas. Hacía varias generaciones,
se había asentado en el cementerio una colonia de ratas enormes procedentes de los muelles. Cuando Masson asumió su cargo, tras la inexplicable desaparición
del guardián anterior, decidió hacerlas desaparecer. Al principio colocaba cepos y comida envenenada junto a sus madrigueras; más tarde, intentó exterminarlas
a tiros. Pero todo fue inútil. Seguía habiendo ratas. Sus hordas voraces se multiplicaban e infestaban el cementerio.
Eran grandes, aun tratándose de la especie mus decumanus, cuyos ejemplares miden a veces más de treinta y cinco centímetros de largo sin contar la cola
pelada y gris. Masson las había visto hasta del tamaño de un gato; y cuando los sepultureros descubrían alguna madriguera, comprobaban con asombro que
por aquellas malolientes galerías cabía sobradamente el cuerpo de una persona. Al parecer, los barcos que antaño atracaban en los ruinosos muelles de Salem
debieron de transportar cargamentos muy extraños.
Masson se asombraba a veces de las extraordinarias proporciones de estas madrigueras. Recordaba ciertos relatos inquietantes que le habían contado al llegar
a la vieja y embrujada ciudad de Salem. Eran relatos que hablaban de una vida larvaria que persistía en la muerte, oculta en las olvidadas madrigueras
de la tierra. Ya habían pasado los viejos tiempos en que Cotton Mather exterminara los cultos perversos y los ritos orgiásticos celebrados en honor de
Hécate y de la siniestra Magna Mater. Pero todavía se alzaban las tenebrosas casas de torcidas buhardillas, de fachadas inclinadas y leprosas, en cuyos
sótanos, según se decía, aún se ocultaban secretos blasfemos y se celebraban ritos que desafiaban tanto a la ley como a la cordura. Moviendo significativamente
sus cabezas canosas, los viejos aseguraban que, en los antiguos cementerios de Salem, había bajo tierra cosas peores que gusanos y ratas.
En cuanto a estos roedores, ciertamente, Masson les tenía aversión y respeto. Sabía el peligro que acechaba en sus dientes afilados y brillantes. Pero no
comprendía el horror que los viejos sentían por las casas vacías, infestadas de ratas. Había oído rumores sobre ciertas criaturas horribles que moraban
en las profundidades de la tierra y tenían poder sobre las ratas, a las que agrupaban en ejércitos disciplinados. Según decían los ancianos, las ratas
servían de mensajeras entre este mundo y las cavernas que se abrían en las entrañas de la tierra, muy por debajo de Salem. Y aún se decía que algunos cuerpos
habían sido robados de las sepulturas con el fin de celebrar festines subterráneos y nocturnos. El mito del flautista de Hamelin era una leyenda que ocultaba,
en forma de alegoría, un horror blasfemo; y según ellos, los negros abismos habían parido abortos infernales que jamás salieron a la luz del día.
Masson no hacía ningún caso de semejantes relatos. No fraternizaba con sus vecinos y, de hecho, hacía lo posible por mantener en secreto la existencia de
las ratas. De conocerse el problema quizá iniciasen una investigación, en cuyo caso tendrían que abrir muchas sepulturas. Y en efecto, hallarían ataúdes
perforados y vacíos que atribuirían a las actividades de las ratas. Pero descubrirían también algunos cuerpos con mutilaciones muy comprometedoras para
Masson.
Los dientes postizos suelen hacerse de oro puro, y no se los extraen a uno cuando muere. Las ropas, naturalmente, son harina de otro costal, porque la compañía
de pompas fúnebres suele proporcionar un traje de paño sencillo, perfectamente reconocible después. Pero el oro no lo es. Además, Masson negociaba también
con algunos estudiantes de medicina y médicos poco escrupulosos que necesitaban cadáveres sin importarles demasiado su procedencia.
Hasta entonces, Masson se las había arreglado muy bien para que no se iniciase una investigación. Había negado ferozmente la existencia de las ratas, aun
cuando algunas veces éstas le hubiesen arrebatado el botín. A Masson no le preocupaba lo que pudiera suceder con los cuerpos, después de haberlos expoliado,
pero las ratas solían arrastrar el cadáver entero por un boquete que ellas mismas roían en el ataúd.
El tamaño de aquellos agujeros tenía a Masson asombrado. Por otra parte, se daba la curiosa circunstancia de que las ratas horadaban siempre los ataúdes
por uno de los extremos, y no por los lados. Parecía como si las ratas trabajasen bajo la dirección de algún guía dotado de inteligencia.
Ahora se encontraba ante una sepultura abierta. Acababa de quitar la última paletada de tierra húmeda y de arrojarla al montón que había ido formando a
un lado. Desde hacía varias semanas, no paraba de caer una llovizna fría y constante. El cementerio era un lodazal de barro pegajoso, del que surgían las
mojadas lápidas en formaciones irregulares. Las ratas se habían retirado a sus agujeros; no se veía ni una. Pero el rostro flaco y desgalichado de Masson
reflejaba una sombra de inquietud. Había terminado de descubrir la tapa de un ataúd de madera.
Hacía varios días que lo habían enterrado, pero Masson no se había atrevido a desenterrarlo antes. Los parientes del fallecido venían a menudo a visitar
su tumba, aun lloviendo. Pero a estas horas de la noche, no era fácil que vinieran, por mucho dolor y pena que sintiesen. Y con este pensamiento tranquilizador,
se enderezó y echó a un lado la pala.
Desde la colina donde estaba situado el cementerio, se veían parpadear débilmente las luces de Salem a través de la lluvia pertinaz. Sacó la linterna del
bolsillo porque iba a necesitar luz. Apartó la pata y se inclinó a revisar los cierres de la caja.
De repente, se quedó rígido. Bajo sus pies había notado un rebullir inquieto, como si algo arañara o se revolviera dentro. Por un momento, sintió una punzada
de terror supersticioso, que pronto dio paso a una rabia furiosa, al comprender el significado de aquellos ruidos. ¡Las ratas se le habían adelantado otra
vez!
En un rapto de cólera, Masson arrancó lo cierres del ataúd Metió el canto de la pata bajo la tapa e hizo palanca, hasta que pudo levantarla con las dos
manos. Luego encendió la linterna y la enfocó al interior del ataúd.
La lluvia salpicaba el blanco tapizado de raso: el ataúd estaba vacío. Masson percibió un movimiento furtivo en la cabecera de la caja y dirigió hacia allí
la luz.
El extremo del sarcófago habla sido horadado, y el boquete comunicaba con una galería, al parecer, pues en aquel mismo momento desaparecía por allí, a tirones,
un pie fláccido enfundado en su correspondiente zapato. Masson comprendió que las ratas se le habían adelantado, esta vez, sólo unos instantes. Se dejó
caer a gatas y agarró el zapato con todas sus fuerzas. Se le cayó la linterna dentro del ataúd y se apagó de golpe. De un tirón, el zapato le fue arrancado
de las manos en medio de una algarabía de chillidos agudos y excitados. Un momento después, había recuperado la linterna y la enfocaba por el agujero.
Era enorme. Tenía que serlo; de lo contrario, no habrían podido arrastrar el cadáver a través de él. Masson intentó imaginarse el tamaño de aquellas ratas
capaces de tirar del cuerpo de un hombre. De todos modos, él llevaba su revólver cargado en el bolsillo, y esto le tranquilizaba. De haberse tratado del
cadáver de una persona ordinaria, Masson habría abandonado su presa a las ratas, antes de aventurarse por aquella estrecha madriguera; pero recordó los
gemelos de sus puños y el alfiler de su corbata, cuya perla debía ser indudablemente auténtica, y, sin pensarlo más, se prendió la linterna al cinturón
y se metió por el boquete. El acceso era angosto. Delante de sí, a la luz de la linterna, podía ver cómo las suelas de los zapatos seguían siendo arrastradas
hacia el fondo del túnel de tierra. También él trató de arrastrarse lo más rápidamente posible, pero había momentos en que apenas era capaz de avanzar,
aprisionado entre aquellas estrechas paredes de tierra.
El aire se hacía irrespirable por el hedor de la carroña. Masson decidió que, si no alcanzaba el cadáver en un minuto, volvería para atrás. Los temores
supersticiosos empezaban a agitarse en su imaginación, aunque la codicia le instaba a proseguir. Siguió adelante, y cruzó varias bocas de túneles adyacentes.
Las paredes de la madriguera estaban húmedas y pegajosas. Por dos veces oyó a sus espaldas pequeños desprendimientos de tierra. El segundo de éstos le
hizo volver la cabeza. No vio nada, naturalmente, hasta que enfocó la linterna en esa dirección.
Entonces vio varios montones de barro que casi obstruían la galería que acababa de recorrer. El peligro de su situación se le apareció de pronto en toda
su espantosa realidad. El corazón le latía con fuerza sólo de pensar en la posibilidad de un hundimiento. Decidió abandonar su persecución, a pesar de
que casi había alcanzado el cadáver y las criaturas invisibles que lo arrastraban. Pero había algo más, en lo que tampoco había pensado: el túnel era demasiado
estrecho para dar la vuelta.
El pánico se apoderó de él, por un segundo, pero recordó la boca lateral que acababa de pasar, y retrocedió dificultosamente hasta que llegó a ella. Introdujo
allí las piernas, hasta que pudo dar la vuelta. Luego, comenzó a avanzar precipitadamente hacia la salida, pese al dolor de sus rodillas magulladas.
De súbito, una punzada le traspasó la pierna. Sintió que unos dientes afilados se le hundían en la carne, y pateó frenéticamente para librarse de sus agresores.
Oyó un chillido penetrante, y el rumor presuroso de una multitud de patas que se escabullían. Al enfocar la linterna hacia atrás, dejé escapar un gemido
de horror: una docena de enormes ratas le miraban atentamente, y sus ojillos malignos brillaban bajo la luz. Eran unos bichos deformes, grandes como gatos.
Tras ellos vislumbré una forma negruzca que desapareció en la oscuridad. Se estremeció ante las increíbles proporciones de aquella sombra apenas vista.
La luz contuvo a las ratas durante un momento, pero no tardaron en volver a acercarse furtivamente. Al resplandor de la linterna, sus dientes parecían teñidos
de un naranja oscuro. Masson forcejeó con su pistola, consiguió sacarla de su bolsillo y apuntó cuidadosamente. Estaba en una posición difícil. Procuró
pegar los pies a las mojadas paredes de la madriguera para no herirse.
El estruendo del disparo le dejó sordo durante unos instantes. Después, una vez disipado el humo, vio que las ratas habían desaparecido. Se guardó la pistola
y comenzó a reptar velozmente a lo largo del túnel. Pero no tardó en oír de nuevo las carreras de las ratas, que se le echaron encima otra vez.
Se le amontonaron sobre las piernas, mordiéndole y chillando de manera enloquecedora. Masson empezó a gritar mientras echaba mano a la pistola. Disparó
sin apuntar, de suerte que no se hirió de milagro. Esta vez las ratas no se alejaron demasiado. No obstante, Masson aprovechó la tregua para reptar lo
más deprisa que pudo, dispuesto a hacer fuego a la primera señal de un nuevo ataque.
Oyó movimientos de patas y alumbró hacia atrás con la linterna. Una enorme rata gris se paró en seco y se quedó mirándole, sacudiendo sus largos bigotes
y moviendo de un lado a otro, muy despacio, su cola áspera y pelada. Masson disparó y la rata echó a correr. Continuó arrastrándose. Se había detenido
un momento a descansar, junto a la negra abertura de un túnel lateral, cuando descubrió un bulto informe sobre la tierra mojada, un poco más adelante.
De momento, lo tomó por un montón de tierra desprendido del techo; luego vio que era un cuerpo humano.
Se trataba de una momia negruzca y arrugada, y Masson se dio cuenta, preso de un pánico sin límites, de que se movía.
Aquella cosa monstruosa avanzaba hacia él y, a la luz de la linterna, vio su rostro horrible a muy poca distancia del suyo. Era una calavera casi descarnada,
la faz de un cadáver que ya llevaba años enterrado, pero animada de una vida infernal. Tenía unos ojos vidriosos, hinchados y saltones, que delataban su
ceguera, y, al avanzar hacia Masson, lanzó un gemido plañidero y entreabrió sus labios pustulosos, desgarrados en una mueca de hambre espantosa. Masson
sintió que se le helaba la sangre.
Cuando aquel Horror estaba ya a punto de rozarle. Masson se precipitó frenéticamente por la abertura lateral. Oyó arañar en la tierra, justo a sus pies,
y el confuso gruñido de la criatura que le seguía de cerca. Masson miró por encima del hombro, gritó y trató de avanzar desesperadamente por la estrecha
galería. Reptaba con torpeza; las piedras afiladas le herían las manos y las rodillas. El barro le salpicaba en los ojos, pero no se atrevió a detenerse
ni un segundo. Continuó avanzando a gatas, jadeando, rezando y maldiciendo histéricamente.
Con chillidos triunfales, las ratas se precipitaron de nuevo sobre él con una horrible voracidad pintada en sus ojillos. Masson estuvo a punto de sucumbir
bajo sus dientes, pero logró desembarazarse de ellas: el pasadizo se estrechaba y, sobrecogido por el pánico, pataleó, gritó y disparó hasta que el gatillo
pegó sobre una cápsula vacía. Pero había rechazado las ratas.
Observó entonces que se hallaba bajo una piedra grande, encajada en la parte superior de la galería, que le oprimía cruelmente la espalda. Al tratar de
avanzar notó que la piedra se movía, y se le ocurrió una idea: ¡Si pudiera dejarla caer, de forma que obstruyese el túnel! La tierra estaba empapada por
el agua de la lluvia. Se enderezó y se puso a quitar el barro que sujetaba la piedra. Las ratas se aproximaban. Veía brillar sus ojos al resplandor de
la linterna. Siguió cavando, frenético, en la tierra. La piedra cedía. Tiró de ella y la movió de sus cimientos.
Se acercaban las ratas… Era el enorme ejemplar que había visto antes. Gris, leprosa, repugnante, avanzaba enseñando sus dientes anaranjados. Masson dio
un último tirón de la piedra, y la sintió resbalar hacia abajo. Entonces reanudó su camino a rastras por el túnel. La piedra se derrumbó tras él, y oyó
un repentino alarido de agonía. Sobre sus piernas se desplomaron algunos terrones mojados. Más adelante, le atrapó los pies un desprendimiento considerable,
del que logró desembarazarse con dificultad. ¡El túnel entero se estaba desmoronando!
Jadeando de terror, Masson avanzaba mientras la tierra se desprendía tras él. El túnel seguía estrechándose, hasta que llegó un momento en que apenas pudo
hacer uso de sus manos y piernas para avanzar. Se retorció como una anguila hasta que, de pronto, notó un jirón de raso bajo sus dedos crispados; y luego
su cabeza chocó contra algo que le impedía continuar. Movió las piernas y pudo comprobar que no las tenía apresadas por la tierra desprendida. Estaba boca
abajo. Al tratar de incorporarse, se encontró con que el techo del túnel estaba a escasos centímetros de su espalda. El terror le descompuso.
Al salirle al paso aquel ser espantoso y ciego, se había desviado por un túnel lateral, por un túnel que no tenía salida. ¡Se encontraba en un ataúd, en
un ataúd vacío, al que había entrado por el agujero que las ratas habían practicado en su extremo! Intentó ponerse boca arriba, pero no pudo. La tapa del
ataúd le mantenía inexorablemente inmóvil. Tomó aliento entonces, e hizo fuerza contra la tapa. Era inamovible, y aun si lograse escapar del sarcófago,
¿cómo podría excavar una salida a través del metro y medio de tierra que tenía encima?
Respiraba con dificultad. Hacía un calor sofocante y el hedor era irresistible. En un paroxismo de terror, desgarró y arañó el forro acolchado hasta destrozarlo.
Hizo un inútil intento por cavar con los pies en la tierra desprendida que le impedía la retirada. Si lograse solamente cambiar de postura, podría excavar
con las uñas una salida hacia el aire… hacia el aire…
Una agonía candente penetró en su pecho; el pulso le dolía en los globos de los ojos. Parecía como si la cabeza se le fuera hinchando, a punto de estallar.
Y de súbito, oyó los triunfales chillidos de las ratas. Comenzó a gritar, enloquecido, pero no pudo rechazarlas esta vez. Durante un momento, se revolvió
histéricamente en su estrecha prisión, y luego se calmó, boqueando por falta de aire. Cerró los ojos, sacó su lengua ennegrecida, y se hundió en la negrura
de la muerte, con los locos chillidos de las ratas taladrándole los oídos

Publicada el: en Febrero 15, 2010 a las 1:40 am Comentarios (0)

Los ojos verdes

Bueno, apreciados lectores: este post lo escribo el día 14 de febrero, San Valentín. Creo que hoy podemos hablar de amor. ¿No? Aunque no os penséis que por ello dejaremos de pasarlo de miedo, con miedo. Cuando leáis esta leyenda que hoy os traigo lo entenderéis. Vuelve el maestro Bécquer con…
Los ojos verdes
Gustavo Adolfo Bécquer

Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir cualquier cosa con este título. Hoy, que se me ha presentado ocasión, lo he puesto con letras grandes en la
primera cuartilla de papel, y luego he dejado a capricho volar la pluma.

Yo creo que he visto unos ojos como los que he pintado en esta leyenda. No sé si en sueños, pero yo los he visto. De seguro no los podré describir tal cuales
ellos eran: luminosos, transparentes como las gotas de la lluvia que se resbalan sobre las hojas de los árboles después de una tempestad de verano. De
todos modos, cuento con la imaginación de mis lectores para hacerme comprender en este que pudiéramos llamar boceto de un cuadro que pintaré algún día.

I

-Herido va el ciervo…, herido va… no hay duda. Se ve el rastro de la sangre entre las zarzas del monte, y al saltar uno de esos lentiscos han flaqueado
sus piernas… Nuestro joven señor comienza por donde otros acaban… En cuarenta años de montero no he visto mejor golpe… Pero, ¡por San Saturio, patrón
de Soria!, cortadle el paso por esas carrascas, azuzad los perros, soplad en esas trompas hasta echar los hígados, y hundid a los corceles una cuarta de
hierro en los ijares: ¿no veis que se dirige hacia la fuente de los Álamos y si la salva antes de morir podemos darlo por perdido?

Las cuencas del Moncayo repitieron de eco en eco el bramido de las trompas, el latir de la jauría desencadenada, y las voces de los pajes resonaron con
nueva furia, y el confuso tropel de hombres, caballos y perros, se dirigió al punto que Iñigo, el montero mayor de los marqueses de Almenar, señalara como
el más a propósito para cortarle el paso a la res.

Pero todo fue inútil. Cuando el más ágil de los lebreles llegó a las carrascas, jadeante y cubiertas las fauces de espuma, ya el ciervo, rápido como una
saeta, las había salvado de un solo brinco, perdiéndose entre los matorrales de una trocha que conducía a la fuente.

-¡Alto!… ¡Alto todo el mundo! -gritó Iñigo entonces-. Estaba de Dios que había de marcharse.

Y la cabalgata se detuvo, y enmudecieron las trompas, y los lebreles dejaron refunfuñando la pista a la voz de los cazadores.

En aquel momento, se reunía a la comitiva el héroe de la fiesta, Fernando de Argensola, el primogénito de Almenar.

-¿Qué haces? -exclamó, dirigiéndose a su montero, y en tanto, ya se pintaba el asombro en sus facciones, ya ardía la cólera en sus ojos-. ¿Qué haces, imbécil?
Ves que la pieza está herida, que es la primera que cae por mi mano, y abandonas el rastro y la dejas perder para que vaya a morir en el fondo del bosque.
¿Crees acaso que he venido a matar ciervos para festines de lobos?

-Señor -murmuró Iñigo entre dientes-, es imposible pasar de este punto.

-¡Imposible! ¿Y por qué?

-Porque esa trocha -prosiguió el montero- conduce a la fuente de los Álamos: la fuente de los Álamos, en cuyas aguas habita un espíritu del mal. El que
osa enturbiar su corriente paga caro su atrevimiento. Ya la res habrá salvado sus márgenes. ¿Cómo la salvaréis vos sin atraer sobre vuestra cabeza alguna
calamidad horrible? Los cazadores somos reyes del Moncayo, pero reyes que pagan un tributo. Fiera que se refugia en esta fuente misteriosa, pieza perdida.

-¡Pieza perdida! Primero perderé yo el señorío de mis padres, y primero perderé el ánima en manos de Satanás, que permitir que se me escape ese ciervo,
el único que ha herido mi venablo, la primicia de mis excursiones de cazador… ¿Lo ves?… ¿Lo ves?… Aún se distingue a intervalos desde aquí; las piernas
le fallan, su carrera se acorta; déjame…, déjame; suelta esa brida o te revuelvo en el polvo… ¿Quién sabe si no le daré lugar para que llegue a la
fuente? Y si llegase, al diablo ella, su limpidez y sus habitadores. ¡Sus, Relámpago!; ¡sus, caballo mío! Si lo alcanzas, mando engarzar los diamantes
de mi joyel en tu serreta de oro.

Caballo y jinete partieron como un huracán. Iñigo los siguió con la vista hasta que se perdieron en la maleza; después volvió los ojos en derredor suyo;
todos, como él, permanecían inmóviles y consternados.

El montero exclamó al fin:

-Señores, vosotros lo habéis visto; me he expuesto a morir entre los pies de su caballo por detenerlo. Yo he cumplido con mi deber. Con el diablo no sirven
valentías. Hasta aquí llega el montero con su ballesta; de aquí en adelante, que pruebe a pasar el capellán con su hisopo.

II

-Tenéis la color quebrada; andáis mustio y sombrío. ¿Qué os sucede? Desde el día, que yo siempre tendré por funesto, en que llegasteis a la fuente de los
Álamos, en pos de la res herida, diríase que una mala bruja os ha encanijado con sus hechizos. Ya no vais a los montes precedido de la ruidosa jauría,
ni el clamor de vuestras trompas despierta sus ecos. Sólo con esas cavilaciones que os persiguen, todas las mañanas tomáis la ballesta para enderezaros
a la espesura y permanecer en ella hasta que el sol se esconde. Y cuando la noche oscurece y volvéis pálido y fatigado al castillo, en balde busco en la
bandolera los despojos de la caza. ¿Qué os ocupa tan largas horas lejos de los que más os quieren?

Mientras Iñigo hablaba, Fernando, absorto en sus ideas, sacaba maquinalmente astillas de su escaño de ébano con un cuchillo de monte.

Después de un largo silencio, que sólo interrumpía el chirrido de la hoja al resbalar sobre la pulimentada madera, el joven exclamó, dirigiéndose a su servidor,
como si no hubiera escuchado una sola de sus palabras:

-Iñigo, tú que eres viejo, tú que conoces las guaridas del Moncayo, que has vivido en sus faldas persiguiendo a las fieras, y en tus errantes excursiones
de cazador subiste más de una vez a su cumbre, dime: ¿has encontrado, por acaso, una mujer que vive entre sus rocas?

-¡Una mujer! -exclamó el montero con asombro y mirándole de hito en hito.

-Sí -dijo el joven-, es una cosa extraña lo que me sucede, muy extraña… Creí poder guardar ese secreto eternamente, pero ya no es posible; rebosa en mi
corazón y asoma a mi semblante. Voy, pues, a revelártelo… Tú me ayudarás a desvanecer el misterio que envuelve a esa criatura que, al parecer, sólo para
mí existe, pues nadie la conoce, ni la ha visto, ni puede dame razón de ella.

El montero, sin despegar los labios, arrastró su banquillo hasta colocarse junto al escaño de su señor, del que no apartaba un punto los espantados ojos…
Éste, después de coordinar sus ideas, prosiguió así:

-Desde el día en que, a pesar de sus funestas predicciones, llegué a la fuente de los Álamos, y, atravesando sus aguas, recobré el ciervo que vuestra superstición
hubiera dejado huir, se llenó mi alma del deseo de soledad.

Tú no conoces aquel sitio. Mira: la fuente brota escondida en el seno de una peña, y cae, resbalándose gota a gota, por entre las verdes y flotantes hojas
de las plantas que crecen al borde de su cuna. Aquellas gotas, que al desprenderse brillan como puntos de oro y suenan como las notas de un instrumento,
se reúnen entre los céspedes y, susurrando, susurrando, con un ruido semejante al de las abejas que zumban en torno a las flores, se alejan por entre las
arenas y forman un cauce, y luchan con los obstáculos que se oponen a su camino, y se repliegan sobre sí mismas, saltan, y huyen, y corren, unas veces
con risas; otras, con suspiros, hasta caer en un lago. En el lago caen con un rumor indescriptible. Lamentos, palabras, nombres, cantares, yo no sé lo
que he oído en aquel rumor cuando me he sentado solo y febril sobre el peñasco a cuyos pies saltan las aguas de la fuente misteriosa, para estancarse en
una balsa profunda cuya inmóvil superficie apenas riza el viento de la tarde.

Todo allí es grande. La soledad, con sus mil rumores desconocidos, vive en aquellos lugares y embriaga el espíritu en su inefable melancolía. En las plateadas
hojas de los álamos, en los huecos de las peñas, en las ondas del agua, parece que nos hablan los invisibles espíritus de la Naturaleza, que reconocen
un hermano en el inmortal espíritu del hombre.

Cuando al despuntar la mañana me veías tomar la ballesta y dirigirme al monte, no fue nunca para perderme entre sus matorrales en pos de la caza, no; iba
a sentarme al borde de la fuente, a buscar en sus ondas… no sé qué, ¡una locura! El día en que saltó sobre ella mi Relámpago, creí haber visto brillar
en su fondo una cosa extraña.., muy extraña..: los ojos de una mujer.

Tal vez sería un rayo de sol que serpenteó fugitivo entre su espuma; tal vez sería una de esas flores que flotan entre las algas de su seno y cuyos cálices
parecen esmeraldas…; no sé; yo creí ver una mirada que se clavó en la mía, una mirada que encendió en mi pecho un deseo absurdo, irrealizable: el de
encontrar una persona con unos ojos como aquellos. En su busca fui un día y otro a aquel sitio.

Por último, una tarde… yo me creí juguete de un sueño…; pero no, es verdad; le he hablado ya muchas veces como te hablo a ti ahora…; una tarde encontré
sentada en mi puesto, vestida con unas ropas que llegaban hasta las aguas y flotaban sobre su haz, una mujer hermosa sobre toda ponderación. Sus cabellos
eran como el oro; sus pestañas brillaban como hilos de luz, y entre las pestañas volteaban inquietas unas pupilas que yo había visto…, sí, porque los
ojos de aquella mujer eran los ojos que yo tenía clavados en la mente, unos ojos de un color imposible, unos ojos…

-¡Verdes! -exclamó Iñigo con un acento de profundo terror e incorporándose de un golpe en su asiento.

Fernando lo miró a su vez como asombrado de que concluyese lo que iba a decir, y le preguntó con una mezcla de ansiedad y de alegría:

-¿La conoces?

-¡Oh, no! -dijo el montero-. ¡Líbreme Dios de conocerla! Pero mis padres, al prohibirme llegar hasta estos lugares, me dijeron mil veces que el espíritu,
trasgo, demonio o mujer que habita en sus aguas tiene los ojos de ese color. Yo os conjuro por lo que más améis en la tierra a no volver a la fuente de
los álamos. Un día u otro os alcanzará su venganza y expiaréis, muriendo, el delito de haber encenagado sus ondas.

-¡Por lo que más amo! -murmuró el joven con una triste sonrisa.

-Sí -prosiguió el anciano-; por vuestros padres, por vuestros deudos, por las lágrimas de la que el Cielo destina para vuestra esposa, por las de un servidor,
que os ha visto nacer.

-¿Sabes tú lo que más amo en el mundo? ¿Sabes tú por qué daría yo el amor de mi padre, los besos de la que me dio la vida y todo el cariño que pueden atesorar
todas las mujeres de la tierra? Por una mirada, por una sola mirada de esos ojos… ¡Mira cómo podré dejar yo de buscarlos!

Dijo Fernando estas palabras con tal acento, que la lágrima que temblaba en los párpados de Iñigo se resbaló silenciosa por su mejilla, mientras exclamó
con acento sombrío:

-¡Cúmplase la voluntad del Cielo!

III

-¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu patria? ¿En dónde habitas? Yo vengo un día y otro en tu busca, y ni veo el corcel que te trae a estos lugares ni a los servidores
que conducen tu litera. Rompe de una vez el misterioso velo en que te envuelves como en una noche profunda. Yo te amo, y, noble o villana, seré tuyo, tuyo
siempre.

El sol había traspuesto la cumbre del monte; las sombras bajaban a grandes pasos por su falda; la brisa gemía entre los álamos de la fuente, y la niebla,
elevándose poco a poco de la superficie del lago, comenzaba a envolver las rocas de su margen.

Sobre una de estas rocas, sobre la que parecía próxima a desplomarse en el fondo de las aguas, en cuya superficie se retrataba, temblando, el primogénito
Almenar, de rodillas a los pies de su misteriosa amante, procuraba en vano arrancarle el secreto de su existencia.

Ella era hermosa, hermosa y pálida como una estatua de alabastro. Y uno de sus rizos caía sobre sus hombros, deslizándose entre los pliegues del velo como
un rayo de sol que atraviesa las nubes, y en el cerco de sus pestañas rubias brillaban sus pupilas como dos esmeraldas sujetas en una joya de oro.

Cuando el joven acabó de hablarle, sus labios se removieron como para pronunciar algunas palabras; pero exhalaron un suspiro, un suspiro débil, doliente,
como el de la ligera onda que empuja una brisa al morir entre los juncos.

-¡No me respondes! -exclamó Fernando al ver burlada su esperanza-. ¿Querrás que dé crédito a lo que de ti me han dicho? ¡Oh, no!… Háblame; yo quiero saber
si me amas; yo quiero saber si puedo amarte, si eres una mujer…

-O un demonio… ¿Y si lo fuese?

El joven vaciló un instante; un sudor frío corrió por sus miembros; sus pupilas se dilataron al fijarse con más intensidad en las de aquella mujer, y fascinado
por su brillo fosfórico, demente casi, exclamó en un arrebato de amor:

-Si lo fueses.:., te amaría…, te amaría como te amo ahora, como es mi destino amarte, hasta más allá de esta vida, si hay algo más de ella.

-Fernando -dijo la hermosa entonces con una voz semejante a una música-, yo te amo más aún que tú me amas; yo, que desciendo hasta un mortal siendo un espíritu
puro. No soy una mujer como las que existen en la Tierra; soy una mujer digna de ti, que eres superior a los demás hombres. Yo vivo en el fondo de estas
aguas, incorpórea como ellas, fugaz y transparente: hablo con sus rumores y ondulo con sus pliegues. Yo no castigo al que osa turbar la fuente donde moro;
antes lo premio con mi amor, como a un mortal superior a las supersticiones del vulgo, como a un amante capaz de comprender mi caso extraño y misterioso.

Mientras ella hablaba así, el joven absorto en la contemplación de su fantástica hermosura, atraído como por una fuerza desconocida, se aproximaba más y
más al borde de la roca.

La mujer de los ojos verdes prosiguió así:

-¿Ves, ves el límpido fondo de este lago? ¿Ves esas plantas de largas y verdes hojas que se agitan en su fondo?… Ellas nos darán un lecho de esmeraldas
y corales…, y yo…, yo te daré una felicidad sin nombre, esa felicidad que has soñado en tus horas de delirio y que no puede ofrecerte nadie… Ven;
la niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un pabellón de lino…; las ondas nos llaman con sus voces incomprensibles; el viento empieza entre
los álamos sus himnos de amor; ven…, ven.

La noche comenzaba a extender sus sombras; la luna rielaba en la superficie del lago; la niebla se arremolinaba al soplo del aire, y los ojos verdes brillaban
en la oscuridad como los fuegos fatuos que corren sobre el haz de las aguas infectas… Ven, ven… Estas palabras zumbaban en los oídos de Fernando como
un conjuro. Ven… y la mujer misteriosa lo llamaba al borde del abismo donde estaba suspendida, y parecía ofrecerle un beso…, un beso…

Fernando dio un paso hacía ella…, otro…, y sintió unos brazos delgados y flexibles que se liaban a su cuello, y una sensación fría en sus labios ardorosos,
un beso de nieve…, y vaciló…, y perdió pie, y cayó al agua con un rumor sordo y lúgubre.

Las aguas saltaron en chispas de luz y se cerraron sobre su cuerpo, y sus círculos de plata fueron ensanchándose, ensanchándose hasta expirar en las orillas.

Publicada el: en Febrero 14, 2010 a las 1:14 pm Comentarios (0)

El gato negro

Buenas, lectores: el relato que hoy os propongo, es el primero que yo conocí de Edgar Allan Poe, y me cautivó y aterró al mismo tiempo. Si os atrevéis a leerlo, sabréis por qué. Sin más, que tengáis espantosas pesadillas.
El gato negro
Edgar Allan Poe

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan
su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato
consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han
aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos
espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena,
más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos
naturales.

Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto
de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte
del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad,
se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que
me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente
al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de
procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.

Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que
en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No
quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa.
Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa
del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar
descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No
sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo,
cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero,
se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a
sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo
alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía.
Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi
ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo.
Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento
ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué
en vino los recuerdos de lo sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya.
Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser
para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la
irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu;
y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades
primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que
cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente
al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho,
en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me
incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por
el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón;
lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo,
cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del
Dios más misericordioso y más terrible.

La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: “¡Incendio!” Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la
casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales
se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.

No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos
y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La
que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho.
El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la
pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras “¡extraño!, ¡curioso!” y otras similares excitaron
mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía
una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.

Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda.
Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el
jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma.
Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas
y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.

Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación.
Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo,
al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma
especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de
ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes
la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual
a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que
le cubría casi todo el pecho.

Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de
encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás
lo había visto antes ni sabía nada de él.

Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una
y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir
cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura
del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas
me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir
en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.

Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto.
Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna
vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.

El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector.
Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre
mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque
ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un
espantoso temor al animal.

Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer,
sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado
por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca
de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque
grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por
rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello
odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra…,
¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era
capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición
del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente
aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.

Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los
más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba
y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos
de ciega cólera a que me abandonaba.

Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras
bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los
pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero
la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha
en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.

Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa,
tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar
el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio
o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que
me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.

El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad
de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada
de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero
como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.

No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna,
lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido
que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared
no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: “Aquí,
por lo menos, no he trabajado en vano”.

Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera
surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba
de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo
a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun
con el peso del crimen sobre mi alma.

Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para
siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas
averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad
futura me parecía asegurada.

Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo
era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al
final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que
duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los
policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de
decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.

-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía.
Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida… (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta
de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes… ¿ya se marchan ustedes, caballeros?… tienen una gran solidez.

Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual
se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.

¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba.
Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo
alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno
de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.

Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la
escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y
manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego,
estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo
en la tumba! 

Traducción de Julio Cortázar

Publicada el: en Febrero 13, 2010 a las 7:30 am Comentarios (0)

El horla

Hola, mis lectores: en el relato de hoy vamos a pasarlo una vez más, de miedo, con miedo. Y esta vez, lo más angustioso es que realmente nos enfrentamos a algo desconocido hasta ahora… Que tengáis horribles pesadillas con este cuento. Sin más os dejo con él. Con….
El Horla
Guy de Maupassant

8 de mayo

¡Qué hermoso día! He pasado toda la mañana tendido sobre la hierba, delante de mi casa, bajo el enorme plátano que la cubre, la resguarda y le da sombra.
Adoro esta región, y me gusta vivir aquí porque he echado raíces aquí, esas raíces profundas y delicadas que unen al hombre con la tierra donde nacieron
y murieron sus abuelos, esas raíces que lo unen a lo que se piensa y a lo que se come, a las costumbres como a los alimentos, a los modismos regionales,
a la forma de hablar de sus habitantes, a los perfumes de la tierra, de las aldeas y del aire mismo.

Adoro la casa donde he crecido. Desde mis ventanas veo el Sena que corre detrás del camino, a lo largo de mi jardín, casi dentro de mi casa, el grande y
ancho Sena, cubierto de barcos, en el tramo entre Ruán y El Havre.

A lo lejos y a la izquierda, está Ruán, la vasta ciudad de techos azules, con sus numerosas y agudas torres góticas, delicadas o macizas, dominadas por
la flecha de hierro de su catedral, y pobladas de campanas que tañen en el aire azul de las mañanas hermosas enviándome su suave y lejano murmullo de hierro,
su canto de bronce que me llega con mayor o menor intensidad según que la brisa aumente o disminuya.

¡Qué hermosa mañana!

A eso de las once pasó frente a mi ventana un largo convoy de navíos arrastrados por un remolcador grande como una mosca, que jadeaba de fatiga lanzando
por su chimenea un humo espeso.

Después, pasaron dos goletas inglesas, cuyas rojas banderas flameaban sobre el fondo del cielo, y un soberbio bergantín brasileño, blanco y admirablemente
limpio y reluciente. Saludé su paso sin saber por qué, pues sentí placer al contemplarlo.

11 de mayo

Tengo algo de fiebre desde hace algunos días. Me siento dolorido o más bien triste.

¿De dónde vienen esas misteriosas influencias que trasforman nuestro bienestar en desaliento y nuestra confianza en angustia? Diríase qué el aire, el aire
invisible, está poblado de lo desconocido, de poderes cuya misteriosa proximidad experimentamos. ¿Por qué al despertarme siento una gran alegría y ganas
de cantar, y luego, sorpresivamente, después de dar un corto paseo por la costa, regreso desolado como si me esperase una desgracia en mi casa? ¿Tal vez
una ráfaga fría al rozarme la piel me ha alterado los nervios y ensombrecido el alma? ¿Acaso la forma de las nubes o el color tan variable del día o de
las cosas me ha perturbado el pensamiento al pasar por mis ojos? ¿Quién puede saberlo? Todo lo que nos rodea, lo que vemos sin mirar, lo que rozamos inconscientemente,
lo que tocamos sin palpar y lo que encontramos sin reparar en ello, tiene efectos rápidos, sorprendentes e inexplicables sobre nosotros, sobre nuestros
órganos y, por consiguiente, sobre nuestros pensamientos y nuestro corazón.

¡Cuán profundo es el misterio de lo Invisible! No podemos explorarlo con nuestros mediocres sentidos, con nuestros ojos que no pueden percibir lo muy grande
ni lo muy pequeño, lo muy próximo ni lo muy lejano, los habitantes de una estrella ni los de una gota de agua… con nuestros oídos que nos engañan, trasformando
las vibraciones del aire en ondas sonoras, como si fueran hadas que convierten milagrosamente en sonido ese movimiento, y que mediante esa metamorfosis
hacen surgir la música que trasforma en canto la muda agitación de la naturaleza… con nuestro olfato, más débil que el del perro… con nuestro sentido
del gusto, que apenas puede distinguir la edad de un vino.

¡Cuántas cosas descubriríamos a nuestro alrededor si tuviéramos otros órganos que realizaran para nosotros otros milagros!

16 de mayo

Decididamente, estoy enfermo. ¡Y pensar que estaba tan bien el mes pasado! Tengo fiebre, una fiebre atroz, o, mejor dicho, una nerviosidad febril que afecta
por igual el alma y el cuerpo. Tengo continuamente la angustiosa sensación de un peligro que me amenaza, la aprensión de una desgracia inminente o de la
muerte que se aproxima, el presentimiento suscitado por el comienzo de un mal aún desconocido que germina en la carne y en la sangre.

18 de mayo

Acabo de consultar al médico pues ya no podía dormir. Me ha encontrado el pulso acelerado, los ojos inflamados y los nervios alterados, pero ningún síntoma
alarmante. Debo darme duchas y tomar bromuro de potasio.

25 de mayo

¡No siento ninguna mejoría! Mi estado es realmente extraño. Cuando se aproxima la noche, me invade una inexplicable inquietud, como si la noche ocultase
una terrible amenaza para mí. Ceno rápidamente y luego trato de leer, pero no comprendo las palabras y apenas distingo las letras. Camino entonces de un
extremo a otro de la sala sintiendo la opresión de un temor confuso e irresistible, el temor de dormir y el temor de la cama. A las diez subo a la habitación.
En cuanto entro, doy dos vueltas a la llave y corro los cerrojos; tengo miedo… ¿de qué?… Hasta ahora nunca sentía temor por nada… abro mis armarios,
miro debajo de la cama; escucho… escucho… ¿qué?… ¿Acaso puede sorprender que un malestar, un trastorno de la circulación, y tal vez una ligera congestión,
una pequeña perturbación del funcionamiento tan imperfecto y delicado de nuestra máquina viviente, convierta en un melancólico al más alegre de los hombres
y en un cobarde al más valiente? Luego me acuesto y espero el sueño como si esperase al verdugo. Espero su llegada con espanto; mi corazón late intensamente
y mis piernas se estremecen; todo mi cuerpo tiembla en medio del calor de la cama hasta el momento en que caigo bruscamente en el sueño como si me ahogara
en un abismo de agua estancada. Ya no siento llegar como antes a ese sueño pérfido, oculto cerca de mí, que me acecha, se apodera de mi cabeza, me cierra
los ojos y me aniquila.

Duermo durante dos o tres horas, y luego no es un sueño sino una pesadilla lo que se apodera de mí. Sé perfectamente que estoy acostado y que duermo…
lo comprendo y lo sé… y siento también que alguien se aproxima, me mira, me toca, sube sobre la cama, se arrodilla sobre mi pecho y tomando mi cuello
entre sus manos aprieta y aprieta… con todas sus fuerzas para estrangularme.

Trato de defenderme, impedido por esa impotencia atroz que nos paraliza en los sueños: quiero gritar y no puedo; trato de moverme y no puedo; con angustiosos
esfuerzos y jadeante, trato de liberarme, de rechazar ese ser que me aplasta y me asfixia, ¡pero no puedo!

Y de pronto, me despierto enloquecido y cubierto de sudor. Enciendo una bujía. Estoy solo.

Después de esa crisis, que se repite todas las noches, duermo por fin tranquilamente hasta el amanecer.

2 de junio

Mi estado se ha agravado. ¿Qué es lo que tengo? El bromuro y las duchas no me producen ningún efecto. Para fatigarme más, a pesar de que ya me sentía cansado,
fui a dar un paseo por el bosque de Roumare. En un principio me pareció que el aire suave, ligero y fresco, lleno de aromas de hierbas y hojas, vertía
una sangre nueva en mis venas y nuevas energías en mi corazón. Caminé por una gran avenida de caza y después por una estrecha alameda, entre dos filas
de árboles desmesuradamente altos que formaban un techo verde y espeso, casi negro, entre el cielo y yo.

De pronto sentí un estremecimiento, no de frío sino un extraño temblor angustioso. Apresuré el paso, inquieto por hallarme solo en ese bosque, atemorizado
sin razón por el profundo silencio. De improviso, me pareció que me seguían, que alguien marchaba detrás de mí, muy cerca, muy cerca, casi pisándome los
talones.

Me volví hacia atrás con brusquedad. Estaba solo. Únicamente vi detrás de mí el recto y amplio sendero, vacío, alto, pavorosamente vacío; y del otro lado
se extendía también hasta perderse de vista de modo igualmente solitario y atemorizante.

Cerré los ojos, ¿por qué? Y me puse a girar sobre un pie como un trompo. Estuve a punto de caer; abrí los ojos: los árboles bailaban, la tierra flotaba,
tuve que sentarme. Después ya no supe por dónde había llegado hasta allí. ¡Qué extraño! Ya no recordaba nada. Tomé hacia la derecha, y llegué a la avenida
que me había llevado al centro del bosque.

3 de junio

He pasado una noche horrible. Voy a irme de aquí por algunas semanas. Un viaje breve sin duda me tranquilizará.

2 de julio

Regreso restablecido. El viaje ha sido delicioso. Visité el monte Saint-Michel, que no conocía.

¡Qué hermosa visión se tiene al llegar a Avranches, como llegué yo al caer la tarde! La ciudad se halla sobre una colina. Cuando me llevaron al jardín botánico,
situado en un extremo de la población, no pude evitar un grito de admiración. Una extensa bahía se extendía ante mis ojos hasta el horizonte, entre dos
costas lejanas que se esfumaban en medio de la bruma, y en el centro de esa inmensa bahía, bajo un dorado cielo despejado, se elevaba un monte extraño,
sombrío y puntiagudo en las arenas de la playa. El sol acababa de ocultarse, y en el horizonte aún rojizo se recortaba el perfil de ese fantástico acantilado
que lleva en su cima un fantástico monumento.

Al amanecer me dirigí hacia allí. El mar estaba bajo como la tarde anterior y a medida que me acercaba veía elevarse gradualmente a la sorprendente abadía.
Luego de varias horas de marcha, llegué al enorme bloque de piedra en cuya cima se halla la pequeña población dominada por la gran iglesia. Después de
subir por la calle estrecha y empinada, penetré en la más admirable morada gótica construida por Dios en la tierra, vasta como una ciudad, con numerosos
recintos de techo bajo, como aplastados por bóvedas y galerías superiores sostenidas por frágiles columnas. Entré en esa gigantesca joya de granito, ligera
como un encaje, cubierta de torres, de esbeltos torreones, a los cuales se sube por intrincadas escaleras, que destacan en el cielo azul del día y negro
de la noche sus extrañas cúpulas erizadas de quimeras, diablos, animales fantásticos y flores monstruosas, unidas entre sí por finos arcos labrados.

Cuando llegué a la cumbre, dije al monje que me acompañaba:

—¡Qué bien se debe estar aquí, padre!

—Es un lugar muy ventoso, señor —me respondió. Y nos pusimos a conversar mientras mirábamos subir el mar, que avanzaba sobre la playa y parecía cubrirla
con una coraza de acero.

El monje me refirió historias, todas las viejas historias del lugar, leyendas, muchas leyendas.

Una de ellas me impresionó mucho. Los nacidos en el monte aseguran que de noche se oyen voces en la playa y después se perciben los balidos de dos cabras,
una de voz fuerte y la otra de voz débil. Los incrédulos afirman que son los graznidos de las aves marinas que se asemejan a balidos o a quejas humanas,
pero los pescadores rezagados juran haber encontrado merodeando por las dunas, entre dos mareas y alrededor de la pequeña población tan alejada del mundo,
a un viejo pastor cuya cabeza nunca pudieron ver por llevarla cubierta con su capa, y delante de él marchan un macho cabrío con rostro de hombre y una
cabra con rostro de mujer; ambos tienen largos cabellos blancos y hablan sin cesar: discuten en una lengua desconocida, interrumpiéndose de pronto para
balar con todas sus fuerzas.

—¿Cree usted en eso? —pregunté al monje.

—No sé —me contestó.

Yo proseguí:

—Si existieran en la tierra otros seres diferentes de nosotros, los conoceríamos desde hace mucho tiempo; ¿cómo es posible que no los hayamos visto usted
ni yo?

—¿Acaso vemos —me respondió— la cienmilésima parte de lo que existe? Observe por ejemplo el viento, que es la fuerza más poderosa de la naturaleza; el viento,
que derriba hombres y edificios, que arranca de cuajo los árboles y levanta montañas de agua en el mar, que destruye los acantilados y que arroja contra
ellos a las grandes naves, el viento que mata, silba, gime y ruge, ¿acaso lo ha visto alguna vez? ¿Acaso lo puede ver? Y sin embargo existe.

Ante este sencillo razonamiento opté por callarme. Este hombre podía ser un sabio o tal vez un tonto. No podía afirmarlo con certeza, pero me llamé a silencio.
Con mucha frecuencia había pensado en lo que me dijo.

3 de julio

Dormí mal; evidentemente, hay una influencia febril, pues mi cochero sufre del mismo mal que yo. Ayer, al regresar, observé su extraña palidez. Le pregunté:

—¿Qué tiene, Jean?

—Ya no puedo descansar; mis noches desgastan mis días. Desde la partida del señor parece que padezco una especie de hechizo.

Los demás criados están bien, pero temo que me vuelvan las crisis.

4 de julio

Decididamente, las crisis vuelven a empezar. Vuelvo a tener las mismas pesadillas. Anoche sentí que alguien se inclinaba sobre mí y con su boca sobre la
mía, bebía mi vida. Sí, la bebía con la misma avidez que una sanguijuela. Luego se incorporó saciado, y yo me desperté tan extenuado y aniquilado, que
apenas podía moverme. Si eso se prolonga durante algunos días volveré a ausentarme.

5 de julio

¿He perdido la razón? Lo que pasó, lo que vi anoche, ¡es tan extraño que cuando pienso en ello pierdo la cabeza!

Había cerrado la puerta con llave, como todas las noches, y luego sentí sed; bebí medio vaso de agua y observé distraídamente que la botella estaba llena.

Me acosté en seguida y caí en uno de mis espantosos sueños del cual pude salir cerca de dos horas después con una sacudida más horrible aún. Imagínense
ustedes un hombre que es asesinado mientras duerme, que despierta con un cuchillo clavado en el pecho, jadeante y cubierto de sangre, que no puede respirar
y que muere sin comprender lo que ha sucedido.

Después de recobrar la razón, sentí nuevamente sed; encendí una bujía y me dirigí hacia la mesa donde había dejado la botella. La levanté inclinándola sobre
el vaso, pero no había una gota de agua. Estaba vacía, ¡completamente vacía! Al principio no comprendí nada, pero de pronto sentí una emoción tan atroz
que tuve que sentarme o, mejor dicho, me desplomé sobre una silla. Luego me incorporé de un salto para mirar a mi alrededor. Después volví a sentarme delante
del cristal trasparente, lleno de asombro y terror. Lo observaba con la mirada fija, tratando de imaginarme lo que había pasado. Mis manos temblaban. ¿Quién
se había bebido el agua? Yo, yo sin duda. ¿Quién podía haber sido sino yo? Entonces… yo era sonámbulo, y vivía sin saberlo esa doble vida misteriosa
que nos hace pensar que hay en nosotros dos seres, o que a veces un ser extraño, desconocido e invisible anima, mientras dormimos, nuestro cuerpo cautivo
que le obedece como a nosotros y más que a nosotros.

¡Ah! ¿Quién podrá comprender mi abominable angustia? ¿Quién podrá comprender la emoción de un hombre mentalmente sano, perfectamente despierto y en uso
de razón al contemplar espantado una botella que se ha vaciado mientras dormía? Y así permanecí hasta el amanecer sin atreverme a volver a la cama.

6 de julio

Pierdo la razón. ¡Anoche también bebieron el agua de la botella, o tal vez la bebí yo!

10 de julio

Acabo de hacer sorprendentes comprobaciones. ¡Decididamente estoy loco! Y sin embargo…

El 6 de julio, antes de acostarme puse sobre la mesa vino, leche, agua, pan y fresas. Han bebido —o he bebido— toda el agua y un poco de leche. No han tocado
el vino, ni el pan ni las fresas.

El 7 de julio he repetido la prueba con idénticos resultados.

El 8 de julio suprimí el agua y la leche, y no han tocado nada.

Por último, el 9 de julio puse sobre la mesa solamente el agua y la leche, teniendo especial cuidado de envolver las botellas con lienzos de muselina blanca
y de atar los tapones. Luego me froté con grafito los labios, la barba y las manos y me acosté.

Un sueño irresistible se apoderó de mí, seguido poco después por el atroz despertar. No me había movido; ni siquiera mis sábanas estaban manchadas. Corrí
hacia la mesa. Los lienzos que envolvían las botellas seguían limpios e inmaculados. Desaté los tapones, palpitante de emoción . ¡Se habían bebido toda
el agua y toda la leche! ¡Ah! ¡Dios mío!…

Partiré inmediatamente hacia París.

12 de julio

París. Estos últimos días había perdido la cabeza. Tal vez he sido juguete de mi enervada imaginación, salvo que yo sea realmente sonámbulo o que haya sufrido
una de esas influencias comprobadas, pero hasta ahora inexplicables, que se llaman sugestiones. De todos modos, mi extravío rayaba en la demencia, y han
bastado veinticuatro horas en París para recobrar la cordura. Ayer, después de paseos y visitas, que me han renovado y vivificado el alma, terminé el día
en el Théatre-Francais. Representábase una pieza de Alejandro Dumas hijo. Este autor vivaz y pujante ha terminado de curarme. Es evidente que la soledad
resulta peligrosa para las mentes que piensan demasiado. Necesitamos ver a nuestro alrededor a hombres que piensen y hablen. Cuando permanecemos solos
durante mucho tiempo, poblamos de fantasmas el vacío.

Regresé muy contento al hotel, caminando por el centro. Al codearme con la multitud, pensé, no sin ironía, en mis terrores y suposiciones de la semana pasada,
pues creí, sí, creí que un ser invisible vivía bajo mi techo. Cuán débil es nuestra razón y cuán rápidamente se extravía cuando nos estremece un hecho
incomprensible.

En lugar de concluir con estas simples palabras: “Yo no comprendo porque no puedo explicarme las causas”, nos imaginamos en seguida impresionantes misterios
y poderes sobrenaturales.

14 de julio

Fiesta de la República. He paseado por las calles. Los cohetes y banderas me divirtieron como a un niño. Sin embargo, me parece una tontería ponerse contento
un día determinado por decreto del gobierno. El pueblo es un rebaño de imbéciles, a veces tonto y paciente, y otras, feroz y rebelde. Se le dice: “Diviértete”.
Y se divierte. Se le dice: “Ve a combatir con tu vecino”. Y va a combatir. Se le dice: “Vota por el emperador”. Y vota por el emperador. Después: “Vota
por la República”. Y vota por la República.

Los que lo dirigen son igualmente tontos, pero en lugar de obedecer a hombres se atienen a principios, que por lo mismo que son principios sólo pueden ser
necios, estériles y falsos, es decir, ideas consideradas ciertas e inmutables, tan luego en este mundo donde nada es seguro y donde la luz y el sonido
son ilusorios.

16 de julio

Ayer he visto cosas que me preocuparon mucho. Cené en casa de mi prima, la señora Sablé, casada con el jefe del regimiento 76 de cazadores de Limoges. Conocí
allí a dos señoras jóvenes, casada una de ellas con el doctor Parent que se dedica intensamente al estudio de las enfermedades nerviosas y de los fenómenos
extraordinarios que hoy dan origen a las experiencias sobre hipnotismo y sugestión.

Nos refirió detalladamente los prodigiosos resultados obtenidos por los sabios ingleses y por los médicos de la escuela de Nancy. Los hechos que expuso
me parecieron tan extraños que manifesté mi incredulidad.

—Estamos a punto de descubrir uno de los más importantes secretos de la naturaleza —decía el doctor Parent—, es decir, uno de sus más importantes secretos
aquí en la tierra, puesto que hay evidentemente otros secretos importantes en las estrellas. Desde que el hombre piensa, desde que aprendió a expresar
y a escribir su pensamiento, se siente tocado por un misterio impenetrable para sus sentidos groseros e imperfectos, y trata de suplir la impotencia de
dichos sentidos mediante el esfuerzo de su inteligencia. Cuando la inteligencia permanecía aún en un estado rudimentario, la obsesión de los fenómenos
invisibles adquiría formas comúnmente terroríficas. De ahí las creencias populares en lo sobrenatural. Las leyendas de las almas en pena, las hadas, los
gnomos y los aparecidos; me atrevería a mencionar incluso la leyenda de Dios, pues nuestras concepciones del artífice creador de cualquier religión son
las invenciones más mediocres, estúpidas e inaceptables que pueden salir de la mente atemorizada de los hombres. Nada es más cierto que este pensamiento
de Voltaire: “Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza pero el hombre también ha procedido así con él”.

“Pero desde hace algo más de un siglo, parece percibirse algo nuevo. Mesmer y algunos otros nos señalan un nuevo camino y, efectivamente, sobre todo desde
hace cuatro o cinco años, se han obtenido sorprendentes resultados.”

Mi prima, también muy incrédula, sonreía. El doctor Parent le dijo:

—¿Quiere que la hipnotice, señora?

—Sí; me parece bien.

Ella se sentó en un sillón y él comenzó a mirarla fijamente. De improviso, me dominó la turbación, mi corazón latía con fuerza y sentía una opresión en
la garganta. Veía cerrarse pesadamente los ojos de la señora Sablé, y su boca se crispaba y parecía jadear.

Al cabo de diez minutos dormía.

—Póngase detrás de ella —me dijo el médico.

Obedecí su indicación, y él colocó en las manos de mi prima una tarjeta de visita al tiempo que le decía: “Esto es un espejo; ¿qué ve en él?”

—Veo a mi primo —respondió.

—¿Qué hace?

—Se atusa el bigote.

—¿Y ahora ?

—Saca una fotografía del bolsillo.

—¿Quién aparece en la fotografía?

—Él, mi primo.

¡Era cierto! Esa misma tarde me habían entregado esa fotografía en el hotel.

—¿Cómo aparece en ese retrato?

—Se halla de pie, con el sombrero en la mano. Evidentemente, veía en esa tarjeta de cartulina lo que hubiera visto en un espejo.

Las damas decían espantadas: “¡Basta! ¡Basta, por favor!”

Pero el médico ordenó: “Usted se levantará mañana a las ocho; luego irá a ver a su primo al hotel donde se aloja, y le pedirá que le preste los cinco mil
francos que le pide su esposo y que le reclamará cuando regrese de su próximo viaje”. Luego la despertó.

Mientras regresaba al hotel pensé en esa curiosa sesión y me asaltaron dudas, no sobre la insospechable, la total buena fe de mi prima a quien conocía desde
la infancia como a una hermana, sino sobre la seriedad del médico. ¿No escondería en su mano un espejo que mostraba a la joven dormida, al mismo tiempo
que la tarjeta?

Los prestidigitadores profesionales hacen cosas semejantes.

No bien regresé, me acosté.

Pero a las ocho y media de la mañana me despertó mi sirviente y me dijo:

—La señora Sablé quiere hablar inmediatamente con el señor.

Me vestí de prisa y la hice pasar.

Sentóse muy turbada y me dijo sin levantar la mirada ni quitarse el velo:

—Querido primo, tengo que pedirle un gran favor.

—¿De qué se trata, prima?

—Me cuesta mucho decirlo, pero no tengo más remedio. Necesito urgentemente cinco mil francos.

—Pero cómo, ¿tan luego usted?

—Sí, yo, o mejor dicho mi esposo, que me ha encargado conseguirlos.

Me quedé tan asombrado que apenas podía balbucear mis respuestas. Pensaba que ella y el doctor Parent se estaba burlando de mí, y que eso podía ser una
mera farsa preparada de antemano y representada a la perfección.

Pero todas mis dudas se disiparon cuando la observé con atención. Temblaba de angustia. Evidentemente esta gestión le resultaba muy penosa y advertí que
apenas podía reprimir el llanto.

Sabía que era muy rica y le dije:

—¿Cómo es posible que su esposo no disponga de cinco mil francos? Reflexione. ¿Está segura de que le ha encargado pedírmelos a mí?

Vaciló durante algunos segundos como si le costara mucho recordar, y luego respondió:

—Sí… sí… estoy segura.

—¿Le ha escrito?

Vaciló otra vez y volvió a pensar. Advertí el penoso esfuerzo de su mente. No sabía. Sólo recordaba que debía pedirme ese préstamo para su esposo. Por consiguiente,
se decidió a mentir.

—Sí, me escribió.

—¿Cuándo? Ayer no me dijo nada.

—Recibí su carta esta mañana.

—¿Puede enseñármela?

—No, no… contenía cosas íntimas… demasiado personales… y la he… la he quemado.

—Así que su marido tiene deudas.

Vaciló una vez más y luego murmuró:

—No lo sé.

Bruscamente le dije:

—Pero en este momento, querida prima, no dispongo de cinco mil francos.

Dio una especie de grito de desesperación:

—¡Ay! ¡Por favor! Se lo ruego! Trate de conseguirlos…

Exaltada, unía sus manos como si se tratara de un ruego. Su voz cambió de tono; lloraba murmurando cosas ininteligibles, molesta y dominada por la orden
irresistible que había recibido.

—¡Ay! Le suplico… si supiera cómo sufro… los necesito para hoy. Sentí piedad por ella.

—Los tendrá de cualquier manera. Se lo prometo.

—¡Oh! ¡Gracias, gracias! ¡Qué bondadoso es usted !

—¿Recuerda lo que pasó anoche en su casa? —le pregunté entonces.

—Sí.

—¿Recuerda que el doctor Parent la hipnotizó?

— Sí..

—Pues bien, fue él quien le ordenó venir esta mañana a pedirme cinco mil francos, y en este momento usted obedece a su sugestión.

Reflexionó durante algunos instantes y luego respondió:

—Pero es mi esposo quien me los pide.

Durante una hora traté infructuosamente de convencerla. Cuando se fue, corrí a casa del doctor Parent. Me dijo:

—¿Se ha convencido ahora?

—Sí, no hay más remedio que creer.

—Vamos a ver a su prima.

Cuando llegamos dormitaba en un sofá, rendida por el cansancio. El médico le tomó el pulso, la miró durante algún tiempo con una mano extendida hacia sus
ojos que la joven cerró debido al influjo irresistible del poder magnético.

Cuando se durmió, el doctor Parent le dijo:

—¡Su esposo no necesita los cinco mil francos! Por lo tanto, usted debe olvidar que ha rogado a su primo para que se los preste, y si le habla de eso, usted
no comprenderá.

Luego le despertó. Entonces saqué mi billetera.

—Aquí tiene, querida prima. Lo que me pidió esta mañana .

Se mostró tan sorprendida que no me atreví a insistir. Traté, sin embargo, de refrescar su memoria, pero negó todo enfáticamente, creyendo que me burlaba,
y poco faltó para que se enojase.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Acabo de regresar. La experiencia me ha impresionado tanto que no he podido almorzar.

19 de julio

Muchas personas a quienes he referido esta aventura se han reído de mí. Ya no sé qué pensar. El sabio dijo: “Quizá”.

21 de julio

Cené en Bougival y después estuve en el baile de los remeros. Decididamente, todo depende del lugar y del medio. Creer en lo sobrenatural en la isla de
la Grenouillère sería el colmo del desatino… pero ¿no es así en la cima del monte Saint-Michel, y en la India? Sufrimos la influencia de lo que nos rodea.
Regresaré a casa la semana próxima.

30 de julio

Ayer he regresado a casa. Todo está bien.

2 de agosto

No hay novedades. Hace un tiempo espléndido. Paso los días mirando correr el Sena.

4 de agosto

Hay problemas entre mis criados. Aseguran que alguien rompe los vasos en los armarios por la noche. El sirviente acusa a la cocinera y ésta a la lavandera
quien a su vez acusa a los dos primeros. ¿Quién es el culpable? El tiempo lo dirá.

6 de agosto

Esta vez no estoy loco. Lo he visto… ¡lo he visto! Ya no tengo la menor duda… ¡lo he visto! Aún siento frío hasta en las uñas… el miedo me penetra
hasta la médula… ¡Lo he visto!…

A las dos de la tarde me paseaba a pleno sol por mi rosedal; caminaba por el sendero de rosales de otoño que comienzan a florecer.

Me detuve a observar un hermoso ejemplar de géant des batailles, que tenía tres flores magníficas, y vi entonces con toda claridad cerca de mí que el tallo
de una de las rosas se doblaba como movido por una mano invisible: ¡luego, vi que se quebraba como si la misma mano lo cortase! Luego la flor se elevó,
siguiendo la curva que habría descrito un brazo al llevarla hacia una boca, y permaneció suspendida en el aire trasparente, muy sola e inmóvil, como una
pavorosa mancha a tres pasos de mí.

Azorado, me arrojé sobre ella para tomarla. Pero no pude hacerlo: había desaparecido. Sentí entonces rabia contra mí mismo, pues no es posible que una persona
razonable tenga semejantes alucinaciones .

Pero, ¿tratábase realmente de una alucinación? Volví hacia el rosal para buscar el tallo cortado e inmediatamente lo encontré, recién cortado, entre las
dos rosas que permanecían en la rama. Regresé entonces a casa con la mente alterada; en efecto, ahora estoy convencido, seguro como de la alternancia de
los días y las noches, de que existe cerca de mí un ser invisible, que se alimenta de leche y agua, que puede tocar las cosas, tomarlas y cambiarlas de
lugar; dotado, por consiguiente, de un cuerpo material aunque imperceptible para nuestros sentidos, y que habita en mi casa como yo…

7 de agosto

Dormí tranquilamente. Se ha bebido el agua de la botella pero no perturbó mi sueño.

Me pregunto si estoy loco. Cuando a veces me paseo a pleno sol, a lo largo de la costa, he dudado de mi razón; no son ya dudas inciertas como las que he
tenido hasta ahora, sino dudas precisas, absolutas. He visto locos. He conocido algunos que seguían siendo inteligentes, lúcidos y sagaces en todas las
cosas de la vida menos en un punto. Hablaban de todo con claridad, facilidad y profundidad, pero de pronto su pensamiento chocaba contra el escollo de
la locura y se hacía pedazos, volaba en fragmentos y se hundía en ese océano siniestro y furioso, lleno de olas fragorosas, brumosas y borrascosas que
se llama “demencia”.

Ciertamente, estaría convencido de mi locura, si no tuviera perfecta conciencia de mi estado, al examinarlo con toda lucidez. En suma, yo sólo sería un
alucinado que razona. Se habría producido en mi mente uno de esos trastornos que hoy tratan de estudiar y precisar los fisiólogos modernos, y dicho trastorno
habría provocado en mí una profunda ruptura en lo referente al orden y a la lógica de las ideas. Fenómenos semejantes se producen en el sueño, que nos
muestra las fantasmagorías más inverosímiles sin que ello nos sorprenda, porque mientras duerme el aparato verificador, el sentido del control, la facultad
imaginativa vigila y trabaja. ¿Acaso ha dejado de funcionar en mí una de las imperceptibles teclas del teclado cerebral? Hay hombres que a raíz de accidentes
pierden la memoria de los nombres propios, de las cifras o solamente de las fechas. Hoy se ha comprobado la localización de todas las partes del pensamiento.
No puede sorprender entonces que en este momento se haya disminuido mi facultad de controlar la irrealidad de ciertas alucinaciones.

Pensaba en todo ello mientras caminaba por la orilla del río. El sol iluminaba el agua, sus rayos embellecían la tierra y llenaban mis ojos de amor por
la vida, por las golondrinas cuya agilidad constituye para mí un motivo de alegría, por las hierbas de la orilla cuyo estremecimiento es un placer para
mis oídos.

Sin embargo, paulatinamente me invadía un malestar inexplicable. Me parecía que una fuerza desconocida me detenía, me paralizaba, impidiéndome avanzar,
y que trataba de hacerme volver atrás. Sentí ese doloroso deseo de volver que nos oprime cuando hemos dejado en nuestra casa a un enfermo querido y presentimos
una agravación del mal.

Regresé entonces, a pesar mío, convencido de que encontraría en casa una mala noticia, una carta o un telegrama. Nada de eso había, y me quedé más sorprendido
e inquieto aún que si hubiese tenido una nueva visión fantástica.

8 de agosto

Pasé una noche horrible. Él no ha aparecido más, pero lo siento cerca de mí. Me espía, me mira, se introduce en mí y me domina. Así me resulta más temible,
pues al ocultarse de este modo parece manifestar su presencia invisible y constante mediante fenómenos sobrenaturales.

Sin embargo he podido dormir.

9 de agosto

Nada ha sucedido. pero tengo miedo.

10 de agosto

Nada: ¿qué sucederá mañana?

11 de agosto

Nada, siempre nada; no puedo quedarme aquí con este miedo y estos pensamientos que dominan mi mente; me voy.

12 de agosto, 10 de la noche

Durante todo el día he tratado de partir, pero no he podido. He intentado realizar ese acto tan fácil y sencillo —salir, subir en mi coche para dirigirme
a Ruán— y no he podido. ¿Por qué?

13 de agosto

Cuando nos atacan ciertas enfermedades nuestros mecanismos físicos parecen fallar. Sentimos que nos faltan las energías y que todos nuestros músculos se
relajan; los huesos parecen tan blandos como la carne y la carne tan líquida como el agua. Todo eso repercute en mi espíritu de manera extraña y desoladora.
Carezco de fuerzas y de valor; no puedo dominarme y ni siquiera puedo hacer intervenir mi voluntad. Ya no tengo iniciativa; pero alguien lo hace por mí,
y yo obedezco.

14 de agosto

¡Estoy perdido! ¡Alguien domina mi alma y la dirige! Alguien ordena todos mis actos, mis movimientos y mis pensamientos. Ya no soy nada en mí; no soy más
que un espectador prisionero y aterrorizado por todas las cosas que realizo. Quiero salir y no puedo. Él no quiere y tengo que quedarme, azorado y tembloroso,
en el sillón donde me obliga a sentarme. Sólo deseo levantarme, incorporarme para sentirme todavía dueño de mí. ¡Pero no puedo! Estoy clavado en mi asiento,
y mi sillón se adhiere al suelo de tal modo que no habría fuerza capaz de movernos.

De pronto, siento la irresistible necesidad de ir al huerto a cortar fresas y comerlas. Y voy. Corto fresas y las como. ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¿Será
acaso un Dios? Si lo es, ¡salvadme! ¡Libradme! ¡Socorredme! ¡Perdón! ¡Piedad! ¡Misericordia! ¡Salvadme! ¡Oh, qué sufrimiento! ¡Qué suplicio! ¡Qué horror!

15 de agosto

Evidentemente, así estaba poseída y dominada mi prima cuando fue a pedirme cinco mil francos. Obedecía a un poder extraño que había penetrado en ella como
otra alma, como un alma parásita y dominadora. ¿Es acaso el fin del mundo? Pero, ¿quién es el ser invisible que me domina? ¿Quién es ese desconocido, ese
merodeador de una raza sobrenatural?

Por consiguiente, ¡los invisibles existen! ¿Pero cómo es posible que aún no se hayan manifestado desde el origen del mundo en una forma tan evidente como
se manifiestan en mí? Nunca leí nada que se asemejara a lo que ha sucedido en mi casa. Si pudiera abandonarla, irme, huir y no regresar más, me salvaría,
pero no puedo.

16 de agosto

Hoy pude escaparme durante dos horas, como un preso que encuentra casualmente abierta la puerta de su calabozo. De pronto, sentí que yo estaba libre y que
él se hallaba lejos. Ordené uncir los caballos rápidamente y me dirigí a Ruán. Qué alegría poder decirle a un hombre que obedece: “¡Vamos a Ruán!”

Hice detener la marcha frente a la biblioteca donde solicité en préstamo el gran tratado del doctor Hermann Herestauss sobre los habitantes desconocidos
del mundo antiguo y moderno.

Después, cuando me disponía a subir a mi coche, quise decir: “¡A la estación!” y grité —no dije, grité— con una voz tan fuerte que llamó la atención de
los transeúntes: “A casa”, y caí pesadamente, loco de angustia, en el asiento. Él me había encontrado y volvía a posesionarse de mí.

17 de agosto

¡Ah! ¡Qué noche! ¡Qué noche! Y sin embargo me parece que debería alegrarme. Leí hasta la una de la madrugada. Hermann Herestauss, doctor en filosofía y
en teogonía, ha escrito la historia y las manifestaciones de todos los seres invisibles que merodean alrededor del hombre o han sido soñados por él. Describe
sus orígenes, sus dominios y sus poderes. Pero ninguno de ellos se parece al que me domina. Se diría que el hombre, desde que pudo pensar, presintió y
temió la presencia de un ser nuevo más fuerte que él —su sucesor en el mundo— y que como no pudo prever la naturaleza de este amo, creó, en medio de su
terror, todo ese mundo fantástico de seres ocultos y de fantasmas misteriosos surgidos del miedo. Después de leer hasta la una de la madrugada, me senté
junto a mi ventana abierta para refrescarme la cabeza y el pensamiento con la apacible brisa de la noche.

Era una noche hermosa y tibia, que en otra ocasión me hubiera gustado mucho. No había luna. Las estrellas brillaban en las profundidades del cielo con estremecedores
destellos.

¿Quién vive en aquellos mundos? ¿Qué formas, qué seres vivientes, animales o plantas, existirán allí? Los seres pensantes de esos universos, ¿serán más
sabios y más poderosos que nosotros? ¿Conocerán lo que nosotros ignoramos? Tal vez cualquiera de estos días uno de ellos atravesará el espacio y llegará
a la tierra para conquistarla, así como antiguamente los normandos sometían a los pueblos más débiles.

Somos tan indefensos, inermes, ignorantes y pequeños, sobre este trozo de lodo que gira disuelto en una gota de agua.

Pensando en eso, me adormecí en medio del fresco viento de la noche.

Pero después de dormir unos cuarenta minutos, abrí los ojos sin hacer un movimiento, despertado por no sé qué emoción confusa y extraña. En un principio
no vi nada, pero de pronto me pareció que una de las páginas del libro que había dejado abierto sobre la mesa acababa de darse vuelta sola. No entraba
ninguna corriente de aire por la ventana. Esperé, sorprendido. Al cabo de cuatro minutos, vi, sí, vi con mis propios ojos que una nueva página se levantaba
y caía sobre la otra, como movida por un dedo. Mi sillón estaba vacío, aparentemente estaba vacío, pero comprendí que él estaba leyendo allí, sentado en
mi lugar. ¡Con un furioso salto, un salto de fiera irritada que se rebela contra el domador, atravesé la habitación para atraparlo, estrangularlo y matarlo!
Pero antes de que llegara, el sillón cayó delante de mí como si él hubiera huido… la mesa osciló, la lámpara rodó por el suelo y se apagó, y la ventana
se cerró como si un malhechor sorprendido hubiese escapado por la oscuridad, tomando con ambas manos los batientes.

Había escapado; había sentido miedo, ¡miedo de mí!

Entonces, mañana… pasado mañana o cualquiera de estos… podré tenerlo bajo mis puños y aplastarlo contra el suelo. ¿Acaso a veces los perros no muerden
y degüellan a sus amos?

18 de agosto

He pensado durante todo el día. ¡Oh!, sí, voy a obedecerle, seguiré sus impulsos, cumpliré sus deseos, seré humilde, sumiso y cobarde. Él es más fuerte.
Hasta que llegue el momento…

19 de agosto

¡Ya sé… ya sé todo! Acabo de leer lo que sigue en la Revista del Mundo Científico: “Nos llega una noticia muy curiosa de Río de Janeiro. Una epidemia
de locura, comparable a las demencias contagiosas que asolaron a los pueblos europeos en la Edad Media, se ha producido en el Estado de San Pablo. Los
habitantes despavoridos abandonan sus casas y huyen de los pueblos, dejan sus cultivos, creyéndose poseídos y dominados, como un rebaño humano, por seres
invisibles aunque tangibles, por especies de vampiros que se alimentan de sus vidas mientras los habitantes duermen, y que además beben agua y leche sin
apetecerles aparentemente ningún otro alimento.

“El profesor don Pedro Henríquez, en compañía de varios médicos eminentes, ha partido para el Estado de San Pablo a fin de estudiar sobre el terreno el
origen y las manifestaciones de esta sorprendente locura, y poder aconsejar al Emperador las medidas que juzgue convenientes para apaciguar a los delirantes
pobladores.”

¡Ah! ¡Ahora recuerdo el hermoso bergantín brasileño que pasó frente a mis ventanas remontando el Sena, el 8 de mayo último! Me pareció tan hermoso, blanco
y alegre. Allí estaba él que venía de lejos, ¡del lugar de donde es originaria su raza! ¡Y me vio! Vio también mi blanca vivienda, y saltó del navío a
la costa. ¡Oh, Dios mío!

Ahora ya lo sé y lo presiento: el reinado del hombre ha terminado.

Ha venido aquel que inspiró los primeros terrores de los pueblos primitivos. Aquel que exorcizaban los sacerdotes inquietos y que invocaban los brujos en
las noches oscuras, aunque sin verlo todavía. Aquel a quien los presentimientos de los transitorios dueños del mundo adjudicaban formas monstruosas o graciosas
de gnomos, espíritus, genios, hadas y duendes. Después de las groseras concepciones del espanto primitivo, hombres más perspicaces han presentido con mayor
claridad. Mesmer lo sospechaba, y hace ya diez años que los médicos han descubierto la naturaleza de su poder de manera precisa, antes de que él mismo
pudiera ejercerlo. Han jugado con el arma del nuevo Señor, con una facultad misteriosa sobre el alma humana. La han denominado magnetismo, hipnotismo,
sugestión… ¡qué sé yo! ¡Los he visto divertirse como niños imprudentes con este terrible poder! ¡Desgraciados de nosotros! ¡Desgraciado del hombre! Ha
llegado el… el… ¿cómo se llama?… el… parece que me gritara su nombre y no lo oyese… el… sí… grita… Escucho… ¿cómo?… repite… el…
Horla… He oído… el Horla… es él… ¡el Horla… ha llegado!…

¡Ah! El buitre se ha comido la paloma, el lobo ha devorado el cordero; el león ha devorado el búfalo de agudos cuernos: el hombre ha dado muerte al león
con la flecha, el puñal y la pólvora, pero el Horla hará con el hombre lo que nosotros hemos hecho con el caballo y el buey: lo convertirá en su cosa,
su servidor y su alimento, por el solo poder de su voluntad. ¡Desgraciados de nosotros!

No obstante, a veces el animal se rebela y mata a quien lo domestica… yo también quiero… yo podría hacer lo mismo… pero primero hay que conocerlo,
tocarlo y verlo. Los sabios afirman que los ojos de los animales no distinguen las mismas cosas que los nuestros… Y mis ojos no pueden distinguir al
recién llegado que me oprime. ¿Por qué? ¡Oh! Recuerdo ahora las palabras del monje del monte Saint-Michel: “¿Acaso vemos la cienmilésima parte de lo que
existe? Observe, por ejemplo, el viento que es la fuerza más poderosa de la naturaleza, el viento que derriba hombres y edificios, que arranca de cuajo
los árboles, y levanta montañas de agua en el mar, que destruye los acantilados y arroja contra ellos a las grandes naves; el viento, que silba, gime y
ruge. ¿Acaso lo ha visto usted alguna vez? ¿Acaso puede verlo? ¡Y sin embargo existe!”

Y yo seguía pensando: mis ojos son tan débiles e imperfectos que ni siquiera distinguen los cuerpos sólidos cuando son trasparentes como el vidrio. . .
Si un espejo sin azogue obstruye mi camino chocaré contra él como el pájaro que penetra en una habitación y se rompe la cabeza contra los vidrios. Por
lo demás, mil cosas nos engañan y desorientan. No puede extrañar entonces que el hombre no sepa percibir un cuerpo nuevo que atraviesa la luz.

¡Un ser nuevo! ¿Por qué no? ¡No podía dejar de venir! ¿ Por qué nosotros íbamos a ser los últimos? Nosotros no los distinguimos pero tampoco nos distinguían
los seres creados antes que nosotros. Ello se explica porque su naturaleza es más perfecta, más elaborada y mejor terminada que la nuestra, tan endeble
y torpemente concebida, trabada por órganos siempre fatigados, siempre forzados como mecanismos demasiado complejos, que vive como una planta o como un
animal, nutriéndose penosamente de aire, hierba y carne, máquina animal acosada por las enfermedades, las deformaciones y las putrefacciones; que respira
con dificultad, imperfecta, primitiva y extraña, ingeniosamente mal hecha, obra grosera y delicada, bosquejo del ser que podría convertirse en inteligente
y poderoso.

Existen muchas especies en este mundo, desde la ostra al hombre. ¿Por qué no podría aparecer una más, después de cumplirse el período que separa las sucesivas
apariciones de las diversas especies?

¿Por qué no puede aparecer una más? ¿Por qué no pueden surgir también nuevas especies de árboles de flores gigantescas y resplandecientes que perfumen regiones
enteras? ¿Por qué no pueden aparecer otros elementos que no sean el fuego, el aire, la tierra y el agua? ¡Sólo son cuatro, nada más que cuatro, esos padres
que alimentan a los seres! ¡Qué lástima! ¿Por qué no serán cuarenta, cuatrocientos o cuatro mil? ¡Todo es pobre, mezquino, miserable! ¡Todo se ha dado
con avaricia, se ha inventado secamente y se ha hecho con torpeza! ¡Ah! ¡Cuánta gracia hay en el elefante y el hipopótamo! ¡Qué elegante es el camello!

Se podrá decir que la mariposa es una flor que vuela. Yo sueño con una que sería tan grande como cien universos, con alas cuya forma, belleza, color y movimiento
ni siquiera puedo describir. Pero lo veo… va de estrella a estrella, refrescándolas y perfumándolas con el soplo armonioso y ligero de su vuelo… Y
los pueblos que allí habitan la miran pasar, extasiados y maravillados…

¿Qué es lo que tengo? Es el Horla que me hechiza, que me hace pensar esas locuras. Está en mí, se convierte en mi alma. ¡Lo mataré!

19 de agosto

Lo mataré. ¡Lo he visto! Anoche yo estaba sentado a la mesa y simulé escribir con gran atención. Sabía perfectamente que vendría a rondar a mi alrededor,
muy cerca, tan cerca que tal vez podría tocarlo y asirlo. ¡Y entonces!… Entonces tendría la fuerza de los desesperados; dispondría de mis manos, mis
rodillas, mi pecho, mi frente y mis dientes para estrangularlo, aplastarlo, morderlo y despedazarlo.

Yo acechaba con todos mis sentidos sobreexcitados.

Había encendido las dos lámparas y las ocho bujías de la chimenea, como si fuese posible distinguirlo con esa luz.

Frente a mí está mi cama, una vieja cama de roble, a la derecha la chimenea; a la izquierda la puerta cerrada cuidadosamente, después de dejarla abierta
durante largo rato a fin de atraerlo; detrás de mí un gran armario con espejos que todos los días me servía para afeitarme y vestirme y donde acostumbraba
mirarme de pies a cabeza cuando pasaba frente a él.

Como dije antes, simulaba escribir para engañarlo, pues él también me espiaba. De pronto, sentí, sentí, tuve la certeza de que leía por encima de mi hombro,
de que estaba allí rozándome la oreja. Me levanté con las manos extendidas, girando con tal rapidez que estuve a punto de caer. Pues bien… se veía como
si fuera pleno día, ¡y sin embargo no me vi en el espejo!… ¡Estaba vacío, claro, profundo y resplandeciente de luz! ¡Mi imagen no aparecía y yo estaba
frente a él! Veía aquel vidrio totalmente límpido de arriba abajo. Y lo miraba con ojos extraviados; no me atrevía a avanzar, y ya no tuve valor para hacer
un movimiento más. Sentía que él estaba allí, pero que se me escaparía otra vez, con su cuerpo imperceptible que me impedía reflejarme en el espejo. ¡Cuánto
miedo sentí! De pronto, mi imagen volvió a reflejarse pero como si estuviese envuelta en la bruma, como si la observase a través de una capa de agua. Me
parecía que esa agua se deslizaba lentamente de izquierda a derecha y que paulatinamente mi imagen adquiría mayor nitidez. Era como el final de un eclipse.
Lo que la ocultaba no parecía tener contornos precisos; era una especie de trasparencia opaca, que poco a poco se aclaraba.

Por último, pude distinguirme completamente como todos los días.

¡Lo había visto! Conservo el espanto que aún me hace estremecer.

20 de agosto

¿Cómo podré matarlo si está fuera de mi alcance?

¿Envenenándolo? Pero él me verá mezclar el veneno en el agua y tal vez nuestros venenos no tienen ningún efecto sobre un cuerpo imperceptible. No… no…
decididamente no. Pero entonces… ¿qué haré entonces?

21 de agosto

He llamado a un cerrajero de Ruán y le he encargado persianas metálicas como las que tienen algunas residencias particulares de París, en la planta baja,
para evitar los robos. Me haré además una puerta similar. Me debe haber tomado por un cobarde, pero no importa…

10 de septiembre

Ruán, Hotel Continental. Ha sucedido… ha sucedido… pero, ¿habrá muerto? Lo que vi me ha trastornado.

Ayer, después que el cerrajero colocó la persiana y la puerta de hierro, dejé todo abierto hasta medianoche a pesar de que comenzaba a hacer frío. De improviso,
sentí que estaba aquí y me invadió la alegría, una enorme alegría. Me levanté lentamente y caminé en cualquier dirección durante algún tiempo para que
no sospechase nada. Luego me quité los botines y me puse distraídamente unas pantuflas. Cerré después la persiana metálica y regresé con paso tranquilo
hasta la puerta, cerrándola también con dos vueltas de llave. Regresé entonces hacia la ventana, la cerré con un candado y guardé la llave en el bolsillo.

De pronto, comprendí que se agitaba a mi alrededor, que él también sentía miedo, y que me ordenaba que le abriera. Estuve a punto de ceder, pero no lo hice.
Me acerqué a la puerta y la entreabrí lo suficiente como para poder pasar retrocediendo, y como soy muy alto mi cabeza llegaba hasta el dintel. Estaba
seguro de que no había podido escapar y allí lo acorralé solo, completamente solo. ¡Qué alegría! ¡Había caído en mi poder! Entonces descendí corriendo
a la planta baja; tomé las dos lámparas que se hallaban en la sala situada debajo de mi habitación, y, con el aceite que contenían rocié la alfombra, los
muebles, todo. Luego les prendí fuego, y me puse a salvo después de cerrar bien, con dos vueltas de llave, la puerta de entrada.

Me escondí en el fondo de mi jardín tras un macizo de laureles. ¡Qué larga me pareció la espera! Reinaba la más completa oscuridad, gran quietud y silencio;
no soplaba la menor brisa, no había una sola estrella, nada más que montañas de nubes que aunque no se veían hacían sentir su gran peso sobre mi alma.

Miraba mi casa y esperaba. ¡Qué larga era la espera! Creía que el fuego ya se había extinguido por sí solo o que él lo había extinguido. Hasta que vi que
una de las ventanas se hacía astillas debido a la presión del incendio, y una gran llamarada roja y amarilla, larga, flexible y acariciante, ascender por
la pared blanca hasta rebasar el techo. Una luz se reflejó en los árboles, en las ramas y en las hojas, y también un estremecimiento, ¡un estremecimiento
de pánico! Los pájaros se despertaban; un perro comenzó a ladrar; parecía que iba a amanecer. De inmediato, estallaron otras ventanas, y pude ver que toda
la planta baja de mi casa ya no era más que un espantoso brasero. Pero se oyó un grito en medio de la noche, un grito de mujer horrible, sobreagudo y desgarrador,
al tiempo que se abrían las ventanas de dos buhardillas. ¡Me había olvidado de los criados! ¡Vi sus rostros enloquecidos y sus brazos que se agitaban!…

Despavorido, eché a correr hacia el pueblo gritando: “¡Socorro! ¡Socorro! ¡Fuego! ¡Fuego!” Encontré gente que ya acudía al lugar y regresé con ellos para
ver.

La casa ya sólo era una hoguera horrible y magnífica, una gigantesca hoguera que iluminaba la tierra, una hoguera donde ardían los hombres, y él también.
Él, mi prisionero, el nuevo Ser, el nuevo amo, ¡el Horla!

De pronto el techo entero se derrumbó entre las paredes y un volcán de llamas ascendió hasta el cielo. Veía esa masa de fuego por todas las ventanas abiertas
hacia ese enorme horno, y pensaba que él estaría allí, muerto en ese horno…

¿Muerto? ¿Será posible? ¿Acaso su cuerpo, que la luz atravesaba, podía destruirse por los mismos medios que destruyen nuestros cuerpos?

¿Y si no hubiera muerto? Tal vez sólo el tiempo puede dominar al Ser Invisible y Temido. ¿Para qué ese cuerpo trasparente, ese cuerpo invisible, ese cuerpo
de Espíritu, si también está expuesto a los males, las heridas, las enfermedades y la destrucción prematura?

¿La destrucción prematura? ¡Todo el temor de la humanidad procede de ella! Después del hombre, el Horla. Después de aquel que puede morir todos los días,
a cualquier hora, en cualquier minuto, en cualquier accidente, ha llegado aquel que morirá solamente un día determinado en una hora y en un minuto determinado,
al llegar al límite de su vida.

No… no… no hay duda, no hay duda… no ha muerto. . . Entonces, tendré que suicidarme…

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El color que cayó del cielo

Lectores: hoy no tengo palabras para describir la sensación que en mí provocó este relato de Lovecraft. Prefiero no condicionaros y que seáis vosotros mismos los que os sumerjáis en su tenebroso argumento. Pasadlo de miedo, con miedo.
El color que cayó del cielo
H.P. Lovecraft

Al Oeste de Arkham las colinas se yerguen selváticas, y hay valles con profundos bosques en los cuales no ha resonado nunca el ruido de un hacha. Hay angostas
y oscuras cañadas donde los árboles se inclinan fantásticamente, y donde discurren estrechos arroyuelos que nunca han captado el reflejo de la luz del
sol. En las laderas menos agrestes hay casas de labor, antiguas y rocosas, con edificaciones cubiertas de musgo, rumiando eternamente en los misterios
de la Nueva Inglaterra; pero todas ellas están ahora vacías, con las amplias chimeneas desmoronándose y las paredes pandeándose debajo de los techos a
la holandesa.

Sus antiguos moradores se marcharon, y a los extranjeros no les gusta vivir allí. Los francocanadienses lo han intentado, los italianos lo han intentado,
y los polacos llegaron y se marcharon. Y ello no es debido a nada que pueda ser oído, o visto, o tocado, sino a causa de algo puramente imaginario. El
lugar no es bueno para la imaginación, y no aporta sueños tranquilizadores por la noche. Esto debe ser lo que mantiene a los extranjeros lejos del lugar,
ya que el viejo Ammi Pierce no les ha contado nunca lo que él recuerda de los extraños días. Ammi, cuya cabeza ha estado un poco desequilibrada durante
años, es el único que sigue allí, y el único que habla de los extraños días; y se atreve a hacerlo, porque su casa está muy próxima al campo abierto y
a los caminos que rodean a Arkham.

En otra época había un camino sobre las colinas y a través de los valles, que corría en mi recta donde ahora hay un marchito erial
1
; pero la gente dejó de utilizarlo y se abrió un nuevo camino que daba un rodeo hacia el sur. Entre la selvatiquez del erial pueden encontrarse aún huellas
del antiguo camino, a pesar de que la maleza lo ha invadido todo. Luego, los oscuros bosques se aclaran y el erial muere a orillas de unas aguas azules
cuya superficie refleja el cielo y reluce al sol. Y los secretos de los extraños días se funden con los secretos de las profundidades; se funden con la
oculta erudición del viejo océano, y con todo el misterio de la primitiva tierra.

Cuando llegué a las colinas y valles para acotar los terrenos destinados a la nueva alberca, me dijeron que el lugar estaba embrujado. Esto me dijeron en
Arkham, y como se trata de un pueblo muy antiguo lleno de leyendas de brujas, pensé que lo de embrujado debía ser algo que las abuelas habían susurrado
a los chiquillos a través de los siglos. El nombre de “marchito erial” me pareció muy raro y teatral, y me pregunté cómo habría llegado a formar parte
de las tradiciones de un pueblo puritano. Luego vi con mis propios ojos aquellas cañadas y laderas, y ya no me extrañó que estuvieran rodeadas de una leyenda
de misterio. Las vi por la mañana, pero a pesar de ello estaban sumidas en la sombra. Los árboles crecían demasiado juntos, y sus troncos eran demasiado
grandes tratándose de árboles de Nueva Inglaterra. En las oscuras avenidas del bosque había demasiado silencio, y el suelo estaba demasiado blando con
el húmedo musgo y los restos de infinitos años de descomposición.

En los espacios abiertos, principalmente a lo largo de la línea del antiguo camino, había pequeñas casas de labor; a veces, con todas sus edificaciones
en pie, y a veces con sólo un par de ellas, y a veces con una solitaria chimenea o una derruida bodega. La maleza reinaba por todas partes, y seres furtivos
susurraban en el subsuelo. Sobre todas las cosas pesaba una rara opresión; un toque grotesco de irrealidad, como si fallara algún elemento vital de perspectiva
o de claroscuro. No me estuvo raro que los extranjeros no quisieran permanecer allí, ya que aquélla no era una región que invitara a dormir en ella. Su
aspecto recordaba demasiado el de una región extraída de un cuento de terror.

Pero nada de lo que había visto podía compararse, en lo que a desolación respecta, con el marchito erial. Se encontraba en el fondo de un espacioso valle;
ningún otro nombre hubiera podido aplicársele con más propiedad, ni ninguna otra cosa se adaptaba tan perfectamente a un nombre. Era como si un poeta hubiese
acuñado la frase después de haber visto aquella región. Mientras la contemplaba, pensé que era la consecuencia de un incendio; pero, ¿por qué no había
crecido nunca nada sobre aquellos cinco acres de gris desolación, que se extendía bajo el cielo como una gran mancha corroída por el ácido entre bosques
y campos? Discurre en gran parte hacia el norte de la línea del antiguo camino, pero invade un poco el otro lado. Mientras me acercaba experimenté una
extraña sensación de repugnancia, y sólo me decidí a hacerlo porque mi tarea me obligaba a ello. En aquella amplia extensión no había vegetación de ninguna
clase; no había más que una capa de fino polvo o ceniza gris, que ningún viento parecía ser capaz de arrastrar. Los árboles más cercanos tenían un aspecto
raquítico y enfermizo, y muchos de ellos aparecían agostados o con los troncos podridos. Mientras andaba apresuradamente vi a mi derecha los derruidos
restos de una casa de labor, y la negra boca de un pozo abandonado cuyos estancados vapores adquirían un extraño matiz al ser bañados por la luz del sol.
El desolado espectáculo hizo que no me maravillara ya de los asustados susurros de los moradores de Arkham. En los alrededores no había edificaciones ni
ruinas de ninguna clase; incluso en los antiguos tiempos, el lugar dejó de ser solitario y apartado. Y a la hora del crepúsculo, temeroso de pasar de nuevo
por aquel ominoso lugar, tomé el camino del sur, a pesar de que significaba dar un gran rodeo.

Por la noche interrogué a algunos habitantes de Arkham acerca del marchito erial, y pregunté qué significado tenía la frase “los extraños días” que había
oído murmurar evasivamente. Sin embargo, no pude obtener ninguna respuesta concreta, y lo único que saqué en claro era que el misterio se remontaba a una
fecha mucho más reciente de lo que había imaginado. No se trataba de una vieja leyenda, ni mucho menos, sino de algo que había ocurrido en vida de los
que hablaban conmigo. Había sucedido en los años ochenta, y una familia desapareció o fue asesinada. Los detalles eran algo confusos; y como todos aquellos
con quienes hablé me dijeron que no prestara crédito a las fantásticas historias del viejo Ammi Pierce, decidí ir a visitarlo a la mañana siguiente, después
de enterarme de que vivía solo en una ruinosa casa que se alzaba en el lugar donde los árboles empiezan a espesarse. Era un lugar muy viejo, y había empezado
a exudar el leve olor miásmico que se desprende de las casas que han permanecido en pie demasiado tiempo. Tuve que llamar insistentemente para que el anciano
se levantara, y cuando se asomó tímidamente a la puerta me di cuenta de que no se alegraba de verme. No estaba tan débil como yo había esperado; sin embargo,
sus ojos parecían desprovistos de vida, y sus andrajosas ropas y su barba blanca le daban un aspecto gastado y decaído.

No sabiendo cómo enfocar la conversación para que me hablara de sus “fantásticas historias”, fingí que me había llevado hasta allí la tarea a que estaba
entregado; le hablé de ella al viejo Ammi, formulándole algunas vagas preguntas acerca del distrito. Ammi Pierce era un hombre más culto y más educado
de lo que me habían dado a entender, y se mostró más comprensivo que cualquiera de los hombres con los cuales había hablado en Arkham. No era como otros
rústicos que había conocido en las zonas donde iban a construirse las albercas. Ni protestó por las millas de antiguo bosque y de tierras de labor que
iban a desaparecer bajo las aguas, aunque quizá su actitud hubiera sido distinta de no haber tenido su hogar fuera de los límites del futuro lago. Lo único
que mostró fue alivio; alivio ante la idea de que los valles por los cuales había vagabundeado toda su vida iban a desaparecer. Estarían mejor debajo del
agua…, mejor debajo del agua desde los extraños días. Y, al decir esto, su ronca voz se hizo más apagada, mientras su cuerpo se inclinaba hacia delante
y el dedo índice de su mano derecha empezaba a señalar de un modo tembloroso e impresionante.

Fue entonces cuando oí la historia, y mientras la ronca voz avanzaba en su relato, en una especie de misterioso susurro, me estremecí una y otra vez a pesar
de que estábamos en pleno verano. Tuve que interrumpir al narrador con frecuencia, para poner en claro puntos científicos que él sólo conocía a través
de lo que había dicho un profesor, cuyas palabras repetía como un papagayo, aunque su memoria había empezado ya a flaquear; o para tender un puente entre
dato y dato, cuando fallaba su sentido de la lógica y de la continuidad. Cuando hubo terminado, no me extrañó que su mente estuviera algo desequilibrada,
ni que a la gente de Arkham no le gustara hablar del marchito erial. Me apresuré a regresar a mi hotel antes de la puesta del sol, ya que no quería tener
las estrellas sobre mi cabeza encontrándome al aire libre. Al día siguiente regresé a Boston para dar mi informe. No podía ir de nuevo a aquel oscuro caos
de antiguos bosques y laderas, ni enfrentarme otra vez con aquel gris erial donde el negro pozo abría sus fauces al lado de los derruidos restos de una
casa de labor. La alberca iba a ser construida inmediatamente, y todos aquellos antiguos secretos quedarían enterrados para siempre bajo las profundas
aguas. Pero creo que ni cuando esto sea una realidad, me gustará visitar aquella región por la noche…, al menos, no cuando brillan en el cielo las siniestras
estrellas.

Todo empezó, dijo el viejo Ammi, con el meteorito. Antes no se habían oído leyendas de ninguna clase, e incluso en la remota época de las brujas aquellos
bosques occidentales no fueron ni la mitad de temidos que la pequeña isla del Miskatonic, donde el diablo concedía audiencias al lado de un extraño altar
de piedra, más antiguo que los indios. Aquéllos no eran bosques hechizados, y su fantástica oscuridad no fue nunca terrible hasta los extraños días. Luego
había llegado aquella blanca nube meridional, se había producido aquella cadena de explosiones en el aire y aquella columna de humo en el valle. Y, por
la noche, todo Arkham se había enterado de que una gran piedra había caído del cielo y se había incrustado en la tierra, junto al pozo de la casa de Nahum
Gardner. La casa que se había alzado en el lugar que ahora ocupaba el marchito erial.

Nahum había ido al pueblo para contar lo de la piedra, y al pasar ante la casa de Ammi Pierce se lo había contado también. En aquella época Ammi tenía cuarenta
años, y todos los extraños acontecimientos estaban profundamente grabados en su cerebro. Ammi y su esposa habían acompañado a los tres profesores de la
Universidad de Miskatonic que se presentaron a la mañana siguiente para ver al fantástico visitante que procedía del desconocido espacio estelar, y habían
preguntado cómo era que Nahum había dicho, el día antes, que era muy grande. Nahum, señalando la pardusca mole que estaba junto a su pozo, dijo que se
había encogido. Pero los sabios replicaron que las piedras no se encogen. Su calor irradiaba persistentemente, y Nahum declaró que había brillado débilmente
toda la noche. Los profesores golpearon la piedra con un martillo de geólogo y descubrieron que era sorprendentemente blanda. En realidad, era tan blanda
como si fuera artificial, y arrancaron, más bien que escoplearon, una muestra para llevársela a la Universidad a fin de comprobar su naturaleza. Tuvieron
que meterla en un cubo que le pidieron prestado a Nahum, ya que el pequeño fragmento no perdía calor. En su viaje de regreso se detuvieron a descansar
en la casa de Ammi, y parecieron quedarse pensativos cuando la señora Pierce observó que el fragmento estaba haciéndose más pequeño y había empezado a
quemar el fondo del cubo. Realmente no era muy grande, pero quizás habían cogido un trozo menor de lo que habían supuesto.

Al día siguiente -todo esto ocurría en el mes de junio de 1882-, los profesores se presentaron de nuevo, muy excitados. Al pasar por la casa de Ammi le
contaron lo que había sucedido con la muestra, diciendo que había desaparecido por completo cuando la introdujeron en un recipiente de cristal. El recipiente
también había desaparecido, y los profesores hablaron de la extraña afinidad de la piedra con el silicón. Había reaccionado de un modo increíble en aquel
laboratorio perfectamente ordenado; sin sufrir ninguna modificación ni expeler ningún gas al ser calentada al carbón, mostrándose completamente negativa
al ser tratada con bórax y revelándose absolutamente no volátil a cualquier temperatura, incluyendo la del soplete de oxihidrógeno. En el yunque apareció
como muy maleable, y en la oscuridad su luminosidad era muy notable. Negándose obstinadamente a enfriarse, provocó una gran excitación entre los profesores;
y cuando al ser calentada ante el espectroscopio mostró unas brillantes bandas distintas a las de cualquier color conocido del espectro normal, se habló
de nuevos elementos, de raras propiedades ópticas, y de todas aquellas cosas que los intrigados hombres de ciencia suelen decir cuando se enfrentan con
lo desconocido.

Caliente como estaba, fue comprobada en un crisol con todos los reactivos adecuados. El agua no hizo nada. Ni el ácido clorhídrico. El ácido nítrico e incluso
el agua regia se limitaron a resbalar sobre su tórrida invulnerabilidad. Ammi se encontró con algunas dificultades para recordar todas aquellas cosas,
pero reconoció algunos disolventes a medida que se los mencionaba en el habitual orden de utilización: amoniaco y sosa cáustica, alcohol y éter, bisulfito
de carbono y una docena más; pero, a pesar de que el peso iba disminuyendo con el paso del tiempo, y de que el fragmento parecía enfriarse ligeramente,
los disolventes no experimentaron ningún cambio que demostrara que habían atacado a la sustancia. Desde luego, se trataba de un metal. Era magnético, en
grado extremo; y después de su inmersión en los disolventes ácidos parecían existir leves huellas de la presencia de hierro meteórico, de acuerdo con los
datos de Widmanstalten. Cuando el enfriamiento era ya considerable colocaron el fragmento en un recipiente de cristal para continuar las pruebas Y a la
mañana siguiente, fragmento y recipiente habían desaparecido sin dejar rastro, y únicamente una chamuscada señal en el estante de madera donde los habían
dejado probaba que había estado realmente allí.

Esto fue lo que los profesores le contaron a Ammi mientras descansaban en su casa, y una vez más fue con ellos a ver el pétreo mensajero de las estrellas,
aunque en esta ocasión su esposa no lo acompañó. Comprobaron que la piedra se había encogido realmente, y ni siquiera los más escépticos de los profesores
pudieron dudar de lo que estaban viendo. Alrededor de la masa pardusca situada junto al pozo había un espacio vacío, un espacio que eran dos pies menos
que el día anterior. Estaba aún caliente, y los sabios estudiaron su superficie con curiosidad mientras separaban otro fragmento mucho mayor que el que
se habían llevado. Esta vez ahondaron más en la masa de piedra, y de este modo pudieron darse cuenta de que el núcleo central no era completamente homogéneo.

Habían dejado al descubierto lo que parecía ser la cara exterior de un glóbulo empotrado en la sustancia. El color, parecido al de las bandas del extraño
espectro del meteoro, era casi imposible de describir; y sólo por analogía se atrevieron a llamarlo color. Su contextura era lustrosa, y parecía quebradiza
y hueca. Uno de los profesores golpeó ligeramente el glóbulo con un martillo, y estalló con un leve chasquido. De su interior no salió nada, y el glóbulo
se desvaneció como por arte de magia, dejando un espacio esférico de unas tres pulgadas de diámetro, Los profesores pensaron que era probable que encontraran
otros glóbulos a medida que la sustancia envolvente se fuera fundiendo.

La conjetura era equivocada, ya que los investigadores no consiguieron encontrar otro glóbulo, a pesar de que taladraron la masa por diversos lugares. En
consecuencia, decidieron llevarse la nueva muestra que habían recogido… y cuya conducta en el laboratorio fue tan desconcertante como la de su predecesora.
Aparte de ser casi plástica, de tener calor, magnetismo y ligera luminosidad, de enfriarse levemente en poderosos ácidos, de perder peso y volumen en el
aire y de atacar a los compuestos de silicón con el resultado de una mutua destrucción. La piedra no presentaba características de identificación; y al
fin de las pruebas, los científicos de la Universidad se vieron obligados a reconocer que no podían clasificarla. No era nada de este planeta, sino un
trozo del espacio exterior; y, como tal, estaba dotado de propiedades exteriores y desconocidas y obedecía a leyes exteriores y desconocidas.

Aquella noche hubo una tormenta, y cuando los profesores acudieron a casa de Nahum al día siguiente, se encontraron con una desagradable sorpresa. La piedra,
magnética como era, debió poseer alguna peculiar propiedad eléctrica ya que había “atraído al rayo”, como dijo Nahum, con una singular persistencia. En
el espacio de una hora el granjero vio cómo el rayo hería seis veces la masa que se encontraba junto al pozo, y al cesar la tormenta descubrió que la piedra
había desaparecido. Los científicos, profundamente decepcionados, tras comprobar el hecho de la total desaparición, decidieron que lo único que podían
hacer era regresar al laboratorio y continuar analizando el fragmento que se habían llevado el día anterior y que como medida de precaución hablan encerrado
en una caja de plomo. El fragmento duró una semana transcurrida la cual no se había llegado a ningún resultado positivo. La piedra desapareció, sin dejar
ningún residuo, y con el tiempo los profesores apenas creían que habían visto realmente aquel misterioso vestigio de los insondables abismos exteriores;
aquel único, fantástico mensaje de otros universos y otros reinos de materia, energía y entidad.

Como era lógico, los periódicos de Arkham hablaron mucho del incidente y enviaron a sus reporteros a entrevistar a Nahum y a su familia. Un rotativo de
Boston envío también un periodista, y Nahum se convirtió rápidamente en una especie de celebridad local. Era un hombre delgado, de unos cincuenta años,
que vivía con su esposa y sus tres hijos del producto de lo que cultivaba en el valle. Él y Ammi se hacían frecuentes visitas, lo mismo que sus esposas;
y Ammi sólo tenía frases de elogio para él después de todos aquellos años. Parecía estar orgulloso de la atención que había despertado el lugar, y en las
semanas que siguieron a su aparición y desaparición habló con frecuencia del meteorito. Los meses de julio y agosto fueron cálidos; y Nahum trabajó de
firme en sus campos, y las faenas agrícolas lo cansaron más de lo que lo habían cansado otros años, por lo que llegó a la conclusión de que los años habían
empezado a pesarle.

Luego llegó la época de la recolección. Las peras v manzanas maduraban lentamente, y Nahum aseguraba que sus huertos tenían un aspecto más floreciente que
nunca. La fruta crecía hasta alcanzar un tamaño fenomenal y un brillo musitado, y su abundancia era tal que Nahum tuvo que comprar unos cuantos barriles
más a fin de poder embalar la futura cosecha. Pero con la maduración llegó una desagradable sorpresa, ya que toda aquella fruta de opulenta presencia resultó
incomible. En vez del delicado sabor de las peras y manzanas, la fruta tenía un amargor insoportable. Lo mismo ocurrió con los melones y los tomates, y
Nahum vio con tristeza cómo se perdía toda su cosecha. Buscando una explicación a aquel hecho, no tardó en declarar que el meteorito había envenenado el
suelo, y dio gracias al cielo porque la mayor parte de las otras cosechas se encontraban en las tierras altas a lo largo del camino.

El invierno se presentó muy pronto y fue muy frío. Ammi veía a Nahum con menos frecuencia que de costumbre, y observó que empezaba a tener un aspecto preocupado.
También el resto de la familia había asumido un aire taciturno; y fueron espaciando sus visitas a la iglesia y su asistencia a los diversos acontecimientos
sociales de la comarca. No pudo encontrarse ningún motivo para aquella reserva o melancolía, aunque todos los habitantes de la casa daban muestras de cuando
en cuando de un empeoramiento en su estado de salud física y mental. Esto se hizo más evidente cuando el propio Nahum declaró que estaba preocupado por
ciertas huellas de pasos que había visto en la nieve. Se trataba de las habituales huellas invernales de las ardillas rojas, de los conejos blancos y de
los zorros, pero el caviloso granjero afirmó que encontraba algo raro en la naturaleza y disposición de aquellas huellas. No fue más explícito, pero parecía
creer que no era característica de la anatomía y las costumbres de ardillas y conejos y zorros. Ammi no hizo mucho caso de todo aquello hasta una noche
que pasó por delante de la casa de Nahum en su trineo, en su camino de regreso de Clark’s Corners. En el cielo brillaba la luna, y un conejo cruzó corriendo
el camino, y los saltos de aquel conejo eran más largos de lo que les hubiera gustado a Ammi y a su caballo. Este último, en realidad, se hubiera desbocado
si su dueño no hubiera empuñado las riendas con mano firme. A partir de entonces, Ammi mostró un mayor respeto por las historias que contaba Nahum, y se
preguntó por qué los perros de Gardner parecían estar tan asustados y temblorosos cada mariana. Incluso habían perdido el ánimo para ladrar.

En el mes de febrero los chicos de McGregor, de Meadow Hill, salieron a cazar marmotas, y no lejos de las tierras de Gardner capturaron un ejemplar muy
especial. Las proporciones de su cuerpo parecían ligeramente alteradas de un modo muy raro, imposible de describir, en tanto que su rostro tenía una expresión
que hasta entonces nadie había visto en el rostro de una marmota. Los chicos quedaron francamente asustados y tiraron inmediatamente el animal, de modo
que por la comarca sólo circuló la grotesca historia que los mismos chicos contaron. Pero esto, unido a la historia del conejo que asustaba a los caballos
en las inmediaciones de la casa de Nahum, dio pie a que empezara a tomar cuerpo una leyenda, susurrada en voz baja.

La gente aseguraba que la nieve se había fundido mucho más rápidamente en los alrededores de la casa de Nahum que en otras partes, y a principios de marzo
se produjo una agitada discusión en la tienda de Potter, de Clark’s Corners. Stephen Rice había pasado por las tierras de Gardner a primera hora de la
mañana y se había dado cuenta de que la hierba fétida empezaba a crecer en todo el fangoso suelo. Hasta entonces no se había visto hierba fétida de aquel
tamaño, y su color era tan raro que no podía ser descrito con palabras. Sus formas eran monstruosas, y el caballo había relinchado lastimeramente ante
la presencia de un hedor que hirió también desagradablemente el olfato de Stephen. Aquella misma tarde, varias personas fueron a ver con sus propios ojos
aquella anomalía, y todas estuvieron de acuerdo en que las plantas de aquella clase no podían brotar en un mundo saludable. Se mencionaron de nuevo los
frutos amargos del otoño anterior, y corrió de boca en boca que las tierras de Nahum estaban emponzoñadas. Desde luego, se trataba del meteorito; y recordando
lo extraño que les había parecido a los hombres de la Universidad, varios granjeros hablaron del asunto con ellos.

Un día, hicieron una visita a Nahum; pero como se trataba de unos hombres que no prestaban crédito con facilidad a las leyendas, sus conclusiones fueron
muy conservadoras. Las plantas eran raras, desde luego, pero toda la hierba fétida es más o menos rara en su forma y en su color. Quizás algún elemento
mineral del meteorito había penetrado en la tierra, pero no tardaría en desaparecer. Y en cuanto a las huellas en la nieve y a los caballos asustados…
se trataba únicamente de habladurías sin fundamento, que habían nacido a consecuencia de la caída del meteorito. Pero unos hombres serios no podían tener
en cuenta las habladurías de los campesinos, ya que los supersticiosos labradores dicen y creen cualquier cosa. Ese fue el veredicto de los profesores
acerca de los extraños días. Sólo uno de ellos, encargado de analizar dos redomas de polvo en el curso de una investigación policíaca, año y medio más
tarde, recordó que el extraño color de la hierba fétida era muy parecido al de las insólitas bandas de luz que reveló el fragmento del meteoro en el espectroscopio
de la Universidad, y al del glóbulo que encontraran en el interior de la piedra. En el análisis que el mencionado profesor llevó a cabo, las muestras revelaron
al principio las mismas insólitas bandas, aunque más tarde perdieran la propiedad.

Los árboles florecieron prematuramente alrededor de la casa de Nahum, y por la noche se mecían ominosamente al viento. El segundo hijo de Nahum, Thaddeus,
un muchacho de quince años, juraba que los árboles se mecían también cuando no hacía viento; pero ni siquiera los más charlatanes prestaron crédito a esto.
Desde luego, en el ambiente había algo raro. Toda la familia Gardner desarrolló la costumbre de quedarse escuchando, aunque no esperaban oír ningún sonido
al cual pudieran dar nombre. La escucha era en realidad resultado de momentos en que la conciencia parecía haberse desvanecido en ellos. Desgraciadamente,
esos momentos eran más frecuentes a medida que pasaban las semanas, hasta que la gente empezó a murmurar que toda la familia Nahum estaba mal de la cabeza.
Cuando salió la primera saxífraga
2,
su color era también muy extraño; no completamente igual al de la hierba fétida, pero indudablemente afín a él e igualmente desconocido para cualquiera
que lo viera. Nahum cogió algunos capullos y se los llevó a Arkham para enseñarlos al editor de la Gazette, pero aquel dignatario se limitó a escribir
un artículo humorístico acerca de ellos, ridiculizando los temores y las supersticiones de los campesinos. Fue un error de Nahum contarle a un estólido
ciudadano la conducta que observaban las mariposas -también de gran tamaño- en relación con aquellas saxífragas.

Abril aportó una especie de locura a las gentes de la comarca y empezaron a dejar de utilizar el camino que pasaba por los terrenos de Nahum, hasta abandonarlo
por completo. Era la vegetación. Los renuevos de los árboles tenían unos extraños colores, y a través del suelo de piedra del patio y en los prados contiguos
crecían unas plantas que solamente un botánico podía relacionar con la flora de la región. Pero lo más raro de todo era el colorido, que no correspondía
a ninguno de los matices que el ojo humano había visto hasta entonces. Plantas y arbustos se convirtieron en una siniestra amenaza, creciendo insolentemente
en su cromática perversión. Ammi y los Gardner opinaron que los colores tenían para ellos una especie de inquietante familiaridad, y llegaron a la conclusión
de que les recordaban el glóbulo que había sido descubierto dentro del meteoro. Nahum labró y sembró los diez acres de terreno que poseía en la parte alta,
sin tocar los terrenos que rodeaban su casa. Sabía que sería trabajo perdido y tenía la esperanza de que aquellas extrañas hierbas que estaban creciendo
arrancarían toda la ponzoña del suelo. Ahora estaba preparado para cualquier cosa, por inesperada que pudiera parecer, y se había acostumbrado a la sensación
de que cerca de él había algo que esperaba ser oído. El ver que los vecinos no se acercaban por su casa le molestó, desde luego; pero afectó todavía más
a su esposa. Los chicos no lo notaron tanto porque iban a la escuela todos los días; pero no pudieron evitar el enterarse de las habladurías, las cuales
los asustaron un poco, especialmente a Thaddeus, que era un muchacho muy sensible.

En mayo llegaron los insectos y la hacienda de Gardner se convirtió en un lugar de pesadilla, lleno de zumbidos y de serpenteos. La mayoría de aquellos
animales tenían un aspecto insólito y se movían de un modo muy raro, y sus costumbres nocturnas contradecían todas las anteriores experiencias. Los Gardner
adquirieron el hábito de mantenerse vigilantes durante la noche. Miraban en todas direcciones en busca de algo…, aunque no podían decir de qué. Fue entonces
cuando comprobaron que Thaddeus había estado en lo cierto al hablar de lo que ocurría con los árboles. La señora Gardner fue la primera en comprobarlo
una noche que se encontraba en la ventana del cuarto contemplando la silueta de un arce que se recortaba contra un cielo iluminado por la luna. Las ramas
del arce se estaban moviendo y no corría el menor soplo de viento. Cosa de la savia, seguramente. Las cosas más extrañas resultaban ahora normales. Sin
embargo, el siguiente descubrimiento no fue obra de ningún miembro de la familia Gardner. Se habían familiarizado con lo anormal hasta el punto de no darse
cuenta de muchos detalles. Y lo que ellos no fueron capaces de ver fue observado por un viajante de comercio de Boston, que pasó por allí una noche, ignorante
de las leyendas que corrían por la región. Lo que contó en Arkham apareció en un breve artículo publicado por la Gazette; y aquel articulo fue lo que todos
los granjeros, incluido Nahum, se echaron primero a los ojos. La noche había sido oscura, pero alrededor de una granja del valle -que todo el mundo supo
que se trataba de la granja de Nahum- la oscuridad había sido menos intensa. Una leve aunque visible fosforescencia parecía surgir de toda la vegetación,
y en un momento determinado un trozo de aquella fosforescencia se deslizó furtivamente por el patio que había cerca del granero.

Los pastos no parecían haber sufrido los efectos de aquella insólita situación, y las vacas pacían libremente cerca de la casa, pero hacia finales de mayo
la leche empezó a ser mala. Entonces Nahum llevó a las vacas a pacer a las tierras altas y la leche volvió a ser buena. Poco después el cambio en la hierba
y en las hojas, que hasta entonces se habían mantenido normalmente verdes, pudo apreciarse a simple vista. Todas las hortalizas adquirieron un color grisáceo
y un aspecto quebradizo. Ammi era ahora la única persona que visitaba a los Gardner, y sus visitas fueron espaciándose más y más. Cuando cerraron la escuela,
por ser época de vacaciones, los Gardner quedaron virtualmente aislados del mundo, y a veces encargaban a Ammi que les hiciera sus compras en el pueblo.
Continuaban desmejorando física y mentalmente, y nadie quedó sorprendido cuando circuló la noticia de que la señora Gardner se había vuelto loca.

Esto ocurrió en junio, alrededor del aniversario de la caída del meteoro, y la pobre mujer empezó a gritar que veía cosas en el aire, cosas que no podía
describir. En su desvarío no pronunciaba ningún nombre propio, sino solamente verbos y pronombres. Las cosas se movían, y cambiaban, y revoloteaban, y
los oídos reaccionaban a impulsos que no eran del todo sonidos. Nahum no la envió al manicomio del condado, sino que dejó que vagabundeara por la casa
mientras fuera inofensiva para sí misma y para los demás. Cuando su estado empeoró no hizo nada. Pero cuando los chicos empezaron a asustarse y Thaddeus
casi se desmayó al ver la expresión del rostro de su madre al mirarlo, Nahum decidió encerrarla en el ático. En julio, la señora Gardner dejó de hablar
y empezó a arrastrarse a cuatro patas, y antes de terminar el mes, Nahum se dio cuenta de que su esposa era ligeramente luminosa en la oscuridad, tal como
ocurría con la vegetación de los alrededores de la casa.

Esto sucedió un poco antes de que los caballos se dieran a la fuga. Algo los había despertado durante la noche, y sus relinchos y su cocear habían sido
algo terrible. A la mañana siguiente, cuando Nahum abrió la puerta del establo, los animales salieron disparados como alma que lleva el diablo. Nahum tardó
una semana en localizar a los cuatro, y cuando los encontró se vio obligado a matarlos porque se habían vuelto locos y no había quién los manejara. Nahum
le pidió prestado un caballo a Ammi para acarrear el heno, pero el animal no quiso acercarse al granero. Respingó, se encabritó y relinchó, y al final
tuvieron que dejarlo en el patio, mientras los hombres arrastraban el carro hasta situarlo junto al granero. Entretanto, la vegetación iba tomándose gris
y quebradiza. Incluso las flores, cuyos colores habían sido tan extraños, se volvían grises ahora, y la fruta era gris y enana e insípida. Las jarillas
y el trébol dorado dieron flores grises y deformes, y las rosas, las rascamoños y las malvarrosas del patio delantero tenían un aspecto tan horrendo, que
Zenas, el mayor de los hijos de Nahum, las cortó todas. Al mismo tiempo fueron muriéndose todos los insectos, incluso las abejas que habían abandonado
sus colmenas.

En septiembre toda la vegetación se había desmenuzado, convirtiéndose en un polvillo grisáceo, y Nahum temió que los árboles murieran antes de que la ponzoña
se hubiera desvanecido del suelo. Su esposa tenía ahora accesos de furia, durante los cuales profería unos gritos terribles, y Nahum y sus hijos vivían
en un estado de perpetua tensión nerviosa. No se trataban ya con nadie, y cuando la escuela volvió a abrir sus puertas los chicos no acudieron a ella.
Fue Ammi, en una de sus raras visitas, quien descubrió que el agua del pozo ya no era buena. Tenía un gusto endiablado, que no era exactamente fétido ni
exactamente salobre, y Ammi aconsejó a su amigo que excavara otro pozo en las tierras altas para utilizarlo hasta que el suelo volviera a ser bueno. Sin
embargo, Nahum no hizo el menor caso de aquel consejo, ya que había llegado a impermeabilizarse contra las cosas raras y desagradables. Él y sus hijos
siguieron utilizando la teñida agua del pozo, bebiéndola con la misma indiferencia con que comían sus escasos y mal cocidos alimentos y conque realizaban
sus improductivas y monótonas tareas a través de unos días sin objetivo. Había algo de estólida resignación en todos ellos, como si anduvieran en otro
mundo entre hileras de anónimos guardianes hacia un lugar familiar y seguro.

Thaddeus se volvió loco en septiembre, después de una visita al pozo. Había ido allí con un cubo y había regresado con las manos vacías, encogiendo y agitando
los brazos y murmurando algo acerca de “los colores movibles que había allí abajo”. Dos locos en una familia representaban un grave problema, pero Nahum
se portó valientemente. Dejó que el muchacho se moviera a su antojo durante una semana, hasta que empezó a portarse peligrosamente, y entonces lo encerró
en el ático, enfrente de la habitación ocupada por su madre. El modo como se gritaban el uno al otro desde detrás de sus cerradas puertas era algo terrible,
especialmente para el pequeño Merwin, que imaginaba que su madre y su hermano hablaban en algún terrible lenguaje que no era de este mundo. Merwin se estaba
convirtiendo en un chiquillo peligrosamente imaginativo, y su estado empeoró desde que encerraron al hermano que había sido su mejor compañero de juegos.

Casi al mismo tiempo empezó la mortalidad entre el ganado. Las aves de corral adquirieron un color gris y murieron rápidamente. Los cerdos engordaron desordenadamente
y luego empezaron a experimentar repugnantes cambios que nadie podía explicar. Su carne era desaprovechable, desde luego, y Nahum no sabía qué pensar ni
qué hacer. Ningún veterinario rural quiso acercarse a su casa, y el veterinario de Arkham quedó francamente desconcertado. La cosa resultaba tanto más
inexplicable por cuanto aquellos animales no habían sido alimentados con la vegetación emponzoñada. Luego les llegó el turno a las vacas. Ciertas zonas,
y a veces el cuerpo entero, aparecieron anormalmente hinchadas o comprimidas, y aquellos síntomas fueron seguidos de atroces colapsos o desintegraciones.
En las últimas fases -que terminaban siempre con la muerte- adquirían un color grisáceo y un aspecto quebradizo, tal como había ocurrido con los cerdos.
En el caso de las vacas no podía hablarse de veneno, ya que estaban encerradas en mi establo. Ninguna mordedura de un animal salvaje podía haber inoculado
el virus, ya que no hay ningún animal terrestre que pueda pasar a través de obstáculos sólidos. Debía tratarse de una enfermedad natural…, aunque resultaba
imposible conjeturar qué clase de enfermedad producía aquellos terribles resultados. En la época de la cosecha no quedaba ningún animal vivo en la casa,
ya que el ganado y las aves de corral habían muerto y los perros habían huido. Los perros, en número de tres, habían desaparecido una noche y no volvieron
a aparecer. Los cinco gatos se habían marchado un poco antes, pero su desaparición apenas fue notada, ya que en la casa no había ahora ratones y únicamente
la señora Gardner sentía cierto afecto por los graciosos felinos.

El 19 de octubre Nahum se presentó en casa de Ammi con espantosas noticias. La muerte había sorprendido al pobre Thaddeus en su habitación del ático, y
lo habla sorprendido de un modo que no podía ser contado. Nahum había excavado una tumba en la parte trasera de la granja y había metido allí lo que encontró
en la habitación. En la habitación no podía haber entrado nadie, ya que la pequeña ventana enrejada y la cerradura de la puerta estaban intactas; pero
lo sucedido tenía muchos puntos de contacto con lo ocurrido en el establo. Ammi y su esposa consolaron al atribulado granjero lo mejor que pudieron, aunque
no consiguieron evitar un estremecimiento. El horror parecía rondar alrededor de los Gardner y de todo lo que tocaban, y la sola presencia de uno de ellos
en la casa era como un soplo de regiones innominadas e innominables. Ammi acompañó a Nahum a su hogar de muy mala gana e hizo lo que pudo para calmar los
histéricos sollozos del pequeño Merwin. Zenas no necesitaba ser calmado. Se encontraba en un estado de completo atontamiento y se limitaba a mirar fijamente
un punto indeterminado del espacio y a obedecer lo que su padre le ordenaba. Y Ammi pensó que ese estado de abulia era lo mejor que podía ocurrirle. De
cuando en cuando los gritos de Merwin eran contestados desde el ático, y en respuesta a una mirada interrogadora Nahum dijo que su esposa estaba muy débil.
Cuando se acercaba la noche, Ammi se las arregló para marcharse, ya que ningún sentimiento de amistad podía hacerle permanecer en aquel lugar cuando la
vegetación empezaba a brillar débilmente y los árboles podían o no moverse sin que soplara el viento. Era una verdadera suerte para Ammi el hecho de que
no fuese una persona imaginativa. De haberlo sido, de haber podido relacionar y reflexionar sobre todos los portentos que lo rodeaban, no cabe duda de
que hubiese perdido la chaveta. A la hora del crepúsculo regresó apresuradamente a su casa, sintiendo resonar terriblemente en sus oídos los gritos de
la loca y del pequeño Merwin.

Tres días más tarde Nahum se presentó en casa de Ammi muy de mañana, y en ausencia de su huésped le contó a la señora Pierce una horrible historia que ella
escuchó temblando de miedo. Esta vez se trataba del pequeño Merwin. Había desaparecido. Había salido de la casa cuando ya era de noche con un farol y un
cubo para traer agua, y no había regresado. Hacía días que su estado no era normal y se asustaba de todo. El padre oyó un frenético grito en el patio,
pero cuando abrió la puerta y se asomó el muchacho había desaparecido. No se veía ni rastro de él, y en ninguna parte brillaba el farol que se había llevado.
En aquel momento, Nahum creyó que el farol y el cubo habían desaparecido también; pero al hacerse de día, y al regreso de su búsqueda de toda la noche
por campos y bosques, Nahum había descubierto unas cosas muy raras cerca del pozo: una retorcida y semifundida masa de hierro, que había sido indudablemente
el farol; y junto a ella un asa doblada junto a otra masa de hierro, asimismo retorcida y semifundida, que correspondía al cubo. Eso fue todo. Nahum imaginaba
lo inimaginable. La señora Pierce estaba como atontada, y Ammi, cuando llegó a casa y oyó la historia, no pudo dar ninguna opinión. Merwin había desaparecido
y sería inútil decírselo a la gente que vivía en aquellos alrededores y que huían de los Gardner como de la peste. Tan inútil como decírselo a los ciudadanos
de Arkham que se reían de todo. Thad había desaparecido, y ahora había desaparecido Merwin. Algo estaba arrastrándose y arrastrándose, esperando ser visto
y oído. Nahum no tardaría en morirse, y deseaba que Ammi velara por su esposa y por Zenas, si es que lo sobrevivían. Todo aquello era un castigo de alguna
clase, aunque Nahum no podía adivinar a qué se debía, ya que siempre había vivido en el santo temor de Dios.

Durante más de dos semanas, Ammi no tuvo ninguna noticia de Nahum; y entonces, preocupado por lo que pudiera haber ocurrido, dominó sus temores y efectuó
una visita a la casa de los Gardner. De la chimenea no salía humo y por unos instantes el visitante temió lo peor. El aspecto de la granja era impresionante:
hierba y hojas grisáceas en el suelo, parras cayéndose a pedazos de arcaicas paredes y aleros, y enormes árboles desnudos silueteándose malignamente contra
el gris cielo de noviembre. Ammi no pudo dejar de notar que se habla producido un sutil cambio en la inclinación de las ramas. Pero Nahum estaba vivo,
después de todo. Estaba muy débil y reposaba en un catre en la cocina de techo bajo, pero conservaba la lucidez y seguía dando órdenes a Zenas. La estancia
estaba mortalmente fría; y al ver que Ammi se estremecía, Nahum le gritó a Zenas que trajera más leña. La leña, en realidad, era muy necesaria, ya que
el cavernoso hogar estaba apagado y vacío, y el viento que se filtraba chimenea abajo era helado. De pronto, Nahum le preguntó si la leña que había traído
su hijo lo hacía sentirse más cómodo, y entonces Ammi se dio cuenta de lo que había ocurrido. Finalmente, la mente del granjero había dejado de resistir
a la intensa presión de los acontecimientos.

Interrogando discretamente a su vecino, Ammi no consiguió poner en claro lo que le había sucedido a Zenas. “En el pozo… vive en el pozo…”, fue todo
lo que su padre dijo.

Luego el visitante recordó súbitamente a la esposa loca y cambió de tema. “¿Nabby? Está aquí, desde luego…”, fue la sorprendida respuesta del pobre Nahum,
y Ammi no tardó en darse cuenta de que tendría que investigar por sí mismo. Dejando al inofensivo granjero en su catre, cogió las llaves que estaban colgadas
detrás de la puerta y subió los chirriantes escalones que conducían al ático. La parte alta de la casa estaba completamente silenciosa y no se oía el menor
ruido en ninguna dirección. De las cuatro puertas a la vista, sólo una estaba cerrada, y en ella probó Ammi varias llaves del manojo que había cogido.
A la tercera tentativa la cerradura giró, y Ammi empujó la puerta pintada de blanco.

El interior de la habitación estaba completamente a oscuras, ya que la ventana era muy pequeña y estaba medio tapada por las rejas de hierro; y Ammi no
pudo ver absolutamente nada. El aire estaba muy viciado, y antes de seguir adelante tuvo que entrar en otra habitación y llenarse los pulmones de aire
respirable. Cuando volvió a entrar vio algo oscuro en un rincón, y al acercarse no pudo evitar un grito de espanto. Mientras gritaba creyó que una nube
momentánea había tapado la escasa claridad que penetraba por la ventana, y un segundo después se sintió rozado por una espantosa corriente de vapor. Unos
extraños colores danzaron ante sus ojos; y si el horror que experimentaba en aquellos momentos no le hubiera impedido coordinar sus ideas hubiera recordado
el glóbulo que el martillo de geólogo había aplastado en el interior del meteorito, y la malsana vegetación que habla crecido durante la primavera. Pero,
en el estado en que se hallaba, sólo pudo pensar en la horrible monstruosidad que tenía enfrente, y que sin duda alguna había compartido la desconocida
suerte del joven Thaddeus y del ganado. Pero lo más terrible de todo era que aquel horror se movía lenta y visiblemente mientras continuaba desmenuzándose.

Ammi no me dio más detalles de aquella escena, pero la forma del rincón no reapareció en su relato como un objeto movible. Hay cosas que no pueden ser mencionadas,
y lo que se hace por humanidad es a veces cruelmente juzgado por la ley. Comprendí que en aquella habitación del ático no quedó nada que se moviera, y
que no dejar allí nada capaz de moverse debió de ser algo horripilante y capaz de acarrear un tormento eterno. Cualquiera, no tratándose de un estólido
granjero, se hubiera desmayado o enloquecido, pero Ammi volvió a cruzar el umbral de la puerta pintada de blanco y encerró el espantoso secreto detrás
de él. Ahora debía ocuparse de Nahum; éste tenía que ser alimentado y atendido, y trasladado a algún lugar donde pudieran cuidarlo.

Cuando empezaba a bajar la oscura escalera, Ammi oyó un estrépito debajo de él. Incluso le pareció haber oído un grito, y recordó nerviosamente la corriente
de vapor que lo había rozado mientras se hallaba en la habitación del ático. Oprimido por un vago temor, oyó más ruidos debajo suyo. Indudablemente estaban
arrastrando algo pesado, y al mismo tiempo se oía un sonido todavía más desagradable, como el que produciría una fuerte succión. Sintiendo aumentar su
terror, pensó en lo que había visto en el ático. ¡Santo cielo! ¿En qué fantástico mundo de pesadilla había penetrado? No se atrevió a avanzar ni a retroceder,
y permaneció inmóvil, temblando, en la negra curva del rellano de la escalera. Cada detalle de la escena estallaba de nuevo en su cerebro.

De repente se oyó un frenético relincho proferido por el caballo de Ammi, seguido inmediatamente por un ruido de cascos que hablaba de una precipitada fuga.
Al cabo de un instante, caballo y calesa estaban fuera del alcance del oído, dejando al asustado Ammi, inmóvil en la oscura escalera, la tarea de conjeturar
qué podía haberlos impulsado a desaparecer tan repentinamente. Pero aquello no fue todo. Se produjo otro ruido fuera de la casa. Una especie de chapoteo
en el agua…, debió de haber sido en el pozo. Ammi había dejado a Hero desatado cerca del pozo, y algún animalito debió meterse entre sus patas, asustándolo,
y dejándose caer después en el pozo. Y la casa seguía brillando con una pálida fosforescencia. ¡Dios mío! ¡Qué antigua era la casa! La mayor parte de ella
edificada antes de 1670, y el tejado holandés más tarde de 1730.

En aquel momento se oyó el ruido de algo que se arrastraba por el suelo de la planta baja, y Ammi aferró con fuerza el palo que había cogido en el ático
sin ningún propósito determinado. Procurando dominar sus nervios, terminó su descenso y se dirigió a la cocina. Pero no llegó a ella, ya que lo que buscaba
no estaba ya allí. Había salido a su encuentro, y hasta cierto punto estaba aún vivo. Si se había arrastrado o si había sido arrastrado por fuerzas externas,
es cosa que Ammi no hubiera podido decir; pero la muerte había tomado parte en ello. Todo había ocurrido durante la última media hora, pero el proceso
de desintegración estaba ya muy avanzado. Había allí una horrible fragilidad, debida a lo quebradizo de la materia, y del cuerpo se desprendían fragmentos
secos. Ammi no pudo tocarlo, limitándose a contemplar horrorizado la retorcida caricatura de lo que había sido un rostro. “¿Qué ha pasado, Nahum…, qué
ha pasado?”, susurró, y los agrietados y tumefactos labios apenas pudieron murmurar una respuesta final.

“Nada…, nada…; el color… quema…; frío y húmedo, pero quema…; vive en el pozo…, lo he visto…, una especie de humo… igual que las flores de
la pasada primavera…; el pozo brilla por la noche… Se llevó a Thad, y a Merwin, y a Zenas…, todas las cosas vivas…; sorbe la vida de todas las
cosas…; en aquella piedra tuvo que llegar en aquella piedra…; la aplastaron…; era el mismo color…, el mismo, como las flores y las plantas…;
tiene que haber más…; crecieron…, lo he visto esta semana…; tuvo que darle fuerte a Zenas…; era un chico fuerte, lleno de vida…; le golpea a
uno la mente y luego se apodera de él…; quema mucho…; en el agua del pozo…; no pueden sacarlo de allí…, ahogarlo… Se ha llevado también a Zenas…;
tenías razón…; el agua está embrujada… ¿Cómo está Nabby, Ammi?… Mi cabeza no funciona…; no sé cuánto hace que no le he subido comida…; la cosa
la atacó también a ella…; el color…; su rostro tiene el mismo color por las noches…, y el color quema y sorbe; procede de algún lugar donde las cosas
no son como aquí…; uno de los profesores lo dijo…; tenía razón, mira, Ammi, está sorbiendo más…, sorbiendo la vida…”

Pero eso fue todo. La cosa que había hablado no podía hablar más porque se había encogido completamente. Ammi lo cubrió con un mantel a cuadros blancos
y rojos y salió de la casa por la puerta trasera. Trepó por la ladera que conducía a las tierras altas y regresó a su hogar por el camino del Norte y los
bosques. No pudo pasar junto al pozo desde el cual había huido su caballo. Miró hacia el pozo a través de una ventana y recordó el chapoteo que había oído…,
el chapoteo de algo que se había sumergido en el pozo después de lo que había hecho con el desdichado Nahum…

Cuando Ammi llegó a su casa se encontró con que el caballo y la calesa lo habían precedido; su esposa lo aguardaba llena de ansiedad. Después de tranquilizarla,
sin darle ninguna explicación, se dirigió a Arkham y notificó a las autoridades que la familia Gardner ya no existía. No entró en detalles, limitándose
a hablar de las muertes de Nahum y de Nabby; la de Thaddeus era ya conocida, y dijo que la causa de la muerte parecía ser la misma extraña dolencia que
había atacado al ganado. También dijo que Merwin y Zenas habían desaparecido. En la jefatura de policía lo interrogaron ampliamente, y al final se vio
obligado a acompañar a tres agentes a la granja de Gardner, juntamente con el fiscal, el médico forense y el veterinario que había atendido a los animales
enfermos. Ammi fue con ellos de muy mala gana, ya que la tarde estaba muy avanzada y temía que la noche lo cogiera en aquel lugar maldito, aunque era un
consuelo saber que iba a estar acompañado de tantos hombres.

Los seis hombres montaron en un carro, siguiendo a la calesa de Ammi, y llegaron a la granja alrededor de las cuatro. A pesar de que los agentes estaban
acostumbrados a presenciar espectáculos horripilantes, todos se estremecieron a la vista de lo que fue encontrado debajo del mantel a cuadros rojos y blancos,
y en la habitación del ático. El aspecto de la granja, con su desolación gris, era ya bastante terrible, pero aquellos dos retorcidos objetos sobrepasaban
toda medida de horror. Nadie pudo contemplarlos más allá de un par de segundos, e incluso el médico forense admitió que allí había muy poco que examinar.
Podían analizarse unas muestras, desde luego, de modo que él mismo se encargó de agenciárselas…, y al parecer aquellas muestras provocaron el más inextricable
rompecabezas con que se enfrentara nunca el laboratorio de la Universidad. Bajo el espectroscopio, las muestras revelaron un espectro desconocido, muchas
de cuyas bandas eran iguales que las que había revelado el extraño meteoro al ser analizado. La propiedad de emitir aquel espectro se desvaneció en un
mes, y el polvo consistía principalmente en fosfatos y carbonatos alcalinos.

Ammi no les hubiera hablado del pozo de haber sabido que iban a actuar inmediatamente. Se acercaba la puesta de sol y estaba ansioso por marcharse de allí.
Pero no pudo evitar el dirigir miradas nerviosas al pozo, cosa que fue observada por uno de los policías, el cual lo interrogó. Ammi admitió que Nahum
había temido a algo que estaba escondido en el pozo… hasta el punto de que no se había atrevido a comprobar si Merwin o Zenas se habían caído dentro.
La policía decidió vaciar el pozo y explorarlo inmediatamente, de modo que Ammi tuvo que esperar, temblando, mientras el pozo era vaciado cubo a cubo.
El agua hedía de un modo insoportable, y los hombres tuvieron que taparse las narices con sus pañuelos para poder terminar la tarea. Menos mal que el trabajo
no fue tan largo como habían creído, ya que el nivel del agua era sorprendentemente bajo. No es necesario hablar con demasiados detalles de lo que encontraron.
Merwin y Zenas estaban allí los dos, aunque sus restos eran principalmente esqueléticos. Había también un pequeño cordero y un perro grande en el mismo
estado de descomposición, aproximadamente, y cierta cantidad de huesos de animales más pequeños. El limo del fondo parecía inexplicablemente poroso y burbujeante,
y un hombre que bajó atado a una cuerda y provisto de una larga pértiga se encontró con que podía hundir la pértiga en el fango en toda su longitud sin
encontrar ningún obstáculo.

La noche se estaba echando encima y entraron en la casa en busca de faroles. Luego, cuando vieron que no podían sacar nada más del pozo, volvieron a entrar
en la casa y conferenciaron en la antigua sala de estar mientras la intermitente claridad de una espectral media luna iluminaba a intervalos la gris desolación
del exterior. Los hombres estaban francamente perplejos ante aquel caso y no podían encontrar ningún elemento convincente que relacionara las extrañas
condiciones de los vegetales, la desconocida enfermedad del ganado y de las personas, y las inexplicables muertes de Merwin y Zenas en el pozo. Habían
oído los comentarios y las habladurías de la gente, desde luego; pero no podían creer que hubiese ocurrido algo contrario a las leyes naturales. Era evidente
que el meteoro había emponzoñado el suelo pero la enfermedad de personas y animales que no habían comido nada crecido en aquel suelo era harina de otro
costal. ¿Se trataba del agua del pozo? Posiblemente. No sería mala idea analizarla. Pero ¿por qué singular locura se habían arrojado los dos muchachos
al pozo? Habían actuado de un modo muy similar… y sus restos demostraban que los dos habían padecido a causa de la muerte quebradiza y gris. ¿Por qué
todas las cosas se volvían grises y quebradizas?

El fiscal, sentado junto a una ventana que daba al patio, fue el primero en darse cuenta de la fosforescencia que había alrededor del pozo. La noche había
caído del todo, y los terrenos que rodeaban la granja parecían brillar débilmente con una luminosidad que no era la de los rayos de la luna; pero aquella
nueva fosforescencia era algo definido y distinto, y parecía surgir del negro agujero como la claridad apagada de un faro, reflejándose amortiguadamente
en las pequeñas charcas que el agua vaciada del pozo había formado en el suelo. La fosforescencia tenía un color muy raro, y mientras todos los hombres
se acercaban a la ventana para contemplar el fenómeno, Ammi lanzó una violenta exclamación. El color de aquella fantasmal fosforescencia le resultaba familiar.
Lo había visto antes, y se sintió lleno de temor ante lo que podía significar. Lo había visto en aquel horrendo glóbulo quebradizo hacía dos veranos, lo
había visto en la vegetación durante la primavera, y había creído verlo por un instante aquella misma mañana contra la pequeña ventana enrejada de la horrible
habitación del ático donde habían ocurrido cosas que no tenían explicación. Había brillado allí por espacio de un segundo, y una espantosa corriente de
vapor lo había rozado…, y luego el pobre Nahum habla sido arrastrado por algo de aquel color. Nahum lo había dicho al final…, había dicho que era como
el glóbulo y las plantas. Después se había producido la fuga en el patio y el chapoteo en el pozo…, y ahora aquel pozo estaba proyectando a la noche
un pálido e insidioso reflejo del mismo diabólico color.

Una prueba fehaciente de la viveza mental de Ammi es que en aquel momento de suprema tensión se sintió intrigado por algo que era fundamentalmente científico.
Se preguntó cómo era posible recibir la misma impresión de una corriente de vapor deslizándose en pleno día por una ventana abierta al cielo matinal, y
de una fosforescencia nocturna proyectándose contra el negro y desolado paisaje. No era lógico…, resultaba antinatural… Y entonces recordó las últimas
palabras pronunciadas por su desdichado amigo: “Procede de algún lugar donde las cosas no son como aquí…, uno de los profesores lo dijo…”

Los tres caballos que se encontraban en el exterior de la casa, atados a unos árboles junto al camino, estaban ahora relinchando y coceando frenéticamente.
El conductor del carro se dirigió hacia la puerta para ver qué sucedía, pero Ammi apoyó una mano en su hombro.

-No salga usted -susurró-. No sabemos lo que sucede ahí afuera. Nahum dijo que en el pozo vivía algo que sorbía la vida. Dijo que era algo que había surgido
de una bola redonda como la que vimos dentro del meteorito que cayó aquí hace más de un año. Dijo que quemaba y sorbía, y que era una nube de color como
la fosforescencia que ahora sale del pozo, y que nadie puede saber lo que es. Nahum creía que se alimentaba de todo lo viviente y afirmó que lo había visto
la pasada semana. Tiene que ser algo caído del cielo, igual que el meteorito, tal como dijeron los profesores de la Universidad. Su forma y sus actos no
tienen nada que ver con el mundo de Dios. Es algo que procede del más allá.

De modo que el hombre se detuvo, indeciso, mientras la fosforescencia que salía del pozo se hacía más intensa y los caballos coceaban y relinchaban con
creciente frenesí. Fue realmente un espantoso momento; con los restos monstruosos de cuatro personas -dos en la misma casa y dos en el pozo-, y aquella
desconocida iridiscencia que surgía de las fangosas profundidades. Ammi había cerrado el paso al conductor del carro llevado por un repentino impulso,
olvidando que a él mismo no le había sucedido nada después de ser rozado por aquella horrible columna de vapor en la habitación del ático, pero no se arrepentía
de haberlo hecho. Nadie podía saber lo que había aquella noche en el exterior; nadie podía conocer la índole de los peligros que podían acechar a un hombre
enfrentado con una amenaza completamente desconocida.

De repente, uno de los policías que estaba en la ventana profirió una exclamación. Los demás se le quedaron mirando, y luego siguieron la dirección de los
ojos de su compañero. No había necesidad de palabras. Lo que había de discutible en las habladurías de los campesinos ya no podría ser discutido en adelante
porque allí había seis testigos de excepción, media docena de hombres que, por la índole de sus profesiones, no creían más que lo que veían con sus propios
ojos. Ante todo es necesario dejar sentado que a aquella hora de la noche no soplaba ningún viento. Poco después empezó a soplar, pero en aquel momento
el aire estaba completamente inmóvil. Y, sin embargo, en medio de aquella tensa y absoluta calma, los árboles del patio estaban moviéndose. Se movían morbosa
y espasmódicamente, agitando sus desnudas ramas, en convulsivas y epilépticas sacudidas, hacia las nubes bañadas por la luz de la luna; arañando con impotencia
el aire inmóvil, como empujados por una misteriosa fuerza subterránea que ascendiera desde debajo de las negras raíces.

Por espacio de unos segundos todos los hombres reunidos en la granja de Gardner contuvieron el aliento. Luego, una nube más oscura que las demás veló la
luna, y la silueta de las agitadas ramas se disipó momentáneamente. En aquel instante un grito de espanto se escapó de todas las gargantas, ya que el horror
no se había desvanecido con la silueta, y en un pavoroso momento de oscuridad más profunda los hombres vieron retorcerse en la copa del más alto de los
árboles un millar de diminutos puntos fosforescentes, brillando como el fuego de San Telmo o como las lenguas de fuego que descendieron sobre las cabezas
de los Apóstoles el día de Pentecostés. Era una monstruosa constelación de luces sobrenaturales, como un enjambre de luciérnagas necrófagas bailando una
infernal zarabanda sobre una ciénaga maldita; y su color era el mismo que Ammi había llegado a reconocer y a temer. Entretanto, la fosforescencia del pozo
se hacía cada vez más brillante, infundiendo en los hombres reunidos en la granja una sensación de anormalidad que anulaba cualquier imagen que sus mentes
conscientes pudieran formar. Ya no brillaba: estaba vertiéndose hacia afuera. Y mientras la informe corriente de indescriptible color abandonaba el pozo,
parecía flotar directamente hacia el cielo.

El veterinario se estremeció y se acercó a la puerta para echar la doble barra. Ammi estaba también muy impresionado y tuvo que limitarse a señalar con
la mano, por falta de voz, cuando quiso llamar la atención de los demás sobre la creciente luminosidad de los árboles. Los relinchos de los caballos se
habían convertido en algo espantoso, pero ni uno solo de aquellos hombres se hubiese aventurado a salir por nada del mundo. El brillo de los árboles fue
en aumento, mientras sus inquietas ramas parecían extenderse más y más hacia la verticalidad. De pronto se produjo una intensa conmoción en el camino,
y cuando Ammi alzó la lámpara para que proyectara un poco más de claridad al exterior, comprobaron que los frenéticos caballos habían roto sus ataduras
y huían enloquecidos con el carro.

La impresión sirvió para soltar varias lenguas y se intercambiaron inquietos susurros.

-Se extiende sobre todas las cosas orgánicas que hay por aquí -murmuró el médico forense.

Nadie contestó, pero el hombre que había bajado al pozo aventuró la opinión de que su pértiga debió de haber removido algo intangible.

-Fue algo terrible -añadió-. No había fondo de ninguna clase. Únicamente fango, y burbujas, y la sensación de algo oculto debajo…

El caballo de Ammi seguía coceando y relinchando desesperadamente en el camino exterior y casi ahogó el débil sonido de la voz de su dueño mientras éste
murmuraba sus deshilvanadas reflexiones.

-Salió de aquella piedra…, fue creciendo y alimentándose de todas las cosas vivas…; se alimentaba de ellas, alma y cuerpo… Thad y Merwin, Zenas y
Nabby… Nahum fue el último… Todos bebieron agua del… Se apoderó de ellos… Llegó del más allá, donde las cosas no son como aquí…, y ahora regresa
al lugar de donde procede…

En aquel momento, mientras la columna de desconocido color brillaba con repentina intensidad y empezaba a entrelazase, con fantásticas sugerencias de forma
que cada uno de los espectadores describió más tarde de un modo distinto, el desdichado Hello profirió un aullido que ningún hombre había oído nunca salir
de la garganta de un caballo. Todos los que estaban en la casa se taparon los oídos, y Ammi se apartó de la ventana horrorizado. Cuando miró de nuevo hacia
el exterior, el pobre animal yacía inerte en el suelo bañado por la luz de la luna entre las astilladas varas de la calesa. Y allí se quedó hasta que lo
enterraron al día siguiente. Pero el momento presente no permitía entregarse a lamentaciones, ya que casi en el mismo instante uno de los policías les
llamó silenciosamente la atención sobre algo terrible que estaba sucediendo en el interior de la habitación donde se encontraban. Donde no alcanzaba la
claridad de la lámpara podía verse una débil fosforescencia que había empezado a invadir toda la estancia. Brillaba en el suelo de tablas y en la raída
alfombra, y resplandecía débilmente en los marcos de las pequeñas ventanas. Corría de un lado para otro, llenando puertas y muebles. A cada momento se
hacía más intensa, y al final se hizo evidente que las cosas vivientes debían abandonar enseguida aquella casa.

Ammi les mostró la puerta trasera y el camino que conducía a las tierras altas. Avanzaron con paso inseguro, como sonámbulos, y no se atrevieron a mirar
atrás hasta que llegaron al camino del Norte. Ninguno de ellos hubiera osado pasar por el camino que discurría junto al pozo… Cuando miraron atrás, hacia
el valle y la distante granja de Gardner, contemplaron un horrible espectáculo. Toda la granja brillaba con el espantoso y desconocido color; árboles,
edificaciones e incluso la hierba que no había sido transformada aún en quebradiza y gris. Las ramas estaban todas extendidas hacia el cielo, coronadas
con lenguas de fuego, y radiantes goterones del mismo monstruoso fuego ardían encima de la casa, del granero y de los cobertizos. Era una escena de una
visión de Fusell, y sobre todo el resto reinaba aquella borrachera de luminoso amorfismo, aquel extraño arco iris de misterioso veneno del pozo…, hirviendo,
saltando, centelleando y burbujeando malignamente en su cósmico e irreconocible cromatismo.

Luego, súbitamente, la horrible cosa salió disparada verticalmente hacia el cielo, como un cohete o un meteoro, sin dejar ningún rastro detrás de ella y
desapareciendo a través de un redondo y curiosamente simétrico agujero abierto en las nubes, antes de que ninguno de los hombres pudiera expresar su asombro.
Ningún espectador podría olvidar nunca aquel espectáculo, y Ammi se quedó mirando estúpidamente el camino que habla seguido el color hasta mezclarse con
las estrellas de la Vía Láctea. Pero su mirada fue atraída inmediatamente hacia la tierra por el estrépito que acababa de producirse en el valle. Había
sido un estrépito, y no una explosión, como afirmaron algunos de los componentes del grupo. Pero el resultado fue el mismo, ya que en un caleidoscópico
instante la granja y sus alrededores parecieron estallar, enviando hacia el cenit una nube de coloreados y fantásticos fragmentos. Los fragmentos se desvanecieron
en el aire, dejando una nube de vapor que al cabo de un segundo se había desvanecido también. Los asombrados espectadores decidieron que no valía la pena
esperar a que volviera a salir la luna para comprobar los efectos de aquel cataclismo en la granja de Nahum.

Demasiado asustados incluso para aventurar alguna teoría, los siete hombres regresaron a Arkham por el camino del Norte. Ammi estaba peor que sus compañeros
y les suplicó que lo acompañaran hasta su casa en vez de dirigirse directamente al pueblo. Por nada del mundo hubiera cruzado el bosque solo a aquella
hora de la noche. Estaba más asustado que los demás porque había sufrido una impresión que los otros se habían ahorrado, y se sentía oprimido por un temor
que por espacio de muchos años no se atrevió a mencionar. Mientras el resto de los espectadores en aquella tempestuosa colina había vuelto estólidamente
sus rostros al camino, Ammi había mirado hacia atrás por un instante para contemplar el sombrío valle de desolación al que tantas veces había acudido.
Y había visto algo que se alzaba débilmente para hundirse de nuevo en el lugar desde el cual el informe horror había salido disparado hacia el cielo. Era
solamente un color…, aunque no era ningún color de nuestra tierra ni de los cielos. Y porque Ammi reconoció aquel color, y supo que sus últimos y débiles
restos debían seguir ocultos en el pozo, nunca ha estado completamente cuerdo desde entonces.

Ammi no se acercaría a aquel lugar por nada del mundo. Hace cuarenta y cuatro años que sucedieron los hechos que acabo de narrar, pero Ammi no ha vuelto
a pisar aquellas tierras y le alegra saber que pronto quedarán enterradas debajo de las aguas. También a mí me alegra la idea, ya que no me gustó nada
ver cómo cambiaba de color la luz del sol al reflejarse en aquel abandonado pozo. Espero que el agua será siempre muy profunda, pero aunque así sea nunca
la beberé. No creo que regrese a la región de Arkham. Tres de los hombres que habían estado con Ammi volvieron al día siguiente para ver las ruinas a la
luz del día, pero en realidad no había ruinas. Únicamente los ladrillos de la chimenea, las piedras de la bodega, algunos restos minerales y metálicos,
y el brocal de aquel nefando pozo. A excepción del caballo de Ammi, que enterraron aquella misma mañana, y de la calesa, que no tardaron en devolver a
su dueño, todas las cosas que habían tenido vida habían desaparecido. Sólo quedaban cinco acres de desierto polvoriento y grisáceo, y desde entonces no
ha crecido en aquellos terrenos ni una brizna de hierba. En la actualidad aparece como una gran mancha comida por el ácido en medio de los bosques y campos,
y los pocos que se han atrevido a acercarse por allí a pesar de las leyendas campesinas le han dado el nombre de “erial maldito”.

Las leyendas campesinas son muy extrañas. Y podrían ser incluso más extrañas si los hombres de la ciudad y los químicos universitarios tuvieran el interés
suficiente para analizar el agua de aquel pozo olvidado, o el polvo gris que ningún viento parece dispersar. Los botánicos podrían estudiar también la
sorprendente flora que crece en los límites de aquellos terrenos, ya que de este modo podrían confirmar o refutar lo que dice la gente: que la zona emponzoñada
está extendiéndose poco a poco, quizás una pulgada al año… La gente dice que el color de la hierba que crece en aquellos alrededores no es el que le
corresponde y que los animales salvajes dejan extrañas huellas en la nieve cuando llega el invierno. La nieve no parece cuajar tanto en el erial maldito
como en otros lugares. Los caballos -los pocos que quedan en esta época motorizada- se ponen nerviosos en el silencioso valle; y los cazadores no pueden
acercarse con sus perros a las inmediaciones del erial maldito.

Dicen también que las influencias mentales son muy malas, y que todos los que han tratado de establecerse allí, extranjeros en su inmensa mayoría, han tenido
que marcharse acosados por extrañas fantasías y sueños. Ningún viajero ha dejado de experimentar una sensación de extrañeza en aquellas profundas hondonadas,
y los artistas tiemblan mientras pintan unos bosques cuyo misterio es tanto de la mente como de la vista. Y yo mismo estoy sorprendido de la sensación
que me produjo mi único paseo solitario por aquellos lugares antes de que Ammi me contara su historia.

No me pregunten mi opinión. No sé: esto es todo. La única persona que podía ser interrogada acerca de los extraños días es Ammi, ya que la gente de Arkham
no quiere hablar de este asunto, y los tres profesores que vieron el meteorito y su coloreado glóbulo están muertos. ¿Había otros glóbulos? Probablemente.
Uno de ellos consiguió alimentarse y escapar, en tanto que otro no había podido alimentarse suficientemente y continuaba en el pozo… Los campesinos dicen
que la zona emponzoñada se ensancha una pulgada cada año, de modo que tal vez existe algún tipo de crecimiento o de alimentación incluso ahora. Pero, sea
lo que sea lo que haya allí, tiene que verse trabado por algo, ya que de no ser así se extendería rápidamente. ¿Está atado a las raíces de aquellos árboles
que arañan el aire?

Lo que es, sólo Dios lo sabe. En términos de materia, supongo que la cosa que Ammi describió puede ser llamada un gas, pero aquel gas obedecía a unas leyes
que no son de nuestro cosmos. No era fruto de los planetas y soles que brillan en los telescopios y en las placas fotográficas de nuestros observatorios.
No era ningún soplo de los cielos cuyos movimientos y dimensiones miden nuestros astrónomos o consideran demasiado vastos para ser medidos. No era más
que un color surgido del espacio…, un pavoroso mensajero de unos reinos del infinito situados más allá de la Naturaleza que nosotros conocemos; de unos
reinos cuya simple existencia aturde el cerebro con las inmensas posibilidades extracósmicas que ofrece a nuestra imaginación.

Dudo mucho de que Ammi me mintiera de un modo consciente, y no creo que su historia sea el relato de una mente desquiciada, como supone la gente de la ciudad.
Algo terrible llegó a las colinas y valles con aquel meteoro, y algo terrible -aunque ignoro en qué medida- sigue estando allí. Me alegra pensar que todos
aquellos terrenos quedarán inundados por las aguas. Entretanto, espero que no le suceda nada a Ammi. Vio tanto de la cosa…, y su influencia era tan insidiosa…
¿Por qué no ha sido capaz de marcharse a vivir a otra parte? Ammi es un anciano muy simpático y muy buena persona, y cuando la brigada de trabajadores
empiece su tarea tengo que escribir al ingeniero jefe para que no lo pierda de vista. Me disgustaría recordarlo como una gris, retorcida y quebradiza monstruosidad
de las que turban cada día más mi sueño.

FIN 

1
. Erial: Dícese de la tierra o campo sin cultivar ni labrar. Sinónimos: yermo, páramo, tierra sin cultivar.
2
. Saxífraga: Planta herbácea que crece entre las piedras, utilizada como ornamental.

Publicada el: en Febrero 10, 2010 a las 9:50 pm Comentarios (0)

Abuela

Hola, amantes del terror: en este día tan señalado en el que se cumplen 50 años del estreno de una gran película de terror como es “Psicosis”, sirva este post como homenaje a Robert Bloch, del cual ya publiqué “El vampiro estelar”, y por supuesto, al gran maestro del suspense, Alfred Hitchcock. Allá donde estén, siempre vivirán en su arte, y en el miedo que nos hacen pasar cada vez que leemos o vemos sus obras. En fin, que aunque el relato de hoy no tiene nada que ver, necesitaba decir esto. Y sin más, os dejo con Stephen King, quizá el escritor más prolífico y a la vez uno de los mejores en esto del terror durante los últimos tiempos. Sin duda, lo que lo ha hecho popular es su forma sencilla de narrar sus historias, llenas en su mayor parte de elementos muy cotidianos pero mezclándolos con otros que no lo son tanto, con un lenguaje bastante coloquial, que aunque a veces juega en su contra, desde luego lo hace muy fácil de leer a aquellos que le tienen algo de reticencia a la literatura. Por si esto fuera poco, también sabe hacer muy bien eso de plasmar pensamientos y meterse en la mente de sus personajes para conseguir que nosotros también nos introduzcamos hasta el fondo en la piel de los protagonistas. Sea como fuere, nos lo ha hecho pasar muchas veces, de miedo, con miedo. Y si a vosotros no, ahora podéis tener un botón de muestra, con este pequeño relato. Que tengáis espantosas pesadillas. Ah, y por cierto, creo que un psicópata está celebrando que hace 50 años le hicieron una película, así que, por favor, tened cuidado. Sobre todo al meteros en la ducha…

ABUELA

STEPHEN KING

La madre de George fue hasta la puerta, vaciló un instante y volvió para acariciarle el pelo.

-No quiero que te preocupes -dijo-. No te pasará nada. Y a Abuela, tampoco.

-Claro que no me pasará nada. Dile a Buddy que se lo tome con filosofía.

-¿Cómo?

George sonrió.

-Que esté tranquilo.

-Ah, qué gracioso -sonrió también, con una sonrisa distraída, como si no sonriera a nadie en particular-. George, ¿estás seguro…?

-Todo saldrá bien.

“¿Estás seguro de qué? ¿Estás seguro de que no te asusta quedarte a solas con Abuela? ¿Qué es lo que iba a preguntar?”

Si era eso, la respuesta era no. Después de todo, ya no tenía seis años, como cuando llegaron de Maine para cuidar a Abuela y gritó de terror cuando ésta
le tendió sus enormes brazos desde aquel sillón de vinilo blanco que olía siempre a huevos pasados por agua y aquel polvo dulzón que Mami le ponía en la
piel. Abuela abría sus blancos brazos para estrecharlo contra su inmenso cuerpo de elefante. A Buddy ya le había tocado el turno, se había dejado engullir
por el ciego abrazo de Abuela y había salido con vida de la experiencia…, pero Buddy tenía dos años más que él.

Ahora Buddy estaba ingresado en el Hospital CMG de Lewiston, con una pierna rota.

-¿Tienes el número del médico, por si pasara algo? Que no pasará, ¿verdad?

-Verdad -contestó George, sonriente, tragando con la garganta seca. ¿Resultaba natural su sonrisa? Seguro, seguro que sí. Además, ya no le temía a Abuela.
Después de todo, ya no tenía seis años. Mami se iba al hospital para ver a Buddy y él se quedaba y “se lo tomaba con filosofía”. No había problema en pasar
algún tiempo a solas con Abuela.

Mami fue hasta la puerta por segunda vez, dudó nuevamente y retrocedió una vez más, con aquella sonrisa dirigida a nadie en particular.

-Si se despierta y te pide la infusión…

-Ya sé -contestó George, vislumbrando la preocupación de Mami y su aprensión, bajo aquella sonrisa distraída. Estaba preocupada por Buddy, Buddy y su estúpida
Liga Pony. El entrenador había llamado diciendo que Buddy se había hecho daño durante un partido en el gimnasio. George se acababa de enterar de la noticia.
Había vuelto de la escuela y estaba engullendo una galleta y un vaso de leche con cacao, cuando oyó a su madre al teléfono con voz entrecortada:

-¿Herido? ¿Buddy? ¿Muy grave?

-Ya sé lo que tiene Buddy, Mami. Es muy fácil. Se llama transpiración negativa. Anda, vete.

-Sé buen chico, George y no te asustes. Abuela ya no te asusta, ¿verdad?

George carraspeó, sonriendo. Le gustó su propia sonrisa, la sonrisa de un chico que “se lo tomaba con filosofía”, la sonrisa de un chico que lo entendía
todo, la sonrisa de un chico que había dejado atrás los seis años definitivamente. Tragó saliva. Era una gran sonrisa, pero, un poco más allá, en la oscuridad,
sentía la garganta muy seca, como forrada de algodón.

-Dile a Buddy que siento que se haya roto la pierna.

-De tu parte -contestó Mami y se dirigió hacia la puerta de nuevo. El sol de las cuatro de la tarde entró en un haz oblicuo por la ventana-. Gracias a Dios,
suscribimos el seguro de deportes, Georgie. Porque no sé qué hubiéramos hecho ahora sin él.

-Dile que confío en que le haya dado una buena tunda a ese imbécil.

Mami volvió a sonreír, distraída, una mujer de más de cincuenta años, con dos hijos pequeños, uno de trece, otro de once, y sin marido. Finalmente, Mami
abrió la puerta y un fresco susurro de octubre se coló en la casa.

-Y recuerda, el doctor Arlinder…

-Sí, Mami -dijo George-. Será mejor que te vayas; si no, llegarás cuando ya le hayan puesto el yeso.

-Seguramente Abuela dormirá todo el tiempo-añadió Mami-. Te quiero, Georgie, eres un buen hijo- y cerró la puerta.

George fue hasta la ventana y vio cómo Mami se acercaba a toda prisa al viejo Dogde del 69, que gastaba demasiada gasolina y demasiado aceite, mientras
hurgaba en el bolso en busca de las llaves.

Ahora, ya fuera de la casa y sin saber que George la observaba, la sonrisa distraída se esfumó y sólo quedó una mujer distraída… distraída y preocupada
por Buddy. George estaba preocupado por ella. En cambio, Buddy no le inspiraba exactamente lo mismo. Buddy, que se divertía siempre tirándolo al suelo
y sentándose encima, aplastándole los hombros con las rodillas, mientras le golpeaba con una cuchara en la frente hasta volverlo loco. Buddy llamaba a
aquel estúpido juego la Cuchara de la Tortura del Bárbaro Chino y se reía como un endemoniado hasta hacer llorar a George. Buddy, que otras veces se divertía
aplicándole la Quemadura de la Cuerda India tan fuerte que el brazo de George se llenaba de minúsculas gotitas de sangre en los poros, como el rocío en
la hierba al amanecer. Buddy, que una noche había escuchado con tanto interés que a George le gustaba Heather MacArdle, y al que en la mañana siguiente
le faltó tiempo para correr por todo el patio de la escuela a la hora del recreo, gritando: ¡HEATHER Y GEORGE ESTÁN EN LA COLA, DÁNDOSE BESOS TODA LA NOCHE,
PRIMERO EL AMOR, LUEGO LA BODA Y AL FINAL UN NIÑO EN UN CARRICOCHE!, como una locomotora a toda marcha. Sabía que una pierna rota no duraba toda la vida,
pero también que Buddy le dejaría en paz al menos, mientras aquello durase. A ver si ahora me vas a dar con la Cuchara de la Tortura del Bárbaro Chino
con la pierna enyesada, Buddy. Claro que sí, chaval, te voy a dar con ella

CADA DÍA.

El Dodge retrocedió hasta la carretera, mientras su madre miraba a ambos lados, aunque no había tráfico, porque nunca pasaba nadie por allí. Tenía que recorrer
dos kilómetros entre cercas y hondonadas hasta encontrar la carretera principal y, después, diecinueve kilómetros hasta Lewiston.

El coche arrancó y se alejó por el camino, levantando una nube de polvo en el aire brillante de la tarde de octubre.

Se quedó solo en la casa.

Con Abuela.

Tragó saliva.

-¡Ja! ¡Transpiración negativa! Tienes que tomártelo con filosofía, ¿verdad?

-Verdad -dijo George en voz baja, y cruzó la cocina, bañada por el sol. Era un chico bien parecido, pelirrojo, con pecas y un reflejo de buen humor en los
ojos de un gris oscuro.

Buddy había sufrido el accidente mientras jugaba con su equipo en los campeonatos del 5 de octubre. El equipo de George, los Tigres, de la Liga Pee Wee,
había perdido el primer día, hacía dos semanas (”¡Vaya puñado de tontos!”, había exclamado Buddy, exultante, cuando George salió casi sollozando del campo.
“¡Vaya puñado de MARIQUITAS!”)… y ahora Buddy se había roto la pierna. Si no fuera porque su madre estaba tan preocupada y tan asustada, se hubiera alegrado.

Había un teléfono en la pared y, junto a él, un tablero para tomar notas y un lápiz borrable. En el ángulo superior del tablero se veía una Abuela campesina,
dicharachera y alegre, con las mejillas sonrosadas, el pelo blanco recogido en un moño, y apuntando el centro del tablero con el índice. De su boca salía
una nube, como las de las tiras cómicas, en la que se leía: “¡RECUERDA, HIJO!”. Era un dibujo muy divertido. En el tablero, con la penosa caligrafía de
su madre, Dr. Arlinder, 681 - 4330. No es que Mami hubiera apuntado el número precisamente hoy por lo de Buddy. Llevaba allí más de tres semanas, desde
el comienzo de los ataques de Abuela.

George descolgó el teléfono.

“… así que le dije, dije, Mabel, si te trata de esa manera… ”

Volvió a colgar el teléfono. Era Henrietta Dodd. Henrietta se pasaba la vida al teléfono y, si era por la tarde, siempre tenía puesta la televisión como
fondo. Una noche en que Mami estaba tomando un vaso de vino con Abuela (desde la reaparición de los ataques, el doctor Arlinder ordenó que no tomara vino
en la cena… así que Mami dejó de beber también, cosa que George sentía, porque cuando Mami bebía se reía mucho y les contaba historias de cuando era
joven), Mami dijo que cada vez que Henrietta abría la boca, sacaba hasta las tripas. Buddy y George se rieron como salvajes y Mami se tapó la boca y dijo:
“No le digáis NUNCA a nadie lo que acabo de decir” y se echó a reír también. Acabaron los tres riéndose a carcajadas en la mesa y el escándalo fue tal
que Abuela se despertó y empezó a gritar: “¡Ruth! ¡Ruth! ¡RUUUUUUTH!” con aquella voz quejumbrosa y aguda, y Mami dejó de reír y fue a ver qué quería inmediatamente.

Por él, Henrietta Dodd podía hablar todo el día y toda la noche. Lo único que le importaba era saber que el teléfono funcionaba, porque hacía dos semanas
había habido un vendaval y desde entonces, el teléfono iba y venía como le daba la gana.

Se sorprendió a sí mismo contemplando el dibujo de la Abuela del tablero y preguntándose cómo sería tener una Abuela como aquélla. Su Abuela era enorme,
gorda y ciega. Además, la hipertensión había acentuado su senilidad. A veces, cuando tenía uno de sus ataques, sacaba el Tártaro, como decía su madre.
Llamaba a gente que nadie conocía, mantenía extrañas conversaciones que no tenían ningún sentido y farfullaba extrañas palabras que no significaban nada.
Una de esas veces, Mami se puso blanca como la nieve y le dijo que se callara, que se callara, ¡QUE SE CALLARA! George se acordaba muy bien, no sólo porque
era la primera vez que veía a Mami gritarle a la Abuela, sino porque al día siguiente se enteraron de que habían saqueado el cementerio de los Abedules
de Maple Sugar, volcando varias lápidas, arrancando de cuajo las puertas de hierro del siglo diecinueve y abriendo una o dos tumbas. Profanado era la palabra
que usó el señor Burdon, el director, cuando llamó a asamblea a todos los cursos y les dio una conferencia sobre Conducta Perniciosa y sobre cómo algunas
cosas Merecían Castigo. Aquella noche, al volver a casa, George le preguntó a Buddy qué quería decir profanado y Buddy dijo que significaba abrir tumbas
y mearse en los ataúdes, pero George no se lo creyó… hasta que se hizo de noche. Y vino la oscuridad.

Abuela hacía mucho ruido cuando tenía uno de sus ataques, pero la mayoría de las veces seguía en la cama en la que estaba postrada desde hacía tres años,
un fardo con pantalones de goma y pañales bajo el camisón de franela, la cara surcada por grietas y arrugas, los ojos vacíos y ciegos… con pupilas de
un azul desvaído flotando en una córnea amarillenta.

Al principio, Abuela veía bastante bien. Pero poco a poco se fue quedando ciega. Necesitaba siempre una persona que la ayudara a arrastrarse desde su sillón
de vinilo blanco con-olor-de-huevos-y-polvos-de-talco. En aquel tiempo, hacía unos cinco años, Abuela pesaba bastante más de cien kilos.

“Pero ahora no tengo miedo -se dijo, cruzando la cocina-. Ni una chispa. No es más que una vieja con ataques de vez en cuando.”

Llenó de agua la tetera y la puso a calentar. Tomó una taza y puso dentro una bolsita con hierbas especiales para la Abuela, por si se despertaba. Tenía
la loca esperanza de que eso no ocurriese, porque no le quedaría más remedio que ir hasta su dormitorio, elevar la cabecera de su cama de hospital y sentarse
junto a ella, dándole su infusión sorbo a sorbo, contemplando cómo aquella boca desdentada doblaba los labios en el borde de la taza y oyendo el chupeteo
y el ruido del líquido al caer en sus entrañas agonizantes y húmedas. A veces, se caía de la cama y había que levantarla y tenía la carne blanda como un
flan, como si estuviera llena de agua caliente, mientras te miraba con sus ojos ciegos…

George se pasó la lengua por los labios y caminó hacia la mesa de la cocina otra vez. La galleta y el vaso de cacao seguían donde los había dejado, pero
no tenía hambre. Miró sus libros de texto, forrados con papeles de colores, sin ningún entusiasmo.

Debería entrar en la otra habitación y ver si Abuela estaba bien.

Pero no quería.

Tragó saliva y volvió a sentir la garganta forrada de algodón.

“No tengo miedo de Abuela -pensó-. Si me tendiera los brazos otra vez, dejaría que me abrazara, porque no es más que una anciana que está senil y por eso
tiene esos ataques. Eso es todo. Deja que te abrace y no llores. Como lo hace Buddy.”

Cruzó el pasillo hasta el dormitorio de Abuela con cara de aceite de ricino y los labios blancos de tan apretados. Entreabrió la puerta y allí estaba Abuela
durmiendo, el pelo blanco amarillento esparcido sobre la almohada como una aureola, la boca desdentada entreabierta. El pecho, al respirar, se movía tan
suavemente bajo la colcha que apenas si se notaba; tanto, que había que fijarse muy bien para asegurarse de que no estuviera muerta.

“¡Dios mío! ¿Y qué pasa si se muere mientras Mami está en el hospital?”

“No se morirá. No se morirá.”

“Si, pero, ¿y si se muere?”

“No se morirá, no seas mariquita.”

Una de las manos de Abuela, del color de la cera derretida, se movió lentamente sobre la colcha. Sus largas uñas rascaron la tela, con un sonido casi imperceptible.
George cerró la puerta de golpe, con el corazón en la boca.

“Está tranquila como una piedra, idiota, ¿no lo ves? Fría como el hielo.”

Volvió a la cocina para ver cuánto hacía que se había ido su madre, si una hora o una hora y media… Si fuera una hora y media, ya podía empezar a esperar
su regreso. Miró el reloj y tuvo un disgusto: hacía veinte minutos que estaba solo. Ella ni siquiera habría llegado al hospital, de modo que regresaría…
Se quedó escuchando el silencio, inmóvil. Sólo se oía el zumbido de la nevera y el del reloj eléctrico. Y el murmullo de la brisa de la tarde, fuera. Pero,
más lejos aún, en el límite mismo de lo audible, el roce casi imperceptible de unas uñas sobre la tela… de unas manos arrugadas y huesudas deslizándose
sobre la colcha.

Elevó una oración en una sola bocanada de aire.

“PorfavorDiosmíonodejesquesedespiertehastaqueMamihayavueltoporJesucristoAmén. ”

Se sentó y acabó la galleta y el vaso de cacao. Pensó que sería divertido encender la tele para ver algo, pero temía que Abuela se despertara y empezara
a llamar con aquella voz aguda, imperiosa: ¡RUUUUUTH! ¡RUTH! ¡TRÁEME LA INFUSIÓN! ¡LA INFUSIÓN! ¡RUUUUUUUUTH!

George se pasó una lengua muy seca por unos labios más secos todavía, diciéndose a sí mismo que no tenía que ser tan cobarde. Abuela no era más que una
pobre anciana condenada a permanecer en la cama. Tampoco podía levantarse para hacerle algo malo, ni se iba a morir justamente aquella tarde, a pesar de
que ya tenía ochenta y tres años.

Descolgó el teléfono otra vez y se puso a escuchar.

“…el mismo día! ¡Además, sabía que estaba casado! ¡Jesús, odio esas lagartas que se creen más listas que nadie! Así que un día que estuve en la Granja,
fui y dije, dije… ”

George sabía que Henrietta estaba hablando con Cora Simard. Henrietta se colgaba del teléfono cada día desde la una hasta las seis de la tarde, primero
con La esperanza de Ryan y luego con Vivir su vida y más tarde con Todos mis hilos y después con En busca del mañana y Dios sabe cuántas telenovelas más.
Por otra parte, Cora Simard era una de sus más fieles corresponsales telefónicas y la conversación versaba siempre sobre:

1) quién iba a dar la próxima comida campestre y qué refrescos se iban a servir, 2) las lagartas esas que se creían más listas que nadie, y 3) lo que le
había dicho a Fulanita y Menganita en 3-a) la Granja, 3-b) la feria de antigüedades que celebraba la parroquia cada mes, o 3-c) el supermercado.

“… que si volvía a verla por allí, yo, mi deber de ciudadana es llamar a… ”

Volvió a colgar el teléfono. Buddy y él se burlaban siempre de Cora al pasar por delante de su casa, como los demás chicos de la vecindad. Cora era muy
gorda y una chismosa y una dejada y por eso le cantaban “¡Cora-Cora de Bora-Bora, comió caca de perro y quiere más ahora!” Mami los hubiera matado, de
haberse enterado de todo aquello. Pero ahora, en cambio, se sentía muy feliz de que Henrietta Dodd y Cora Simard estuviesen parloteando por teléfono toda
la tarde. Es más, si por él fuera, se podían pasar hasta el día siguiente. Además, no le tenía tanta tirria a Cora, después de todo. Una vez, George, que
corría porque Buddy le estaba persiguiendo, se cayó frente a la puerta de Cora y se hizo un corte en la rodilla. Ella le limpió y le curó la herida y les
dio un caramelo a cada uno. Aquella vez, se sintió avergonzado de haberle cantado tan a menudo aquello de la caca de perro y todo lo demás.

George tomó el libro de lecturas del aparador, lo tuvo en sus manos durante unos segundos y volvió a dejarlo donde estaba. Aunque el curso no había hecho
más que empezar, ya había leído todos los cuentos del libro. En realidad, leía mucho mejor que Buddy, aunque Buddy le superara en los deportes. “Ahora,
con la pierna rota, no me va a sacar ventaja durante algún tiempo”, pensó con regocijo.

Tomó el libro de historia, se sentó en la mesa de la cocina y empezó a leer cómo Cornwallis había rendido su espada en Yorktown, aunque no tenía la cabeza
en el tema y perdía el hilo constantemente. No pudo más, se levantó y se dirigió al pasillo otra vez. La mano amarilla seguía inmóvil y Abuela no dejaba
de dormir, su rostro un círculo gris hundido en la almohada, un sol agonizante rodeado por la salvaje aureola de pelo blanco amarillento. Para George,
no tenía precisamente el aspecto de quien ha ido envejeciendo y está a punto de morir, ni un aspecto sereno como el de una puesta de sol. A él le parecía
loca y…

(y peligrosa)

si, señor, peligrosa, como una osa salvaje capaz de pegarte un buen zarpazo cuando menos te lo esperas.

George recordaba bastante bien el traslado a Castle Rock para cuidar de Abuela después de morir Abuelo. Hasta entonces, Mami había sido empleada en la Lavandería
Stratford, de Stratford, Connecticut. Abuelo era tres o cuatro años más joven que Abuela y había trabajado como carpintero hasta el mismísimo día de su
muerte, de un ataque al corazón.

Ya por aquel entonces Abuela mostraba algunos síntomas de senilidad y tenía ataques de vez en cuando. De todas formas, siempre había representado un problema
para toda la familia con su temperamento volcánico. Había sido profesora de instituto durante quince años, con intervalos en los que, o bien tenía un hijo
más, o bien se metía en trifulcas con la Iglesia Congregacional, a la que pertenecía la familia. Mami siempre decía que Abuela había dejado de enseñar
a la vez que dejaba, junto con Abuelo, la Iglesia Congregacional. Pero una vez, hacía casi un año, vino Tía Flo desde Salt Lake City para visitarlos, y
George y Buddy se quedaron escuchando hasta muy tarde la conversación de su madre y su tía. Mami y su hermana hablaban y hablaban, pero la historia no
tenía nada que ver con la que les habían contado. A Abuela la echaron del instituto porque había hecho algo malo, algo que tenía que ver con libros, y
a los dos los habían echado también al mismo tiempo de la Iglesia. George no llegaba a entender cómo se podía echar a alguien del trabajo y de la Iglesia
por unos libros. Por eso, cuando Buddy y él se metieron en la cama, George preguntó por qué había pasado todo aquello.

-Hay muchas clases de libros, so estúpido -dijo Buddy en voz baja.

-Sí, ¿pero qué clase?

-¿Y yo qué sé? ¡Vete a dormir!

Silencio… George siguió pensando.

-¿Buddy?

-¿Qué? -contestó Buddy con sorda irritación.

-¿Por qué Mami nos dijo que Abuela se fue por su propia voluntad del instituto y de la iglesia?

-¡Porque hay un esqueleto en el armario, por eso!

George tardó mucho en dormirse. Se le iban los ojos hacia la puerta del armario, apenas visible a la luz de la Luna. ¿Qué pasaría si la puerta se abriera
de golpe y saliera un esqueleto de dentro, todo dientes y huesos y sin ojos? ¿Gritaría? ¿Qué había querido decir Buddy con aquello de “un esqueleto en
el armario”? ¿Qué tenían que ver los esqueletos con los libros? Acabó por dormirse sin darse cuenta y soñó que volvía a tener seis años y que Abuela le
buscaba con sus ojos ciegos y le tendía los brazos para abrazarlo, diciendo, con aquella horrible voz suya: “¿Dónde está el pequeño, Ruth? ¿Porqué llora?
Si no quiero más que meterlo en el armario… con el esqueleto”.

George no dejaba de pensar en todo aquello. Hasta que por fin, cuando ya hacía un mes que se había ido Tía Flo, le dijo a su madre lo que había oído. Entonces
ya había averiguado lo que quería decir tener un esqueleto en el armario, porque se lo había preguntado a la señora Redenbacher en la escuela. Dijo que
tener un esqueleto en el armario quería decir tener un escándalo en la familia, y un escándalo era algo que daba mucho que hablar a la gente.

-¿Igual que Cora Simard, que no para de hablar todo el tiempo?

La señora Redenbacher puso una cara muy rara y le temblaron los labios.

-George, eso no se dice… aunque supongo que sí, algo por el estilo.

Cuando George se confió a su madre, ésta puso una cara muy tensa y sus manos se posaron sobre el solitario que estaba haciendo.

-¿A ti te parece bien lo que has hecho, George? ¿Es que tu hermano y tú tenéis la costumbre de espiar conversaciones?

George, que tenía entonces sólo nueve años, bajó la cabeza.

-Mami, es que Tía Flo nos gusta mucho. Sólo queríamos oírla un poco más.

Y era la verdad.

-¿Fue idea de Buddy?

Sí que lo había sido, pero él no se lo iba a decir. No quería pasarse todo el tiempo volviendo la cabeza, lo que sucedería con toda seguridad si Buddy se
enteraba de que se había chivado.

-No, mía.

Mami siguió sentada sin decir palabra durante un buen rato y luego empezó a echar las cartas otra vez, muy lentamente, mientras hablaba.

-Tal vez haya llegado el momento de que lo sepas -dijo-. Mentir es aún peor que escuchar conversaciones, supongo, y todos hemos mentido a nuestros hijos
sobre Abuela. Yo creo que hasta nos mentimos a nosotros mismos, aunque no nos demos cuenta.

Empezó a hablar con una amargura repentina, como si se le escapara por entre los dientes un ácido. George sintió el calor de aquellas palabras en la cara
y retrocedió un paso.

-Excepto yo -prosiguió-. Yo tengo que vivir con ella y no puedo permitirme el lujo de mentir.

Mami le explicó que Abuela y Abuelo se habían casado y tenido un niño que nació muerto. Un año más tarde, tuvieron otro niño, y también nació muerto. El
médico le dijo a Abuela que nunca podría tener un embarazo completo y que todos sus niños nacerían muertos o morirían nada más salir a este mundo. Hasta
que uno de ellos muriese demasiado pronto para que su cuerpo pudiera expulsarlo y se le pudriese dentro y la matara a ella también.

Poco después, empezó lo de los libros.

-¿Libros para tener niños?

Pero Mami no pudo -o no quiso- decir qué clase de libros eran o de dónde los había sacado Abuela o cómo sabía de dónde sacarlos. Después de aquello Abuela
volvió a quedar embarazada y esa vez el niño vivió y creció muy bien, sin problemas, y era el Tío Lucas Larson. Después, la Abuela quedó embarazada otras
veces y tuvo otros hijos y vivieron todos. Pero, una vez, Abuelo le dijo que tirara los libros y trataran de hacerlo sin necesidad de ellos. Aunque no
pudieran, Abuelo creía que ya habían tenido suficientes hijos. Pero Abuela se negó. George preguntó a su madre por qué.

-Creo que los libros habían llegado a ser tan importantes para ella como sus propios hijos -contestó.

-No lo entiendo -dijo George.

-Bueno -contestó Mami-. No es que yo lo entienda muy bien tampoco. Además, recuerda que yo era muy pequeña. Todo lo que sé de cierto es que los libros tenían
un cierto poder sobre ella. Abuela dijo que no había más que hablar sobre el asunto y nunca se volvió a tocar el tema, porque ella era la que llevaba los
pantalones en casa.

George cerró de repente el libro de historia. Miró el reloj y vio que ya eran cerca de las cinco. El estómago empezaba su música cotidiana. Se dio cuenta,
con una sensación muy cercana al horror, de que si Mami no estaba de vuelta alrededor de las seis, Abuela se despertaría y empezaría a pedir la cena a
gritos, y es que Mami parecía tan preocupada por lo de Buddy, que se había olvidado de darle instrucciones al respecto. Pensó que, en todo caso, siempre
podría darle una de sus cenas congeladas especiales. Abuela seguía una dieta sin sal, además de tomar mil píldoras diferentes al día.

En cuanto a él mismo, no tenía más que calentar las sobras de los macarrones con queso de la noche anterior. Con un poquito de ketchup por encima, estaría
para chuparse los dedos.

Sacó los macarrones de la nevera y los puso en una sartén, al lado de la tetera, que seguía esperando en caso de que Abuela se despertara y pidiera lo que
a veces llamaba “la fusión”. George empezó a servirse un vaso de leche, pero se detuvo y descolgó el teléfono otra vez.

“… y no daba crédito a mis ojos, cuando…” La voz de Henrietta Dodd se quebró, elevándose a un tono estridente. “¡Me gustaría a mí saber quién es la
fisgona que no hace más que escucharnos, vamos a ver…!”

George colgó el teléfono de golpe, con la cara roja de vergüenza.

“No sabe quién es, imbécil -se dijo-. ¡Hay seis teléfonos conectados a esa línea! ”

De todas maneras, no estaba bien escuchar conversaciones ajenas. Ni siquiera cuando estuviese a solas con Abuela, aquel enorme bulto que dormía en una cama
de hospital en la habitación contigua. Ni siquiera cuando le resultara imprescindible oír otra voz humana porque Mami estaba muy lejos, en Lewiston, iba
a oscurecer muy pronto y Abuela seguía en la otra habitación y Abuela parecía como

(sí, oh, sí, sí que lo parecía)

una osa descomunal que podía darte el último zarpazo mortal con sus garras sebosas.

George se sirvió la leche.

Mami había nacido en 1930, Tía Flo en 1932 y Tío Franklyn en 1934. Tío Franklyn murió de un ataque de apendicitis en 1948 y Mami guardaba todavía una foto
suya y se le caía una lágrima cuando la sacaba para mirarla. Mami decía que Frank había sido el mejor de todos los hermanos y que no se merecía haber muerto
de aquella manera y que Dios había jugado sucio al llevarse a Frank.

George miró por la ventana encima del fregadero. La luz tenía ahora un tinte más dorado y el sol estaba más bajo. La sombra del porche se había ido alargando
sobre el césped. Si Buddy no se hubiera roto su estúpida pierna, Mami estaría ahora aquí, preparando chile o algo así, además de la comida sin sal de la
Abuela, y todos hablarían y reirían y quizás hasta jugarían a las cartas después de cenar.

George encendió la luz de la cocina, aunque todavía fuese temprano, y decidió calentar los macarrones. Pensaba constantemente en Abuela, sentada en su sillón
de vinilo blanco, como una enorme oruga con camisón, la aureola salvaje de pelo esparcida sobre la bata de rayón rosa, extendiendo los brazos para cogerlo,
y él agarrándose a las faldas de Mami, gritando como un desesperado.

-Dámelo, Ruth, quiero darle un abrazo.

-Está un poco asustado, mamá. Ya te abrazará dentro de un tiempo.

Pero la voz de Mami revelaba que también ella estaba asustada.

“¿Asustada? ¿Mamá?”

George se quedó pensando. ¿Era verdad? Buddy dice que la memoria juega malas pasadas. ¿Realmente parecía Mami asustada?

Sí. Lo parecía.

La voz de Abuela se elevó, autoritaria.

-¡No mimes al niño, Ruth! Dámelo. Quiero abrazarlo.

-No. Está llorando.

Abuela bajó sus pesados brazos con aquellos colgajos blancos de carne. Una sonrisa senil, pero astuta, se dibujó en su boca sin dientes.

-¿Es cierto que se parece a Franklyn, Ruth? Una vez me dijiste que se parecía mucho.

Lentamente, George removió los macarrones con el queso y el ketchup. No había vuelto a recordar aquel incidente, hasta ese momento. Tal vez el silencio
se lo hubiese traído a la memoria. El silencio y el hallarse solo con Abuela en la casa.

Por lo visto, Abuela tuvo hijos y siguió enseñando en el instituto, para gran asombro de los médicos que la habían desahuciado, y Abuelo trabajó como carpintero
y ganó más y más dinero, sin que le faltara nunca trabajo, incluso en lo más negro de la Gran Depresión, hasta que, al final, la gente empezó a murmurar,
dijo Mami.

-¿Qué decían? -preguntó George.

-Bah, nada importante -contestó Mami, recogiendo las cartas de repente-. Decían que tus abuelos tenían demasiada suerte para ser gente normal, eso es todo.

Poco después se descubrió lo de los libros. Mami no añadió nada más, sino que el consejo del instituto encontró varios y un investigador que habían contratado
encontró unos cuantos más. Hubo un gran escándalo y los abuelos no tuvieron más remedio que irse a vivir a Buxton y ése fue el final de todo aquel jaleo.

Los hijos crecieron y tuvieron sus propios retoños, convirtiéndose todos en tías y tíos. Mami se casó y se fue a vivir a Nueva York con Papá, al que George
ni siquiera recordaba. Mientras, nació Buddy. Después se trasladaron a Stratford y en 1969 nació George. En 1971 Papá murió arrollado por un coche que
conducía “el borracho que tuvo que ir a la cárcel”.

Cuando Abuelo tuvo el ataque al corazón hubo muchísimas cartas entre los tíos y tías, arriba y abajo arriba y abajo. No querían meter a la vieja en un asilo,
ella tampoco quería ir. Y cuando Abuela decidía algo, todos se guardaban muy bien de llevarle la contraria. Ella se proponía pasar los últimos años de
su vida con uno de sus hijos. Pero todos estaban casados, y las mujeres y los maridos de los hijos no deseaban tener en casa una vieja senil y con frecuentes
y muy desagradables arranques. La única que no tenía marido era Ruth.

Lo de las cartas continuó durante un buen tiempo y, al final, no le quedó a Mami más remedio que resignarse. Dejó su trabajo y se vino a Maine para cuidar
a Abuela. Entre todos los hermanos habían reunido ahorros para comprar una casita en las afueras de Castle View, donde los precios no eran demasiado altos.
Cada mes le enviarían un cheque para que pudiera mantener a la vieja y hacerse cargo de ella misma y sus niños.

“Lo que pasa es que mis hermanos me tendieron una trampa”, recordó George haberle oído una vez.

No estaba muy seguro de lo que eso significaba, pero lo había dicho con un tono tan amargo, como el de quien quiere reír una broma, pero se atraganta como
con un hueso de aceituna. George sabía, porque Buddy se lo había contado, que Mami había accedido porque toda la familia le había asegurado que Abuela
no duraría mucho. Tenía demasiados problemas, presión alta, uremia, obesidad, palpitaciones y otros achaques, para durar eternamente. Probablemente, no
pasaran más de ocho meses, dijeron Tía Flo, Tía Stephanie y Tío George (en honor a ese tío le habían puesto George a él). A lo sumo, un año. Pero ya llevaba
cinco años, lo cual no está mal para una vieja que tiene tantos problemas…

No estaba mal lo que estaba durando, de acuerdo. Como una osa en su madriguera, esperando, esperando… ¿qué?

(”Ruth, tú sabes cómo llevarla. Ruth, tú sabes hacerla callar.”)

George se detuvo en medio de uno de sus viajes a la nevera para leer las instrucciones del envase de una de las cenas especiales de Abuela. Se quedó helado.
¿De dónde había salido aquella voz que oía dentro de su cabeza?

De pronto, se le puso la piel de gallina. Se metió la mano por debajo de la camisa y se tocó una de las tetillas. Estaba dura como una piedra. Retiró el
dedo rápidamente.

Era el Tío George, el que llevaba su mismo nombre, el que trabajaba para Sperry-Rand en Nueva York. Había sido su voz. Al venir con su familia para verlos,
hacía dos -no, tres- años, dijo algo que George escuchó y no pudo olvidar.

-Es más peligrosa ahora, desde que está senil.

-George, cállate. Los niños andan por ahí.

George permaneció de pie junto a la nevera, la mano en el tirador de cromo descascarillado, pensando, recordando, mirando la creciente oscuridad. Buddy
no estaba el día en que Tío George hizo aquel comentario. Estaba fuera, jugando y haciendo esquí sobre hierba en la colina de Joe Camber. Pero George se
había quedado en casa y andaba buscando algo en la cajonera de la entrada, un par de calcetines gruesos que hicieran juego. ¿Y acaso era culpa suya que
Mami y el Tío George estuvieran hablando en la cocina? George creía que no. ¿Era culpa de George que Dios no le hubiera dejado sordo en aquel preciso instante
o, al menos, hubiese hecho inaudible la conversación de los mayores? George creía que tampoco eso era culpa suya. Como su madre había dicho en más de una
ocasión, Dios, a veces, jugaba sucio.

-Ya sabes a qué me refiero -dijo Tío George.

Su mujer y sus tres hijas se habían ido a Gates Falls para hacer unas compras de Navidad de última hora y Tío George estaba bastante alegre, como aquel
“borracho que tuvo que ir a la cárcel”. George lo notó porque las palabras se le hacían un lío en la lengua.

-Ya sabes lo que le pasó a Franklyn cuando se enfadó con ella.

-¡Cállate o voy a tirar la cerveza en el fregadero!

-Bueno, no es que ella quisiera, en realidad… Fue él quien se fue de la lengua. Peritonitis…

-¡George, cállate!

“Tal vez -recordó George haber pensado en aquel momento- no sea sólo Dios el que juega sucio.”

Interrumpió el hilo de sus recuerdos y sacó una de las cenas congeladas de la Abuela de la nevera. Era ternera con un acompañamiento de guisantes. Había
que precalentar el horno a 80 grados y meterla en él. Era muy fácil. Además, lo tenía todo dispuesto. El agua para la infusión estaba ya caliente, por
si Abuela lo requería. Podría tener la cena preparada en un periquete si Abuela se despertaba y se la pedía a gritos. Infusión o cena, un pistolero rápido
con dos pistolas. El número del doctor Arlinder estaba en el tablero, para casos de emergencia. Todo estaba bajo control, así que, ¿por qué preocuparse?

Nunca le habían dejado solo con Abuela, eso es lo que le preocupaba.

“Dame el chico Ruth. Dámelo…

“No, está llorando.

“Es más peligrosa ahora… Ya sabes a qué me refiero.”

“Todos mentimos a nuestros hijos sobre Abuela.”

Ni a él, ni a Buddy. A ninguno de los dos los habían dejado jamás solos con la Abuela. Hasta ahora.

De pronto, sintió la boca muy seca. Llenó un vaso con agua del grifo y se lo bebió de un trago. Se sentía… raro. Todos esos pensamientos, todos esos recuerdos,
¿por qué salían a la luz precisamente ahora?

Tenía la sensación de hallarse ante un rompecabezas y sin posibilidad de recomponerlo. Tal vez fuese mejor así, porque la imagen que apareciera podría ser,
bueno, bastante horrible. Podría…

En la otra habitación, donde Abuela vivía de día y de noche, se oyó de pronto un sonido con algo de tos ahogada, algo de jadeo.

George se atragantó al inhalar aire, quedándose sin aliento. Se volvió hacia la habitación de Abuela y no pudo andar, tenía los zapatos clavados al suelo.
El corazón le latía violentamente. Los ojos desmesuradamente abiertos. “Andad”, le decía el cerebro a los pies, y ellos se cuadraban y respondían: ” ¡De
ninguna manera, señor!”.

Abuela nunca había hecho un ruido como aquél.

Abuela nunca había hecho un ruido como aquél.

Otra vez aquel gemido, que se alzó por un momento, para luego bajar, cada vez más, hasta morir lentamente… George consiguió moverse al fin. Recorrió la
distancia que separaba la habitación de Abuela de la cocina. Entreabrió la puerta y atisbó por la rendija. El corazón le golpeaba en el pecho como un martillo.
Ahora sí que tenía la garganta llena de algodón. No había manera de tragar saliva.

Primero pensó que Abuela estaba durmiendo y que no había pasado nada. No había sido más que un sonido raro, eso era todo; tal vez algo que hiciera habitualmente
mientras Buddy y él estaban en la escuela. Sólo un ronquido. Abuela estaba bien. Durmiendo.

Eso fue lo primero que pensó, pero un detalle atrajo su atención: la mano que antes reposaba sobre la colcha, ahora colgaba inerte, al lado del lecho, las
uñas casi rozando el suelo. Y tenía la boca abierta, tan oscura y arrugada como un agujero en una fruta podrida.

Muy tímidamente, vacilando, George se acercó a la cama.

Se quedó junto a ella durante un largo rato, mirando a Abuela sin atreverse a tocarla. El leve movimiento del pecho bajo la colcha parecía haberse detenido.

Parecía.

Esa era la palabra clave: Parecía.

“Lo que pasa es que estás asustado, George. No eres más que un maldito estúpido, como dice Buddy. No es más que un juego que le está haciendo tu cerebro
a tus ojos. Respira la mar de bien, ella… ”

-¿Abuela? -dijo, y todo lo que salió de su garganta fue un susurro incomprensible. Se asustó y retrocedió de un salto, aclarándose la garganta.

-¿Abuela? ¿Quieres la infusión ahora? ¿Abuela?-dijo, esta vez un poco más alto.

Nada.

Tenía los ojos cerrados.

La boca abierta.

La mano colgando.

Fuera, el Sol poniente brillaba entre los árboles como una naranja rojiza.

De pronto, volvió a verla sentada en su sillón de vinilo blanco, tendiendo los brazos, con una estúpida sonrisa de triunfo. Y recordó uno de sus ataques,
cuando Abuela empezó a gritar palabras extrañas, palabras que parecían de una lengua extranjera.

-¡Gyaagin! ¡Gyaagin! ¡Hastur degryon Yos-sothoth!

Mami los envió inmediatamente fuera, gritándole a Buddy: “¡VETE!” cuando el chico se entretuvo para buscar sus guantes en la cajonera de la entrada, y Buddy
la miró por encima del hombro, tan asustado por el tono de su madre, que no gritaba jamás, y salieron los dos y se quedaron fuera un buen rato, con las
manos metidas en los bolsillos por el frío, preguntándose qué demonios estaba pasando…

Más tarde, Mami salió y los llamó para cenar, como si no hubiese pasado nada.

(”Tú sabes cómo llevarla, Ruth, tú sabes cómo hacerla callar.”)

George no había vuelto a pensar en aquel ataque hasta hoy. Sólo que ahora, mirando a Abuela, que yacía de una forma tan extraña en su cama de hospital,
recordó con creciente horror que al día siguiente de aquel ataque se habían enterado de que la señora Harham, que vivía cerca de allí y a veces visitaba
a Abuela, había muerto en la cama por la noche.

Los “ataques” de la Abuela.

Ataques.

Las brujas tienen poderes mágicos y eso es precisamente lo que las hace brujas, ¿no es así? Manzanas envenenadas, príncipes convertidos en sapos, casas
de mazapán, Abracadabra. Hechizos.

Las piezas sueltas del rompecabezas volaban ante los ojos de George como por arte de magia.

“Magia”, pensó George, con un escalofrío.

¿Cuál era la imagen resultante del rompecabezas? Era Abuela, naturalmente. Abuela y sus libros. Abuela, a quien habían echado del pueblo. Abuela, que primero
no podía tener niños y luego sí. Abuela, a quien habían expulsado de la Iglesia igual que del pueblo. La imagen final era Abuela, amarilla y gorda y arrugada
y sucia, con la boca sin dientes curvada en una sonrisa hundida, con los ojos ciegos y desvaídos, pero con la mirada astuta e inquietante, con un sombrero
negro cónico sobre la cabeza, salpicado de estrellas de plata y cuartos crecientes babilónicos y rutilantes, con ladinos gatos a los pies, los ojos amarillos
como la orina, entre olores de cerdo y de humedad, de cerdo y de fuego, viejas estrellas y luces de velas tan oscuras como la tierra en la que reposan
los ataúdes, con palabras de libros antiguos, cada palabra como una piedra, cada frase como una cripta en un pestilente osario, cada párrafo una caravana
de pesadillas con los muertos de las plagas caminando hacia la hoguera. Los ojos infantiles de George se abrieron en un instante al profundo pozo de la
negrura.

Abuela había sido una bruja, igual que la Bruja Malvada de El mago de Oz. Y ahora estaba muerta. Aquel sonido que había hecho con la garganta, aquel ronquido
ahogado había sido un… un… estertor de muerte.

-¿Abuela? -susurró otra vez y pensó locamente:

“Pin pon pin puerto, la bruja ha muerto”.

No obtuvo respuesta. Puso la mano delante de la boca de Abuela. Ni una ligera brisa quedaba en ella. Había calma chicha, y velas caídas y quilla inmóvil
en medio del agua. El terror había cedido un poco. Ahora podía pensar más serenamente. Recordó que Tío Fred le había enseñado a mojarse un dedo para ver
si hacía viento y de dónde venía. Se pasó la lengua por toda la palma de la mano y la sostuvo delante de la boca de Abuela.

Nada.

Pensó que lo mejor sería llamar al doctor Arlinder, pero se detuvo. ¿Y si llamaras al doctor y no estuviese muerta del todo? Haría un ridículo espantoso.

“Tómale el pulso.”

Se paró en el vestíbulo, mirando por la puerta entreabierta aquella mano inerte y aquella muñeca blanca, que la manga del camisón había revelado al quedar
un poco remangada. Pero no sabía cómo hacerlo. Una vez, después de una visita del doctor, la enfermera le tomó el pulso. Cuando ambos se fueron, George
lo intentó por sí mismo, buscando frenéticamente aquel latido, pero sin éxito. Si por él fuera, estaba tan muerto como Abuela.

Además, en realidad, no quería… bueno… tocar a Abuela. Aun cuando estuviera muerta. Mejor dicho, especialmente si estaba muerta.

Se quedó en la entrada, mirando ora a la Abuela, ora el número del doctor Arlinder en el tablero. No tenía otra alternativa, tendría que llamar, tendría
que…

¡…busca un espejo!

¡Claro que sí! Si respiras delante de un espejo, se cubre de vaho. Una vez, había visto en una película cómo un doctor se lo había hecho a un chico. El
cuarto de Abuela comunicaba con un cuarto de baño y George se apresuró a buscar el espejo de Abuela. Era neutro por un lado y de aumento por el otro, de
los que se usan para depilarse las cejas y todo eso.

George volvió al lado de la cama y sostuvo el espejo delante de la boca abierta de Abuela hasta casi tocarla. Contó hasta sesenta, sin dejar de mirar la
cara de la anciana. Nada, el espejo estaba tan limpio y brillante como antes. No le cabía duda, Abuela había muerto.

Abuela estaba muerta.

George pensó, con cierta sorpresa, pero con alivio, que ahora sí podía sentir piedad por la vieja. Tal vez hubiese sido bruja. O tal vez no. O tal vez solamente
hubiese creído serlo. Fuera lo que fuese, había muerto. Como un adulto, pensó que las cosas de la realidad concreta tomaban un aspecto, no menos importante,
sino menos vital, vistas a la luz de la muerte. Pensó como un adulto y sintió el alivio de un adulto. Era una huella en el alma. Como las impresiones infantiles
de los adultos. Sólo más tarde el niño se da cuenta de que estaba siendo formado por experiencias diversas.

Devolvió el espejo al cuarto de baño y volvió a cruzar el dormitorio, sin dejar de mirar el gran bulto en la cama. El Sol poniente pintaba de rojo y naranja
aquella horrible cara. George miró hacia otro lado.

Cruzó de nuevo la entrada y fue hasta el teléfono, dispuesto a actuar como creía que había que hacerlo. Se sentía interiormente superior a Buddy. Cada vez
que se burlara, le diría tan sólo: “Estaba solo en casa cuando Abuela murió y lo hice todo por mí mismo”.

Lo primero que había que hacer era llamar al doctor Arlinder, y decirle: “Mi Abuela acaba de morir. ¿Puede usted decirme lo que tengo que hacer? ¿Cubrirla
o algo así?”.

No.

“Creo
que mi Abuela acaba de morir.”

Sí.
Sí, era mucho mejor así. Al fin y al cabo, todo el mundo cree que un niño no sabe hacer nada por sí mismo.

O:

“Estoy casi seguro de que mi Abuela ha muerto…

¡Ya estaba! ¡Eso era lo mejor!

Y contarle lo del espejo y lo del estertor y todo lo demás. Y el doctor vendría enseguida y después de examinar a la Abuela, diría: “Abuela, te pronuncio
muerta”, y luego, a George, “Has estado muy sereno en una situación difícil, George, te felicito”. Y George diría algo modesto, como requería la ocasión.

George miró el número del doctor Arlinder y aspiró profundamente un par de veces para darse ánimo. Descolgó el auricular. El corazón seguía latiéndole fuertemente,
pero ya no con el terror de antes. Abuela había muerto. Lo peor ya había sucedido y, en el fondo, era mucho mejor que oírla gritar que quería su infusión.

El teléfono también se había muerto.

Sólo le llegó el vacío desde el auricular, los labios todavía abiertos como para decir: “Lo siento, señora Dodd, soy George Bruckner y tengo que llamar
al doctor para mi Abuela”. Pero no había ni conversaciones, ni señal para marcar, ni nada. Sólo un vacío muerto, como el de la otra habitación.

Abuela está…

está…

(Oh, está)

Abuela está fría como un témpano.

Otra vez la piel de gallina. Miró con ojos inciertos la tetera Pirex en el fogón, la taza sobre el mostrador, con la bolsita de hierbas dentro. Abuela nunca
más tomará su infusión. Nunca.

(está fría)

George se estremeció.

Apretó la horquilla del teléfono con el dedo, una, dos, muchas veces. El teléfono seguía muerto. Tan muerto como…

(tan frío como)

Colgó el auricular de un golpe y se oyó un leve timbrazo. George lo volvió a coger en un segundo, con la esperanza de que la línea hubiera vuelto en aquel
preciso instante. En vano. Lo volvió a colgar muy lentamente.

Otra vez sentía palpitaciones.

Estoy solo en la casa con un cadáver.

Cruzó la cocina muy lentamente, se paró junto a la mesa un minuto y después encendió la luz. La casa estaba empezando a quedarse a oscuras. Pronto el Sol
se habría ido y sería de noche.

Espera. Eso es todo lo que puedes hacer. Esperar a que regrese Mami. Después de todo, es mejor así. Si el teléfono no funciona, es mejor que se haya muerto
a que hubiera tenido uno de sus ataques o algo así… con espuma en la boca y todo eso y a lo mejor se caía de la cama…

No le gustaba nada todo aquello. Si no fuera por el teléfono, lo hubiera hecho todo tan bien…

Cómo estar completamente solo en medio de la oscuridad, pensando en cosas muertas que viven todavía, viendo formas y sombras en las paredes y pensando en
la muerte y en los muertos y todas esas cosas y cómo deben apestar y moverse en la oscuridad, pensando esto y pensando aquello, pensando en los gusanos
corriendo y enterrándose en la carne muerta, ojos que brillan en la oscuridad, el crujido de los tablones en el piso de arriba, algo cruza la habitación,
a través de las franjas de luz que vienen de la ventana, oh, sí.

En la oscuridad, los pensamientos dibujan un círculo perfecto. Da lo mismo que trates de pensar en flores, o en Jesús, o en el fútbol, o en ganar la medalla
de oro en las Olimpiadas, porque, al final, todo vuelve hacia aquella forma con garras y ojos abiertos.

-¡Demonios! -gritó, pegándose una bofetada a sí mismo, bien fuerte. Ya estaba bien, caramba, no hacía más que asustarse él solo. Además, ya no tenía seis
años. Estaba muerta, eso era todo. Aquella cabeza ya no tenía más pensamientos que los que pudiera tener el mármol, o el suelo, o un pomo de la puerta,
o la esfera de la radio, o…

Una voz interior, extraña, le tomó por sorpresa. Tal vez fuese sólo la voz de la supervivencia.

¡George, cállate y dedícate a tus cosas!

Sí, está bien, está bien, pero…

Volvió hasta la puerta del dormitorio para asegurarse.

Allí seguía Abuela, una mano colgando fuera del lecho, casi tocando el suelo, la boca desencajada. Abuela era como un mueble. Podías meterle la mano otra
vez en la cama o tirarle del pelo o echarle un vaso de agua o ponerle auriculares en las orejas y tocar Chuck Berry hasta que se hundiera el techo… a
ella le daba lo mismo. Abuela estaba, como decía a veces Buddy, fuera de sí. Abuela se había ido a pasear.

Un golpeteo continuo y bajo le sobresaltó y lanzó un grito. Era la puerta exterior, que Buddy había instalado la semana anterior y que daba bandazos en
el viento helado.

George abrió la puerta de la cocina, se inclinó y atrapó la puerta exterior en su viaje de vuelta. El viento le alborotó el pelo. Sujetó la puerta, preguntándose
de dónde había salido ese viento tan repentino. Cuando Mami se fue, el aire estaba en calma. Claro que, cuando se fue Mami, era pleno día y ahora estaba
anocheciendo.

George volvió a mirar cómo estaba Abuela otra vez y probó el teléfono otra vez. Nada, muerto todavía. Se sentó, se levantó, se sentó nuevamente y optó por
pasearse por la cocina, pensando.

Una hora más tarde era noche cerrada.

El teléfono seguía sin línea. George supuso que el viento, que ahora era casi un huracán, habría derribado algún poste, probablemente cerca de Beaver Bog,
donde había tantos. El teléfono dejaba escapar un sonido de vez en cuando, pero de manera lejana y fantasmal. Fuera, el viento gemía por las esquinas de
la casa. George pensó que ya tenía una historia que contar en la próxima acampada de los Boy Scouts… sentado solo en la casa, con su Abuela muerta en
la habitación de al lado, sin teléfono, y el viento arrastrando velozmente las nubes bajas, nubes negras por arriba y del color de la grasa rancia por
debajo, el color de las garras, quiero decir, manos de la Abuela.

Era, como decía Buddy, un clásico.

Ojalá pudiera contarlo ya y toda la historia estuviese pasada y enterrada. Se sentó en la mesa de la cocina, con el libro de historia abierto, dando un
respingo con cada ruido.., y ahora que el viento había crecido, cada rincón de la casa crujía en forma siniestra.

Volverá muy pronto. Volverá y ya no tendré que preocuparme por nada. Nada.

(no le has cubierto la cara)

volverá pro…

(no le has tapado la cara)

George saltó como si alguien le hubiese hablado en voz alta y miró con los ojos muy abiertos toda la cocina y el inútil teléfono. Hay que tapar la cara
de un muerto con una sábana. Como en las películas.

¡Al diablo! ¡Yo no entro en ese dormitorio!

¡No! Y no había razón alguna para que lo hiciera. ¡Mami le cubriría la cara cuando volviese! ¡O el doctor Arlinder, cuando llegara! ¡O el hombre de las
Pompas Fúnebres!

Alguien, cualquiera, menos él.

No tenía por qué hacerlo.

A él no le importaba y seguro que a Abuela tampoco.

Oyó la voz de Buddy.

Si no tenias miedo, ¿cómo es que no le cubriste la cara?

No me importaba.

¡Miedoso!

A Abuela tampoco le hubiera importado.

¡Miedoso! ¡Cobardica!

Sentado a la mesa, con aquel libro de historia que no había manera de leer, empezó a pensar que si no le cubría la cara a Abuela con la colcha, no podría
presumir de haber hecho todo como debía y entonces Buddy volvería a tener ventaja sobre él (a pesar de la pierna rota).

Se veía a sí mismo, contando la historia de miedo de Abuela muerta en medio de la acampada, delante del fuego, llegando al final feliz de cuando los faros
del coche de Mami barrieron la fachada de la casa -la reaparición de los adultos, restableciendo y confirmando el concepto del orden- cuando, de pronto,
entre las sombras se alza una figura oscura y una piña explota en el fuego y resulta que la figura en la sombra es Buddy, riéndose: Si eres tan valiente,
so cobardica, ¿cómo es que no le tapaste LA CARA?

George se levantó, recordándose a sí mismo que Abuela estaba fuera de si, que Abuela había muerto, que Abuela estaba más fría que un témpano y que Abuela
se había ido a pasear.

Si quisiera, podría ponerle la mano sobre la cama otra vez, meterle una bolsita de infusión por la nariz, ponerle auriculares tocando Chuck Berry a todo
volumen, etc., etc., y nada molestaría a Abuela, porque eso es lo que significaba estar muerto, nada podía molestar a un muerto. Una persona muerta era
la persona tranquila por excelencia, y el resto no era más que sueños inexorables y apocalípticos y febriles, sueños de puertas abriéndose de golpe en
la boca muerta de la medianoche, de rayos de luna azul bañando los huesos en los cementerios…

Susurró: “¿Quieres hacer el favor de parar? Deja de ser tan…”.

(macabro)

Se levantó. Había decidido ya lo que iba a hacer: entrar en el dormitorio y cubrirle la cara con la sábana y así Buddy no tendría ninguna ventaja sobre
él. Le administraría unos cuantos rituales sencillos y le cubriría la cara. Y después -se le iluminó la cara por el simbolismo de la situación- retiraría
su taza y su bolsita de infusión sin usar. Sí, eso era lo que iba a hacer.

Entró en el dormitorio, cada paso un esfuerzo de voluntad. La habitación estaba a oscuras, el cuerpo no era más que un enorme bulto encima de la cama. Buscó
el interruptor torpemente durante lo que parecía ser una eternidad, sin explicarse cómo no estaba donde él creía que debía estar. Por fin dio con él y
una luz amarilla llenó la estancia.

Abuela estaba en la cama, la mano inerte, la boca abierta. George la contempló, oscuramente consciente de que unas gotas de sudor se deslizaban por su propia
frente. Se preguntó si no bastaría con tomar aquella mano tan fría y colocar el brazo sobre la cama, a lo largo del cuerpo. Pero decidió que no, que su
mano debía estar colgando hacía bastante rato ya, que era demasiado, que no podía tocarla, que cualquier cosa, menos eso…

Lentamente, como si flotara en una nube, se acercó a Abuela y se quedó mirándola fijamente, casi encima de ella. Tenía la cara amarilla, en parte por la
luz, pero sólo en parte.

George respiraba por la boca, ansiosamente, como tratando de darse fuerzas. Tomó la colcha y la subió sobre la cara de Abuela, pero resbaló un poco y volvió
a bajar, revelando el nacimiento del pelo y las cejas, George se alzó de puntillas y volvió a tomar la colcha con mucho cuidado separando bien las manos,
para no rozarle la cara, y la volvió a subir. Esta vez, la colcha permaneció en su sitio. Por fin la había enterrado. Si, era por eso que se tapaba la
cara de un muerto, y eso era lo que se debía hacer: enterrarlo. Era un gesto definitivo.

Miró la mano que colgaba, que había quedado sin enterrar, y se dio cuenta de que sí, de que ahora podía tocarla ya, meterla debajo de la colcha y enterrarla
con el resto de la Abuela.

Se inclinó para agarrar la mano y la levantó.

La mano se volvió y le agarró la muñeca.

George dio un grito tremendo. Se tambaleó hacia atrás, gritando en aquella casa vacía, gritando más fuerte que el viento que silbaba en el alero, gritando
por encima de todos aquellos crujidos de la casa. Al retroceder, tiró del cuerpo de Abuela, que quedó inclinado bajo la colcha. La mano volvió a caer,
retorciéndose, viva, intentando agarrar algo… hasta que volvió a colgar inerte.

No pasa nada, no ha sido nada, no era más que un reflejo.

George asintió a su propia aseveración. Pero volvió a recordar cómo aquella mano fría se había vuelto y le había agarrado la muñeca. Volvió a gritar. Se
le salían los ojos de las órbitas, el pelo, completamente erizado, era como un sombrero cónico sobre su cabeza. El corazón corría como en estampida. La
habitación se inclinó locamente hacia la izquierda, luego se enderezó por un segundo, para inclinarse otra vez a la derecha. Cada vez que intentaba pensar
racionalmente, el pánico le ponía la piel de gallina. Quería salir de aquella habitación a toda velocidad, meterse en otro sitio, a cuatro kilómetros de
distancia, si pudiera. Dio media vuelta y salió corriendo, estampándose contra la pared: la puerta estaba abierta a un metro de distancia. Cayó de rebote
al suelo, con un tremendo golpe en la cabeza, que empezó a dolerle, a pesar del pánico. Se tocó la nariz y se manchó la mano de sangre, igual que la camisa,
sobre la que goteaba. Se levantó como pudo y miró la habitación lleno de terror.

La mano colgaba de la cama como antes, pero el cuerpo de Abuela ya no estaba inclinado, sino que estaba recto otra vez, bajo la colcha.

Todo había sido fruto de su imaginación. Había entrado en el dormitorio y el resto no había sido más que una película.

No.

El dolor le aclaró las ideas. La gente muerta no te agarra la muñeca. Muerto quiere decir muerto. Cuando estabas muerto podías servir de perchero, o meterte
en el neumático de un tractor y lanzarte ladera abajo, etc., etc. Cuando estabas muerto, la gente te podía hacer cosas a ti (por ejemplo, un niño podía
tomar tu mano y subirla a la cama), pero tus días activos -por decirlo de alguna manera- habían terminado.

A menos que seas una bruja. A menos que elijas morirte cuando la casa está sola y no hay más que un niño, porque así puedes… puedes… ¿puedes qué?

Nada. Era una estupidez. Había imaginado todo porque estaba asustado y ésa era toda la verdad. Se limpió la nariz con el brazo y gimió de dolor. Una mancha
de sangre cubría su antebrazo.

Lo que no iba a hacer era entrar en la otra habitación, eso era todo. Realidad o alucinación, no iba a hacer el tonto con Abuela. La llamarada de pánico
había cedido un poco, pero continuaba asustado, muy asustado, y todo lo que quería era que su madre llegase cuanto antes y se ocupara de todo.

George salió del dormitorio de espaldas, sin perder de vista la cama, y fue hasta la cocina. Suspiró con un aliento largo, ahogado. Quería pasarse un trapo
mojado por la nariz. Sintió ganas de vomitar. Se inclinó y tomó un trozo de tela de debajo del fregadero -uno de los pañales viejos de la Abuela- y lo
puso bajo el grifo de agua fría, mientras se sorbía la sangre como si fueran mocos.

Se acababa de poner la tela mojada en la nariz cuando desde la otra habitación le llegó una voz.

-Ven aquí, pequeño
-llamaba Abuela con su voz de ultratumba-. Ven aquí. Abuela quiere abrazarte.

George trató de gritar, pero abrió la boca y no pudo emitir sonido alguno, nada. En cambio, en la otra habitación, allí sí que se estaban produciendo sonidos.
Sonidos como los que oía cuando Mami entraba para bañar a la Abuela, dándole la vuelta, levantándola, dejándola caer, dándole la vuelta otra vez.

Sólo que esos sonidos eran diferentes ahora. Eran como si Abuela estuviera.., estuviera levantándose de la cama.

-¡Niño! ¡Ven aquí, pequeño! ¡Ahora MISMO! ¡Ven hacia aquí!

Vio con horror cómo sus pies obedecían la orden. Les mandó detenerse, pero ellos seguían, uno, dos, uno, dos, ep, aro, ep, aro, deslizándose sobre el linóleo.
Su cerebro era prisionero del cuerpo.

“Es una bruja, es una bruja y tiene uno de sus ataques. Ay, sí, es un ataque y es muy malo, REALMENTE muy malo, muy malo. Ay, Dios mío, ay, Jesús, ayúdame,
ayúdame.
. . ”

George atravesó la cocina y entró en el dormitorio.

ABUELA ESTABA FUERA DE LA CAMA, sentada en su sillón de vinilo blanco, el que no había usado desde hacía cuatro años, desde que se puso demasiado gorda
para poder andar y demasiado senil para saber hacer nada.

Pero Abuela no parecía senil.

Los rasgos de la cara eran fláccidos, pero la senilidad había desaparecido de su expresión, suponiendo que hubiera estado allí alguna vez y no hubiera sido
más que una máscara para engañar a niños pequeños y mujeres cansadas y sin marido.

Ahora la cara de Abuela resplandecía con feroz inteligencia, como la luz de una vela de cera, vieja y pestilente. Los ojos bailaban en sus órbitas, muertos.
El pecho seguía sin moverse. El camisón, remangado, dejaba ver unos muslos elefantinos, blancos. La colcha estaba a los pies de la cama.

Abuela le tendió sus enormes brazos.

-Quiero abrazarte, Georgie
-dijo la voz apagada y sin entonación-. No tengas miedo, pequeño. Deja que Abuela te abrace.

George se esforzó por retroceder, tratando de resistir aquella atracción casi magnética. Fuera, el viento seguía aullando. La cara de George se había alargado
y torcido, tensa, crispada por el espanto.

Empezó a caminar hacia ella. No podía remediarlo. Sus pies seguían arrastrándose, uno tras otro, hacia aquellos brazos abiertos. “Le enseñaría a Buddy que
él tampoco tenía miedo de Abuela y dejaría que Abuela le diera un abrazo porque no era ningún cobardica.” Siguió andando hacia ella.

Cuando ya se encontraba casi entre sus brazos, se oyó un crujido enorme al estallar la ventana, hechos añicos los cristales, y una rama de árbol penetró
en la estancia, con hojas de otoño aún sujetas a ella. El viento helado barrió toda la habitación, haciendo volar las fotos de Abuela, azotándole el pelo
y el camisón.

George pudo gritar por fin. Se escapó dando tumbos de entre sus brazos, mientras Abuela emitía un chasquido sibilante, como una serpiente, entreabriendo
los labios y dejando ver sus encías desdentadas. Las manos gruesas, arrugadas, intentaban asir el vacío.

George se hizo un lío con los pies y cayó al suelo. Abuela se levantó del sillón, bamboleándose bajo aquel enorme peso, caminando hacia él. George no podía
levantarse, las piernas, sin fuerza alguna, no le obedecían. Empezó a arrastrarse de espaldas, gimiendo. Abuela seguía avanzando, lenta, implacable, muerta,
pero viva. George comprendió en un instante lo que significaba aquel abrazo. El rompecabezas estaba completo. Pero cuando finalmente logró levantarse,
Abuela le agarró por la camisa. Se la desgarró y se quedó con un trozo en la mano. Por un momento, George sintió aquella carne fría contra su piel. Consiguió
escapar hasta la cocina.

Quería huir, correr en medio de la noche, todo, menos dejarse abrazar por la bruja, su Abuela. Porque cuando su madre volviera, encontraría a Abuela muerta
y a George vivo, si…, pero a George le habrían empezado a gustar las infusiones de hierbas, inexplicablemente.

Miró por encima del hombro y vio la sombra contrahecha, grotesca, de Abuela en la pared al cruzar la entrada.

De repente, el teléfono sonó, estridente.

George saltó hacia él, sin pensar, y empezó a gritar que alguien viniera, por favor, por favor, que viniera alguien. Gritó todo ello.., en silencio, porque
ni un solo sonido salió de su garganta.

Abuela entró en la cocina, tambaleándose en su camisón rosa. El pelo blanco y amarillo revoloteaba alrededor de su cara. Uno de los peinecillos se había
casi desprendido del pelo y colgaba sobre el arrugado cuello.

Abuela sonreía.

-¿Ruth?

Era la voz de Tía Flo, lejana, con una conexión defectuosa por el viento. Era Tía Flo, desde Minnesota, a más de dos mil kilómetros.

-¿Ruth? ¿Estás ahí?

-¡Socorro! -gritó George al teléfono y lo que salió de sus labios fue un pequeño, inaudible silbido.

Abuela se balanceaba sobre el linóleo, tendiéndole los brazos. Sus manos se abrían y se cerraban, intentando agarrar algo. Abuela quería aquel abrazo, por
algo había esperado cinco años.

-Ruth, ¿me oyes? Acaba de estallar una tormenta imponente… y me he asustado… Ruth, no te oigo…

-Abuela -gimió George al teléfono. Abuela estaba casi encima.

-¿George? -la voz de Tía Flo se erizó, aguda como un grito, instantáneamente-. George, ¿ eres tú?

George empezó a retroceder ante el avance de Abuela, cuando se dio cuenta de que se había alejado de la puerta y se había metido estúpidamente en un rincón,
entre los armarios de la cocina y el fregadero. El horror era inenarrable. La sombra de Abuela lo cubría ya por completo. George pudo, por fin, vencer
su parálisis y gritó desesperadamente al teléfono, una y otra vez.

-¡Abuela! ¡Abuela! ¡Abuela!

Las manos frías de Abuela tocaron su garganta. Los ojos viejos, borrosos, hipnotizaban los suyos, chupando toda su voluntad.

Vagamente, muy lejos, como si viniera a través de los años y a través de la distancia, oyó la voz llena de pánico de Tía Flo.

-Dile que se acueste, George, dile que se acueste y que no se mueva. Dile que debe hacerlo en tu nombre y en el de Hastur. Ese nombre tiene poder sobre
ella, George, dile: “Acuéstate en nombre de Hastur”, dile…

La mano vieja y arrugada arrancó el teléfono de la mano sin fuerza de George. De un tirón, rompió el cordón de la pared. George se dejó caer en el rincón
y Abuela, un montón de carne que ocultaba la luz, se inclinó sobre él.

George gritó.

-¡Acuéstate! ¡No te muevas! ¡En nombre de Hastur! ¡Hastur! ¡Acuéstate! ¡No te muevas!

Las manos de Abuela rodearon su cuello…

-¡Debes hacerlo! ¡Tía Flo dice que debes hacerlo! ¡En mi nombre!, ¡En nombre de tu padre! ¡Acuéstate! ¡No te mue…!

Y empezaron a apretar.

Cuando una hora más tarde las luces del coche por fin bañaron la fachada de la casa, George estaba sentado en la cocina, delante del libro de historia,
sin leer. Se levantó y le abrió la puerta a su madre. A su izquierda, el teléfono reposaba en el receptor, el cordón colgando inútilmente.

Mami entró, una hoja pegada a la solapa del abrigo.

-¡Qué viento! ¿Fue todo bien, Geor…? ¿George, qué ha pasado?

Mami palideció horriblemente en un segundo. Parecía la cara de un payaso.

-Abuela -contestó George-. Abuela ha muerto. Abuela ha muerto, Mami.

Empezó a llorar.

Su madre lo abrazó fuertemente y luego retrocedió hacia la pared, como si aquel abrazo hubiera acabado con todas sus fuerzas.

-¿Ha… ha pasado algo? -preguntó-. ¿George, ha pasado algo?

-El viento derribó la rama de un árbol en su ventana -respondió.

Mami lo cogió por los brazos y lo apartó un poco, adivinando aquella expresión de horror. Lo soltó inmediatamente, y, como un ciclón, entró en la habitación
de Abuela. Tal vez estuvo dentro unos cuatro minutos. Al salir, llevaba en la mano un trozo de tela. Era de la camisa verde de George.

-Le he arrancado esto de la mano -dijo Mami en un susurro imperceptible.

-Ahora no tengo ganas de hablar -dijo George-. Llama a Tía Flo, si quieres. Yo estoy muy cansado. Quiero irme a la cama.

Mami hizo un gesto como para detenerlo, pero se contuvo. George subió a la habitación que compartía con Buddy y abrió el aire caliente para oír lo que hacía
su madre. Mami no pudo hablar con Tía Flo aquella noche, porque alguien había arrancado el cordón del teléfono, pero tampoco pudo hablar con ella al día
siguiente porque, poco antes de que Mami regresara, George había dicho una serie de palabras, algunas de ellas en un latín bastardo, otras en algo que
parecían gruñidos predruidas y, a más de dos mil kilómetros de distancia, Tía Flo había caído muerta de hemorragia cerebral masiva. Era sorprendente cómo
volvían las palabras. Como todo volvía.

George se quitó la ropa y se tendió desnudo en la cama. Puso las manos tras la cabeza y dirigió la vista a la oscuridad del techo. Lentamente, muy lentamente,
una sonrisa horrible, siniestra, empezó a dibujarse en sus labios.

Las cosas no iban a seguir como antes a partir de ahora. Iban a ser muy, muy diferentes.

Por ejemplo, Buddy. Le costaba esperar a que Buddy volviera del hospital y empezase con su dichosa tortura de la Cuchara del Bárbaro Chino, o con la Cuerda
India, o algo por el estilo. Sabía que, al principio, tendría que permitírselo, por lo menos, durante el día y cuando hubiese gente alrededor, pero cuando
cayera la noche y estuviesen los dos solos en el dormitorio, en la oscuridad, con la puerta cerrada…

George se echó a reír en silencio.

Como siempre decía Buddy, iba a ser un clásico.

Publicada el: en Febrero 9, 2010 a las 5:26 pm Comentarios (0)

El vampiro estelar

Hola, incondicionales del miedo: continuamos con esta línea lovecraftiana, esta vez, de la mano de otro de los grandes. Se trata de Robert Bloch. Quizá por su nombre muchos no lo conozcan, pero si hablamos de la película “Psicosis”, y del libro que la inspiró, puede que os diga algo más. En definitiva, uno de los escritores que saben hacernos pasarlo de miedo, con miedo. Y más, con la criatura que perpetró en esta angustiante narración. Que la disfrutéis, si es que sois capaces. Dulces pesadillas, y antes de nada, por favor, cuando os vayáis a dormir, no dejéis las ventanas abiertas. Nunca se sabe lo que puede aparecer por ellas.
EL VAMPIRO ESTELAR

Robert Bloch

(Relato integrante del Libro Segundo de Los Mitos de Cthulhu)

Dedicado a H.P. Lovecraft

I

Confieso que sólo soy un simple escritor de relatos fantásticos. Desde mi más temprana infancia me he sentido subyugado por
la secreta fascinación de lo desconocido y lo insólito. Los temores innominables, los sueños grotescos, las fantasías más
extrañas que obsesionan nuestra mente, han tenido siempre un poderoso e inexplicable atractivo para mí.

En literatura, he caminado con Poe por senderos ocultos; me he arrastrado entre las sombras con Machen; he cruzado con Baudelaire
las regiones de las hórridas estrellas, o me he sumergido en las profundidades de la tierra, guiado por los relatos de la
antigua ciencia. Mi escaso talento para el dibujo me obligó a intentar describir con torpes palabras los seres fantásticos
que moran en mis sueños tenebrosos. Esta misma inclinación por lo siniestro se manifestaba también en mis preferencias musicales.
Mis composiciones favoritas eran la Suite de los Planetas y otras del mismo género. Mi vida interior se convirtió muy pronto
en un perpetuo festín de horrores fantásticos, refinadamente crueles.

En cambio, mi vida exterior era insulsa. Con el transcurso del tiempo, me fui haciendo cada vez más insociable, hasta que
acabé por llevar una vida tranquila y filosófica en un mundo de libros y sueños.

El hombre debe trabajar para vivir. Incapaz, por naturaleza, de todo trabajo manual, me sentí desconcertado en mi adolescencia
ante la necesidad de elegir una profesión. Mi tendencia a la depresión vino a complicar las cosas, y durante algún tiempo
estuve bordeando el desastre económico más completo. Entonces fue cuando me decidí a escribir.

Adquirí una vieja máquina de escribir, un montón de papel barato y unas hojas de carbón. Nunca me preocupó la búsqueda de
un tema. ¿Qué mejor venero que las ilimitadas regiones de mi viva imaginación? Escribiría sobre temas de horror y oscuridad
y sobre el enigma de la Muerte. Al menos, en mi inexperiencia y candidez, éste era mi propósito.

Mis primeros intentos fueron un fracaso rotundo. Mis resultados quedaron lastimosamente lejos de mis soñados proyectos. En
el papel, mis fantasías más brillantes se convirtieron en un revoltijo insensato de pesados adjetivos, y no encontré palabras
de uso corriente con que expresar el terror portentoso de lo desconocido. Mis primeros manuscritos resultaron mediocres,
vulgares; las pocas revistas especializadas de este género los rechazaron con significativa unanimidad.

Tenía que vivir. Lentamente, pero de manera segura, comencé a ajustar mi estilo a mis ideas. Trabajé laboriosamente las palabras,
las frases y las estructuras de las oraciones. Trabajé, trabajé duramente en ello. Pronto aprendí lo que era sudar. Y por
fin, uno de mis relatos fue aceptado; después un segundo, y un tercero, y un cuarto. En seguida comencé a dominar los trucos
más elementales del oficio, y comencé finalmente a vislumbrar mi porvenir con cierta claridad. Retorné con el ánimo más ligero
a mi vida de ensueños y a mis queridos libros. Mis relatos me proporcionaban medios un tanto escasos para subsistir, y durante
cierto tiempo no pedí más a la vida. Pero esto duró poco. La ambición, siempre engañosa, fue la causa de mi ruina.

Quería escribir un relato real; no uno de esos cuentos efímeros y estereotipados que producía para las revistas, sino una
verdadera obra de arte. La creación de semejante obra maestra llegó a convertirse en mi ideal. Yo no era un buen escritor,
pero ello no se debía enteramente a mis errores de estilo.

Presentía que mi defecto fundamental radicaba en el asunto escogido Los vampiros, hombres-lobos, los profanadores de cadáveres,
los monstruos mitológicos, constituían un material de escaso mérito. Los temas e imágenes vulgares, el empleo rutinario de
adjetivos, y un punto de vista prosaicamente antropocéntrico, eran los principales obstáculos para producir un cuento fantástico
realmente bueno.

Debía elegir un tema nuevo, una intriga verdaderamente extraordinaria. ¡Si pudiera concebir algo realmente teratológico, algo
monstruosamente increíble!

Estaba ansioso por aprender las canciones que cantaban los demonios al precipitarse más allá de las regiones estelares, por
oír las voces de los dioses antiguos susurrando sus secretos al vacío preñado de resonancias. Deseaba vivamente conocer los
terrores de la tumba, el roce de las larvas en mi lengua, la dulce caricia de una podrida mortaja sobre mi cuerpo. Anhelaba
hacer mías las vivencias que yacen latentes en el fondo de los ojos vacíos de las momias, y ardía en deseos de aprender la
sabiduría que sólo el gusano conoce. Entonces podría escribir la verdad, y mis esperanzas se realizarían cabalmente.

Busqué el modo de conseguirlo. Serenamente, comencé a escribirme con pensadores y soñadores solitarios de todo el país. Mantuve
correspondencia con un eremita de los montes occidentales, con un sabio de la región desolada del norte, y con un místico
de Nueva Inglaterra. Por medio de éste, tuve conocimiento de algunos libros antiguos que eran tesoro y reliquia de una ciencia
extraña. Primero me citó con mucha reserva, algunos pasajes del legendario Necronomicón, luego se refirió a cierto Libro
de Eibon, que tenía fama de superar a los demás por su carácter demencial y blasfemo. Él mismo había estudiado aquellos volúmenes
que recogían el terror de los Tiempos Originales, pero me prohibió que ahondara demasiado en mis indagaciones. Me dijo que,
como hijo de la embrujada ciudad de Arkham, donde aún palpitan y acechan sombras de otros tiempos, había oído cosas muy extrañas,
por lo que decidió apartarse prudentemente de las ciencias negras y prohibidas.

Finalmente, después de mucho insistirle, consintió de mala gana en proporcionarme los nombres de ciertas personas que a su
juicio podrían ayudarme en mis investigaciones. Mi corresponsal era un escritor de notable brillantez; gozaba de una sólida
reputación en los círculos intelectuales más exquisitos, y yo sabía que estaba tremendamente interesado en conocer el resultado
de mi iniciativa.

Tan pronto como su preciosa lista estuvo en mis manos, comencé una masiva campaña postal con el fin de conseguir libros deseados.
Dirigí mis cartas a varias universidades, a bibliotecas privadas, a astrólogos afamados y a dirigentes de ciertos cultos secretos
de nombres oscuros y sonoros. Pero aquella labor estaba destinada al fracaso.

Sus respuestas fueron manifiestamente hostiles. Estaba claro que quienes poseían semejante ciencia se enfurecían ante la idea
de que sus secretos fuesen develados por un intruso. Posteriormente, recibí varias cartas anónimas llenas de amenazas, e
incluso una llamada telefónica verdaderamente alarmante. Pero lo que más me molestó, fue el darme cuenta de que mis esfuerzos
habían resultado fallidos. Negativas, evasivas, desaires, amenazas…. ¡aquello no me servía de nada! Debía buscar por otra
parte.

¡Las librerías! Quizá descubriese lo que buscaba en algún estante olvidado y polvoriento.

Entonces comencé una cruzada interminable. Aprendí a soportar mis numerosos desengaños con impasible tranquilidad. En ninguna
de las librerías que visité habían oído hablar del espantoso Necronomicón, del maligno Libro de Eibon, ni del inquietante
Cultes des Goules.

La perseverancia acaba por triunfar. En una vieja tienda de South Dearborn Street, en unas estanterías arrinconadas, acabé
por encontrar lo que estaba buscando. Allí, encajado entre dos ediciones centenarias de Shakespeare, descubrí un gran libro
negro con tapas de hierro. En ellas, grabado a mano, se leía el título, De Vermis Mysteriis , “Misterios del Gusano”.

El propietario no supo decirme de dónde procedía el libro aquél. Quizá lo había adquirido hace un par de años en algún lote
de libros de segunda mano. Era evidente que desconocía su naturaleza, ya que me lo vendió por un dólar. Encantado por su
inesperada venta, me envolvió el pesado mamotreto, y me despidió con amable satisfacción.

Yo me marché apresuradamente con mi precioso botín debajo del brazo. ¡Lo que había encontrado! Ya tenía referencias del libro.
Su autor era Ludvig Prinn, y había perecido en la hoguera inquisitorial, en Bruselas, cuando los juicios por brujería estaban
en su apogeo. Había sido un personaje extraño, alquimista, nigromante y mago de gran reputación; alardeaba de haber alcanzado
una edad milagrosa, cuando finalmente fue inmolado por el fiero poder secular. De él se decía que se proclamaba el único
superviviente de la novena cruzada, y exhibía como prueba ciertos documentos mohosos que parecían atestiguarlo. Lo cierto
es que, en los viejos cronicones, el nombre de Ludvig Prinn figuraba entre los caballeros servidores de Monserrat, pero los
incrédulos lo seguían considerando como un chiflado y un impostor, a lo sumo descendiente de aquel famoso caballero.

Ludvig atribuía sus conocimientos de hechicería a los años en que había estado cautivo entre los brujos y encantadores de
Siria, y hablaba a menudo de sus encuentros con los djinns y los efreets de los antiguos mitos orientales. Se sabe que pasó
algún tiempo en Egipto, y entre los santones libios circulan ciertas leyendas que aluden a las hazañas del viejo adivino
en Alejandría.

En todo caso, pasó sus postreros días en las llanuras de Flandes, su tierra natal, habitando -lugar muy adecuado- las ruinas
de un sepulcro prerromano que se alzaba en un bosque cercano a Bruselas. Se decía que allí moraba en las sombras, rodeado
de demonios familiares y terribles sortilegios. Aún se conservan manuscritos que dicen , en forma un tanto evasiva, que era
asistido por “compañeros invisibles” y “servidores enviados de las estrellas”. Los campesinos evitaban pasar la noche por
el bosque donde habitaba, no les gustaban ciertos ruidos que resonaban cuando había luna llena, y preferían ignorar qué clase
de seres se postraban ante los viejos altares paganos que se alzaban, medio desmoronados, en lo más oscuro del bosque.

Sea como fuere, después de ser apresado Prinn por los esbirros de la Inquisición , nadie vio las criaturas que había tenido
a su servicio. Antes de destruir el sepulcro donde había morado, los soldados lo registraron a fondo, y no encontraron nada.
Seres sobrenaturales, instrumentos extraños, pócimas…. todo había desaparecido de la manera más misteriosa. Hicieron un
minucioso reconocimiento del bosque prohibido, pero sin resultado. Sin embargo, antes de que terminara el proceso de Prinn,
saltó sangre fresca en los altares, y también en el potro de tormento. Pero ni con las más atroces torturas lograron romper
su silencio. Por último, cansados de interrogar, arrojaron al viejo hechicero a una mazmorra.

Y fue durante su prisión, mientras aguardaba la sentencia, cuando escribió ese texto morboso y horrible, De Vermis Mysteriis,
conocido hoy por los Misterios del Gusano. Nadie se explica como pudo lograrlo sin que los guardianes lo sorprendieran; pero
un año después de su muerte, el texto fue impreso en Colonia. Inmediatamente después de su aparición, el libro fue prohibido.
Pero ya se habían distribuido algunos ejemplares, de los que se sacaron copias en secreto. Más adelante, se hizo una nueva
edición, censurada y expurgada, de suerte que únicamente se considera auténtico el texto original latino. A lo largo de los
siglos, han sido muy pocos los que han tenido acceso a la sabiduría que encierra este libro. Los secretos del viejo mago
sólo son conocidos hoy por algunos iniciados, quienes, por razones muy concretas, se oponen a todo intento de propagarlos.

Esto era, en resumen, lo que sabía del libro que había venido a parar a mis manos. Aun como mero coleccionista, el libro representaba
un hallazgo fenomenal; pero, desgraciadamente, no podía juzgar su contenido, porque estaba en latín. Como sólo conozco unas
cuantas palabras sueltas de esa lengua, al abrir sus páginas mohosas me tropecé con un obstáculo insuperable. Era exasperante
poseer aquel tesoro de saber oculto, y no tener la clave para desentrañarlo.

Por un momento, me sentí desesperado. No me seducía la idea de poner un texto de semejante naturaleza en manos de un latinista
de la localidad. Más tarde tuve una inspiración. ¿Por qué no coger el libro y visitar a mi amigo para solicitar ayuda? Él
era un erudito, leía en su idioma a los clásicos, y probablemente las espantosas revelaciones de Prinn le impresionarían
menos que a otros. Sin pensarlo más le escribí apresuradamente y muy poco después recibí su contestación. Estaba encantado
en ayudarme. Por encima de todo, debía ir inmediatamente.

II

Providence es un pueblo agradable. La casa de mi amigo era antigua, de un estilo georgiano bastante caro. La planta baja era
una maravilla de ambiente colonial. El piso alto, sombreado por las dos vertientes del tejado e iluminado por una amplia
ventana, servía de estudio a mi anfitrión. Allí reflexionamos durante la espantosa y memorable noche del pasado abril, junto
a la gran ventana abierta a la mar azulada. Era una noche sin luna, una noche lívida en que la niebla llenaba la vacía oscuridad
de sombras haladas. Todavía puedo imaginar con nitidez la escena: la pequeña habitación iluminada por la luz de la lámpara,
la mesa grande, las sillas de alto respaldo… Los libros tapizaban las paredes, los manuscritos se apilaban aparte, en archivadores
especiales.

Mi amigo y yo estábamos sentados junto a la mesa, ante el misterioso volumen. El delgado perfil de mi amigo proyectaba una
sombra inquieta en la pared, y su semblante de cera adoptaba, a la luz mortecina una apariencia furtiva. En el ambiente flotaba
como el presagio de una portentosa revelación. Yo sentía la presencia de unos secretos que acaso no tardarían en revelarse.
Mi compañero era sensible también a esta atmósfera expectante. Los largos años de soledad habían agudizado su intuición hasta
un extremo inconcebible. No era el frío lo que le hacía temblar en su butaca, ni era la fiebre la que hacía llamear sus ojos
con un fulgor de piedras preciosas. Aun antes de abrir aquel libro maldito, sabía que encerraba una maldición. El olor a
moho que desprendían sus páginas antiguas traía consigo un vaho que parecía brotar de la tumba. Sus hojas descoloridas estaban
carcomidas por los bordes. Su encuadernación de cuero estaba roída por las ratas, acaso por unas ratas cuyo alimento habitual
fuera singularmente horrible.

Aquella noche había contado a mi amigo la historia del libro, y lo había desempaquetado en su presencia. Al principio parecía
deseoso, ansioso diría yo, por empezar enseguida su traducción. Ahora, en cambio, vacilaba.

Insistía en que no era prudente leerlo. Era un libro de ciencia maligna. ¿Quién sabe qué conocimientos demoníacos se ocultaban
en sus páginas, o qué males podían sobrevenir al intruso que se atreviese a profanar sus secretos? No era conveniente saber
demasiado. Muchos hombres habían muerto por practicar la ciencia corrompida que contenían esas páginas. Me rogó que abandonara
mi investigación, ahora que no lo había leído aún, y que tratara de inspirarme en fuentes más saludables.

Fui un necio. Rechacé precipitadamente sus objeciones con palabras vanas y sin sentido. Yo no tenía miedo. Podríamos echar
al menos una mirada al contenido de nuestro tesoro. Comencé a pasar hojas.

El resultado fue decepcionante. Su aspecto era el de un libro antiguo y corriente de hojas amarillentas y medio deshechas,
impreso en gruesos caracteres latinos… y nada más, ninguna ilustración, ningún grabado alarmante.

Mi amigo no pudo resistir la tentación de saborear semejante rareza bibliográfica. Al cabo de un momento, se levantó para
echar una ojeada al texto por encima de mi hombro; luego, con creciente interés, empezó a leer en voz baja algunas frases
en latín. Por último, vencido ya por el entusiasmo, me arrebató el precioso volumen, se sentó junto a la ventana y se puso
a leer pasajes al azar. De cuando en cuando, los traducía al inglés.

Sus ojos relampagueaban con un brillo salvaje. Su perfil cadavérico expresaba una concentración total en los viejos caracteres
que cubrían las páginas del libro. Cuando traducía en voz alta, las frases retumbaban como una letanía del diablo; luego,
su voz se debilitaba hasta convertirse en un siseo de víbora. Yo tan sólo comprendía algunas frases sueltas porque, en su
ensimismamiento, parecía haberse olvidado de mí. Estaba leyendo algo referente a hechizos y encantamientos. Recuerdo que
el texto aludía a ciertos dioses de la adivinación, tales como el Padre Yig, Han el Oscuro y Byatis, cuya barba estaba formada
de serpientes. Yo temblaba, ya conocía esos nombres terribles. Pero más habría temblado, si hubiera llegado a saber lo que
estaba a punto de ocurrir. Y no tardó en suceder. De repente, mi amigo se volvió hacia mí, preso de una gran agitación. Con
voz chillona y excitada me preguntó si recordaba las leyendas sobre las hechicerías de Prinn, y los relatos sobre servidores
invisibles que había hecho venir desde las estrellas. Dije que sí, pero sin comprender la causa de su repentino frenesí.

Entonces me explicó el motivo de su agitación. En el libro, en un capítulo que trataba de los demonios familiares, había encontrado
una especie de plegaria o conjuro que tal vez fuera el que Prinn había empleado para traer a sus invisibles servidores desde
los espacios ultraterrestres. Ahora iba a escuchar, él me lo leería.

Yo permanecí sentado como un tonto, ignorante de lo que iba a pasar. ¿Por qué no gritaría entonces, por qué no trataría de
escapar o de arrancarle de las manos aquel códice monstruoso? Pero yo no sabía nada, y me quedé sentado adonde estaba, mientras
mi amigo, con voz quebrada por la violenta excitación, leía una larga y sonora invocación:

“Tibi, Magnum Innominandum, signa stellarum nigrarum et bufaniformis Sadoquae sigillum”…

El ritual siguió adelante; las palabras se alzaron como aves nocturnas de terror y muerte; temblaron como llamas en el aire
tenebroso y contagiaron su fuego letal a mi cerebro. Los acentos atronadores de mi amigo producían un eco infinito, más allá
de las estrellas más remotas. Era como si su voz, a través de enormes puertas primordiales, alcanzara regiones exteriores
a toda dimensión en busca de su oyente, y lo llamara a la tierra. ¿Era todo una ilusión? No me paré a reflexionar.

Y aquella llamada, proferida de manera casual, obtuvo respuesta. Apenas se había apagado la voz de mi amigo en nuestra habitación,
cuando sobrevino el terror. El cuarto se tornó frío. Por la ventana entró aullando un viento repentino que no era de este
mundo. En él cabalgaba como un plañido, como una nota perversa y lejana; al oírla, el semblante de mi amigo se convirtió
en una pálida máscara de terror. Luego, las paredes crujieron y las hojas de la ventana se combaron ante mis ojos atónitos.
Desde la nada que se abría más allá de la ventana, llegó un súbito estallido de lúbrica risa, unas carcajadas histéricas,
que parecían producto de la más completa locura. Aquellas carcajadas que no profería boca alguna alcanzaron la última quintaesencia
del horror.

Lo demás ocurrió a una velocidad pasmosa. Mi amigo se lanzó hacia la ventana y comenzó a gritar, manoteando como si quisiera
zafarse del vacío. A la luz de la lámpara vi sus rasgos contraídos en una mueca de loca agonía. Un momento después, su cuerpo
se levantó del suelo y comenzó a doblarse hacia atrás, en el aire, hasta un grado imposible. Inmediatamente, sus huesos se
rompieron con un chasquido horrible y su figura quedó colgando en el vacío. Tenía los ojos vidriosos, y sus manos se crispaban
compulsivamente como si quisiera agarrar algo que yo no veía. Una vez más, se oyó aquella risa vesánica, ¡pero ahora provenía
de dentro de la habitación!

Las estrellas oscilaban en roja angustia, el viento frío silbaba estridente en mis oídos. Me encogí en mi silla, con los ojos
clavados en aquella escena aterradora que se desarrollaba ante mí.

Mi amigo empezó a gritar. Sus alaridos se mezclaban con aquella risa perversa que surgía del aire. Su cuerpo combado, suspendido
en el espacio, se dobló nuevamente hacia atrás, mientras la sangre brotaba de su cuello desgarrado como agua roja de un surtidor.

Aquella sangre no llegó a tocar el suelo. Se detuvo en el aire, y cesó la risa, que se convirtió en un gorgoteo nauseabundo.
Dominado por el vértigo del horror, lo comprendí todo. ¡La sangre estaba alimentando a un ser invisible del más allá! ¿Qué
entidad del espacio había sido invocada tan repentina e inconscientemente? ¿Qué era aquél monstruoso vampiro que yo no podía
ver?

Después, aún tuvo lugar una espantosa metamorfosis. El cuerpo de mi compañero se encogió, marchito ya y sin vida. Por último,
cayó en el suelo y quedó horriblemente inmóvil. Pero en el aire de la estancia sucedió algo pavoroso.

Junto a la ventana, en el rincón, se hizo visible un resplandor rojizo…. sangriento. Muy despacio, pero en forma continua,
la silueta de la Presencia fue perfilándose cada vez más, a medida que la sangre iba llenando la trama de la invisible entidad
de las estrellas. Era una inmensidad de gelatina palpitante, húmeda y roja, una burbuja escarlata con miles de apéndices,
unas bocas que se abrían y cerraban con horrible codicia… Era una cosa hinchada y obscena, un bulto sin cabeza, sin rostro,
sin ojos, una especie de buche ávido, dotado de garras, que había brotado del cielo estelar. La sangre humana con la que
se había nutrido revelaba ahora los contornos del comensal. No era espectáculo para presenciarlo un humano.

Afortunadamente para mi equilibrio mental, aquella criatura no se demoró ante mis ojos. Con un desprecio total por el cadáver
fláccido que yacía en el suelo, asió el espantoso libro con un tentáculo viscoso y retorcido, y se dirigió a la ventana con
rapidez. Allí, comprimió su tembloroso cuerpo de gelatina a través de la abertura. Desapareció, y oí su risa burlesca y lejana,
arrastrada por las ráfagas del viento, mientras regresaba a los abismos de donde había venido.

Eso fue todo. Me quedé solo en la habitación, ante el cuerpo roto y sin vida de mi amigo. El libro había desaparecido. En
la pared había huellas de sangre y abundantes salpicaduras en el suelo. El rostro de mi amigo era una calavera ensangrentada
vuelta hacia las estrellas.

Permanecí largo rato sentado en silencio, antes de prenderle fuego a la habitación. Después, me marché. Me reí, porque sabía
que las llamas destruirían toda huella de lo ocurrido. Yo había llegado aquella misma tarde. Nadie me conocía ni me había
visto llegar. Tampoco me vio nadie partir, ya que huí antes de que las llamas empezaran a propagarse. Anduve horas y horas,
sin rumbo, por las torcidas calles, sacudido por una risa idiota, cada vez que divisaba las estrellas inflamadas, cruelmente
jubilosas, que me miraban furtivamente a través de los desgarrones de la niebla fantasmal.

Al cabo de varias horas, me sentí lo bastante calmado para tomar el tren. Durante el largo viaje de regreso, estuve tranquilo,
y lo he estado igualmente ahora, mientras escribía esta relación de los hechos. Tampoco me alteré cuando leí en la prensa
la noticia de que mi amigo había fallecido en un incendio que destruyó su vivienda.

Solamente a veces, por la noche, cuando brillan las estrellas, los sueños vuelven a conducirme hacia un gigantesco laberinto
de horror y locura. Entonces tomo drogas, en un vano intento por disipar los recuerdos que me asaltan mientras duermo. Pero
esto tampoco me preocupa demasiado, porque sé que no permaneceré mucho tiempo aquí.

Tengo la certeza de que veré, una vez más, aquella temblorosa entidad de las estrellas. Estoy convencido de que pronto volverá
para llevarme a esa negrura que es hoy morada de mi amigo. A veces deseo vivamente que llegue ese día, porque entonces aprenderé
yo también, de una vez para siempre, los Misterios del Gusano.

Publicada el: en Febrero 8, 2010 a las 12:32 pm Comentarios (0)